Los hombres se rebelan contra la supuesta naturaleza machista

Algunos hombres se sienten intimidados por la creciente equidad de las mujeres, pero otros lo aprovechan para ser más felices
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feminismo woman heel head accion afirmativa  m  (Foto: )
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Autor: Michael Kimmel, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Michael Kimmel es profesor de Sociología en la Universidad Stony Brook y autor de los libros Tierra de hombres y The Guy’s Guide to Feminism, entre otros.

(CNN) Hace algunos años, me presenté en un conocido programa de televisión para debatir con “cuatro hombres blancos furiosos” que creían haber sido discriminados en su trabajo a causa de los programas de acción afirmativa implementados, según ellos, por mujeres feministas.

Cada uno de ellos contó como no obtuvo un empleo o un ascenso para el cual estaba calificado debido a una supuesta discriminación invertida en contra de los varones blancos. Uno de ellos concluyó sus comentarios con una frase que sirvió como título para el programa: “Una mujer negra me robó mi empleo”, declaró.

Cuando me tocó responder, solo tenía una pregunta para estos hombres, y era acerca de la palabra “mi”. ¿Por qué pensaban que era su empleo? Argumenté que la respuesta era que estos hombres sentían tener derecho a ese puesto porque percibían como una pérdida cualquier esfuerzo por hacer el ambiente de trabajo más equitativo.

Pensé en cuán doloroso es estar acostumbrado a tener todo y ahora solo obtener el 80%. ¡Qué pérdida! ¡Pobres de nosotros! La equidad no es tan buena cuando lo has tenido todo, y con los hombres eso ha sido durante tanto tiempo que no nos damos cuenta.

En un largo discurso en contra las mujeres, la autora Suzanne Venker argumenta que ellas mismas son su peor enemigo y que el ascenso de las mujeres ha causado “el fin de los hombres”; que los hombres están marchitándose en una soltería iracunda y resentida porque las mujeres exigen demasiado de ellos. Están castrando a los hombres y confundiendo su ADN, que los lleva a proveer y proteger. Las mujeres no dejan que los hombres sean hombres.

Las mujeres, escribe Venker, han terminado por creer en el adagiomujeres buenas/hombres malos”, una ecuación que ha “destruido la relación entre los sexos”. Los hombres, nos dice, están “cansados de que les digan que es su culpa que las mujeres no sean felices”.

Sin embargo, lo que en realidad está sosteniendo es que si los hombres no son felices, es culpa de las mujeres por buscar esa misma estimulante sensación de autonomía e individualidad que los hombres reclaman como un derecho por nacimiento. ¿Cómo se atreven?

Entonces, ¿qué está mal en esta escena?

Esta noción de mujeres buenas/hombres malos no ha sido la base del feminismo, sino del antifeminismo, desde el siglo XIX. Esos inocentes “ángeles en la casa” supuestamente debían aplacar a la bestia salvaje, ya que los hombres eran proclives a los ataques de ira, a la embriaguez y otras depravaciones. De acuerdo con los antifeministas, si las mujeres no domaban a los hombres, el infierno se desataría.

Los psicólogos pop se unieron a los eruditos al afirmar, como lo hace Venker, que si las mujeres son infelices es su propia maldita culpa.

En realidad, el feminismo invirtió la ecuación que Venker presenta. Incitó a las mujeres a ser chicas 'malas', a satisfacer sus propios placeres, a aventurarse, de forma autónoma, a abandonar un matrimonio infeliz y a controlar sus propios cuerpos. También exhortó a los hombres a ser buenos —de hecho, se les exigió— al insistir en que los hombres pueden y deben asumir el papel de padres, colegas y compañeros de trabajo con equidad y poner un alto al abuso y la violencia que ponen en riesgo la equidad de las mujeres.

La evidencia empírica indica que los hombres están adaptándose silenciosamente a este nuevo panorama. La mayoría de los 400 jóvenes (de entre 16 y 26 años) a los que entrevisté para mi libro, Guyland, asumieron, sin resentimientos, que sus esposas estarían tan comprometidas con sus carreras como ellos. ¿Por qué? Porque todos necesitan el salario.

Además asumen, sin resentimientos, que ellos serán padres involucrados con sus hijos y que pasarán más tiempo con sus familias en comparación con sus padres o abuelos. ¿Por qué?: porque en verdad quieren ser padres comprometidos.

Todos tienen amigas, lo cual es un buen indicador de su capacidad para ser compañeros de trabajo y colegas más equitativos con las mujeres a las que consideran sus iguales.

Detengan la locura. No hay una guerra entre los sexos. Los hombres y las mujeres pueden —y deben— ser aliados. Cada día se vuelven más iguales y más felices.

Los hombres no están tan enojados o resentidos como insinúa Venker; tal vez ella solo habla con los que se lamentan.

En su esfuerzo por exaltar a los hombres, Venker en realidad nos insulta. ¿Quién dice que no podemos ser felices con colegas y compañeras de trabajo en equidad? ¿Quién dice que no podemos disfrutar las alegrías de la paternidad compartida? ¿Quién dice que estamos programados biológicamente para ser voraces animales dominados por la testosterona y adictos al control remoto, incapaces de mover un dedo en la cocina?

Venker pinta una imagen horrible de los hombres; una imagen felizmente desmentida por hombres de verdad. Además, no toleraremos los ataques contra los hombres que Venker presenta. También lo queremos todo, y la única forma en la que podemos tenerlo es: compartiéndolo.

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