Cómputo vestible, ¿ventana al espionaje?

La llegada de ropa y accesorios inteligentes aniquila la privacidad, dice David Whitford; la mayoría de los actos de vigilancia privada que usen esta tecnología nunca serán detectados dice.
google lentes glass  (Foto: Getty Images)
David Whitford

En cierta ocasión Richard Daddario, subcomisionado de la lucha contra el terrorismo bajo las órdenes del otrora jefe de la policía de la ciudad de Nueva York Ray Kelly, me dijo que el sistema de video vigilancia que cubre Manhattan desde Midtown al parque Battery, en realidad no era tan diferente a otra innovación previamente introducida para combatir el crimen: el alumbrado público.

Las farolas de las calles significan que los criminales no pueden operar con impunidad al amparo de la oscuridad. Para Daddario las cámaras de vigilancia eran el mismo principio, ligeramente ampliado.

“Esa comparación parece un poco simplona y falsa”, opina Glenn Cohen, profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, quien habló recientemente sobre la privacidad y la tecnología en el Instituto Radcliffe de Estudios Avanzados de Cambridge, y con quien intercambié después correos electrónicos.

“Con las farolas no existe la posibilidad de ‘desviación de uso’, en donde son introducidas con un propósito, pero luego son usadas para algo muy diferente en el futuro, como los números de la seguridad social. El efecto de las farolas es temporal y no graban lo que hacemos para el futuro indefinido. Por último, hay pocas actividades que las personas realmente quieren hacer en la oscuridad en público, por lo que la pérdida de la penumbra no es una pérdida para muchas personas. Por el contrario, hay muchas actividades que queremos llevar a cabo sin ser grabados u observados- por ejemplo un beso entre personas del mismo sexo, de alguien que apenas está en proceso de salir del clóset - que serían complicadas en un mundo de total vigilancia”.

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En la era post-Snowden, por desgracia, tales preocupaciones pueden parecer casi pintorescas. Una cámara de vigilancia en la esquina de la calle, fácilmente eludible si uno se mete en un espacio interior, es un tipo de intrusión. Pero un smartphone que registra nuestros movimientos y almacena nuestros correos, publicaciones de blogs, fotos y tuits para inspecciones futuras hechas por desconocidos, es algo completamente distinto.

Nos guste o no, hemos entrado en la era del espionaje omnipresente, y no hemos empezado siquiera a analizar las implicaciones. Eso fue lo que aprendí en la conferencia de Cohen, The Ethicist's and the Lawyer's New Clothes: The Law and Ethics of Smart Clothes, (algo así como El nuevo traje del experto en asuntos éticos y jurídicos, la Ley y la Ética de la Indumentaria Inteligente) que estará disponible de forma gratuita a fines de mes en la página web del Instituto Radcliffe.

Cohen eligió ingeniosamente su indumentaria para la ocasión, con zapatos rojos y grandes gafas rojas, nos llevó en un recorrido por lo último en tecnología de vigilancia portátil (¿vestible?), incluyendo los lentes Google Glass, cámaras completamente funcionales del tamaño de un botón, y chips de identificación por radiofrecuencia que se puede tejer en nuestra ropa.

Cohen estableció una analogía con la obra de Shakespeare “El mercader de Venecia”, donde la acción tiene lugar en dos espacios: la propia Venecia, un foco del comercio y la codicia, y las inmediaciones de Belmont, el refugio al cual escapan los protagonistas en busca de amor y arte.

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Las ropas y accesorios inteligentes amenazan con “perturbar el lugar de refugio,” incluso cuando dejamos atrás nuestros teléfonos. “En algún momento suprimiremos el espacio para vivir una vida”, advirtió. “Muchas personas tienen cosas que quieren hacer y probar, pero no las harían si todo fuera grabado y archivado”.

¿Puede la ley protegernos? No debemos contar con ello, piensa Cohen, pues “la mayoría de los actos de vigilancia privada nunca serán detectados, y por tanto tal vez nunca sean objeto de una demanda legal”.

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El académico cree más bien que serás las empresas las que tomen el asunto en sus manos e incorporen a la tecnología el derecho a la protección de la privacidad; el llamado ‘Código de la Costa Oeste’ - West Coast Code - ideado y puesto en práctica en Silicon Valley, en contraposición al Código de la Costa Este - East Coast Code - o las leyes hechas en Washington.

Pero entonces tenemos que confiar en las empresas. ¿Somos optimistas? “Yo no lo soy”, admitió Cohen.

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