Chatroulette: El anonimato en la Web

El sitio de videoconferencia en Internet ofrece la posibilidad de comunicarse sin registrarse; la popularidad del sitio crece gracias que el usuario oculta su identidad aún frente a una Webcam.
chatroulette cnn.jpg  (Foto: CNNMoney)
Jessi Hempel

Los cibernautas se están cansando de arrastrar a todos lados su identidad. Ha surgido una reacción opuesta que reivindica una de las promesas originales de la Web: el anonimato.

La gran ventaja de las redes sociales es que pueden darte exposición. Esa maraña de relaciones que te liga a tu identidad offline ya es reproducida en el universo online, y los sitios como Amazon y Zybga invitan a sus usuarios a registrarse a las redes para interactuar con los amigos y colegas del mundo real.

Así que sorprende que el sitio Web que captura el espíritu de nuestro tiempo, Chatroulette, un sitio de videoconferencia, no requiera registro. Para participar sólo debes ir al sitio, clicar un botón y hablar con un extraño (o lo que sea que quieras hacer).

De acuerdo a Comscore, Chatroulette tuvo 3.9 millones de visitantes en febrero, cuadruplicando su tráfico en un mes. Se ha convertido en un fenómeno de la cultura pop y ha creado celebridades Web, como el pianista Ben Merton.

Su fundador, Andrey Ternovskiy, un estudiante moscovita de 17 años, ha recibido ofertas de inversionistas de todo Silicon Valley y Nueva York y está planteándose mudarse a Estados Unidos. Emprendedores del marketing, por su parte, ya están ofreciendo a sus clientes estrategias publicitarias para Chatroulette.

¿Por qué gusta tanto? En muchos sentidos, Chatroulette encarna la promesa original de la Red: en Internet nadie te conoce. Uno de los principales atractivos de la Red ha sido el anonimato que permite expresar creativamente cualquier capricho o fantasía, sin importar si es coherente con nuestra identidad como la perciben los demás.

La idea de la identidad ha sido siempre liberadora y limitante. Desde que los humanos existen, han encontrado en el anonimato la forma de expresar pensamientos y sentimientos que no pueden revelarse sin comprometer la identidad que han construido para sí mismos.

Los medios de comunicación social o ‘social media' están arrancándonos los secretos de nuestros pensamientos. La red de relaciones que creamos en el mundo virtual ayuda a garantizar que somos quienes decimos ser. Los juegos son más divertidos porque conocemos a los participantes en la vida real. Los libros son más atractivos porque nos los recomiendan amigos. Y es más interesante comentar en un blog donde puedes identificar a los otros conversadores.

Pero hemos llevado la identidad al extremo. Ya no es sólo construir el perfil en Facebook, estamos construyendo nuestras marcas personales, etiquetándonos en fotografías y actualizaciones de status que no representan la vida que experimentamos, sino la vida que queremos que nuestras audiencias crean que experimentamos.  Y a medida que más servicios Web surjan y se interconecten, permitiéndonos capturar cada imagen y cada ubicación, debemos realizar un cálculo cada vez más complejo para mantener esas marcas personales.

No sorprende que, ante lo anterior, haya aparecido una reacción contraria. Mi amigo Guy Martin lo llama "fatiga del Facebook." Hace un año, Martin, de 19 años, me dijo que ni siquiera podía llevar la cuenta de las veces que se conectaba diario a la red social. Esta semana me confesó que había desactivado temporalmente su cuenta. "Sólo quiero relacionarme con las personas. No soporto que la gente sepa tantas cosas de mí sin conocerme en realidad" me dijo mientras jugábamos Scrabble.

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Chatroulette es la expresión radical de esa reacción opuesta. Allí podemos divorciarnos de esa red social y de todas las limitantes que nuestra identidad supone. Somos libres de clicar sobre seres humanos casi como clicamos sobre páginas Web. Cierto que esta libertad también tiene sus peros. Jugué durante 10 minutos esta mañana, clicando sobre una veintena de videos. A veces es aburrido: vi a 11 jóvenes sentados frente a la computadora con una expresión anodina; a veces es raro: vi a un chico no mayor de 13 años paseándose por un estudio con ropa y tacones de mujer. Pero esa es la razón de su popularidad: en las vidas que organizamos y transmitimos en la Red, nos esforzamos por no ser perversos, aburridos o raros. Pero estas expresiones humanas pueden, en su banalidad, ser profundas.

 

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