'La aldea de la demencia' inspira nuevas técnicas de cuidado para ancianos

Una clínica para adultos mayores permite que las personas vaguen libremente y vivan 'normalmente' con cuidadores que los vigilan
Autor: Ben Tinker
(Reuters) -

Theo Visser tenía sed. Se levantó de su asiento durante la pausa de medio tiempo de un partido de futbol para comprar una bebida en un puesto.

“Ella estaba allí, de pie detrás de la barra (...) Fue amor a primera vista”, recuerda 58 años después. Theo invitó a la chica al cine… y el resto, dice, es historia.

Corrie Visser, de 80 años, no recuerda nada de esto. O si lo recuerda, no puede decirlo. Ella es una de las 152 habitantes de Hogewey, una institución geriátrica de vanguardia ubicada a las afueras de Weesp, en Holanda, a unos minutos del centro de Amsterdam.

'La aldea de la demencia', como se le conoce, es un lugar donde los residentes pueden llevar una vida aparentemente normal, aunque en realidad son vigilados todo el tiempo: Los cuidadores trabajan en el restaurante, la tienda de abarrotes, la peluquería y el teatro, aunque los residentes no siempre se dan cuenta de que son cuidadores que también vigilan la sección habitacional.

Los residentes tienen permitido deambular libremente por el terreno, que parece un jardín gracias a sus árboles bien cuidados, a las fuentes y las bancas, pero no pueden salir de las instalaciones. Las casas estilo dormitorio tienen dos pisos y forman el muro perimetral de la aldea, lo que significa que no hay forma de que un residente salga accidentalmente.

Si se acercan a alguna salida, un empleado amablemente insinuará que la puerta está cerrada con llave y propondrá una ruta alterna.

Internar aquí a un familiar que envejece es mucho menos caro que pagar un cuidador que lo atienda en casa las 24 horas. También alivia gran parte del estrés de los familiares que no tienen suficiente tiempo o la capacitación adecuada para cuidar de sus seres queridos.

A Corrie le diagnosticaron demencia grave, lo que significa que requiere atención y apoyo las 24 horas del día. Para poder recibir a nuevos residentes, la aldea requiere ese diagnóstico clínico.

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La carga de cuidar a Corrie finalmente se volvió inmanejable para Theo y sus hijas, así que decidieron internarla aquí.

“Es perfecto. No conozco un lugar mejor para ella. Es 100% bueno”, dijo Theo, quien conduce 15 kilómetros casi todos los días para pasar unas horas con su esposa. 

“Lo hago por mí (...) Lo necesito. Ella (aún) reconoce a todos… así que es importante que yo esté aquí todos los días”, dice.

Aunque no pueden conversar, Theo y Corrie a menudo se sientan juntos durante horas, se toman de la mano y se miran amorosamente a los ojos. De vez en cuando, Corrie sonríe, ríe, le estrecha la mano. Parece que al menos una parte de su memoria sigue intacta, aunque últimamente no puede verbalizar mucho.

Al igual que otros residentes de Hogewey, Corrie tal vez no sepa exactamente en dónde está, pero siempre se siente como en casa.

Esa es precisamente la idea.

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Para Yvonne van Amerongen, una de las fundadoras de Hogewey, la necesidad de crear la pequeña aldea era algo profundamente personal.

“Fue en el momento en el que mi madre me llamó para decirme que mi padre había muerto repentinamente”, recuerda. “No tenía nada malo. Simplemente tuvo un infarto y murió. Una de las cosas que pensé fue: ‘Gracias a Dios nunca tuvo que estar en una residencia para ancianos’. ¡Es una locura que yo tenga que pensar eso! Dirijo una casa  para ancianos y no quiero que mi padre venga”.

Van Amerongen se reunió con sus colegas en noviembre de 1992 para discutir cómo podrían transformar la típica casa para ancianos en una experiencia de vida que valiera la pena.

Crearon un complejo de 1.5 hectáreas que quedó terminado en 2009 y cuenta con 23 unidades habitacionales y siete “temas de estilo de vida” distintos, como oficios, cultura, religioso y urbano.

Los amantes del arte cuentan con pinturas en los muros y siempre se escucha música, mientras que los religiosos tienen una decoración más conservadora y hay cruces cristianas en los muros.

La meta es sencilla: brindar una vida lo más normal posible que le recuerde a cada individuo sus años formativos. El mobiliario de su unidad, la decoración y la clase de comida que sirven hacen creer a Corrie que nada ha cambiado en su vida. Este sentido de la normalidad es lo que se busca lo largo del día en Hogewey.

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¿Una vida feliz o un engaño? 

De cierta forma, esto se parece a la realidad fabricada que se presenta en la cinta The Truman Show, en la que Jim Carrey protagoniza a un hombre que descubre que toda su vida es realmente un programa de televisión. Todo lo que piensa es en realidad un espejismo que los productores de televisión crean para entretener al público.

Van Amerongen rechaza las acusaciones de que tanto ella como su personal están engañando a sus residentes. “Aquí tenemos una sociedad real”, dice. “No creo que la gente se sienta engañada. Se sienten engañados si solo les contamos una historia falsa y ellos lo saben. No les estamos contando historias”.

Sin embargo, contar historias es exactamente lo que algunos residentes hacen todo el día, entre ellos la compañera de casa de Corrie, Jo Verhoef. Como todos los residentes de Hogewey, la demencia de Jo avanza rápidamente. Su “ciclo” se está acortando; las conversaciones que entabla y las preguntas que hace se han vuelto más repetitivas en un menos tiempo. “¿Conoces a Steve Matthews?”, pregunta varias veces en el transcurso de una hora. Claro que nadie lo conoce, pero cada vez parece sorprenderse de que no nos hayamos conocido.

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Steve tal vez sea un vestigio del pasado de Jo, un recuerdo distante y borroso de un beisbolista con el que dice haber vivido durante un breve periodo cuando era más joven. Tal vez sea producto de su imaginación. Tristemente, jamás lo sabremos.

En todo el mundo, hay 35 millones 600,000 personas con demencia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada año se diagnostican 7 millones 700,000 casos nuevos. Si ese ritmo persiste, se espera que para el 2030 se duplique la cantidad de personas con demencia y que se triplique para el 2050. Esta será una carga más para los gobiernos que ya están en dificultades para contener los crecientes costos de los servicios de salud.

En Holanda, todo el mundo hace aportaciones al sistema estatal de servicios de salud durante sus años laborales; el dinero se usa para pagar los gastos más adelante y eso significa que vivir en Hogewey no cuesta más que una casa para ancianos tradicional.

¿Podría este innovador modelo funcionar en otros países? Los líderes del sector de la salud en Alemania, Inglaterra, Suiza y Japón están empezando a poner atención. Van Amerongen dice que en Hogewey “tenemos diseño holandés, culturas holandesas, estilos de vida holandeses; pero el concepto es valorar a la persona, al individuo… apoyarlos para que vivan como de costumbre y eso puede hacerse en cualquier parte”.

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A nivel físico, los residentes de Hogewey necesitan menos medicamentos; comen mejor y sí, viven más tiempo. A nivel mental, también parecen ser más felices. Es algo difícil de medir, pero es lo más importante aquí en Hogewey.

Entonces, ¿podría funcionar en otras partes del mundo? Esa es la siguiente cuestión.

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