El pasado intacto de tierra insurgente

El recorrido de Querétaro a Guanajuato ofrece viejas y nuevas historias; además, sus oficios artesanales y el recuerdo de un movimiento de lucha nacional.
detalle-mural  (Foto: Humberto Tachiquín)
Aníbal Santiago

Yo planté este árbol”, aclara el jardinero de gafas al barrer las hojas del viejo sauce llorón que caen en el jardín del Puente de la Historia.

Se trata de una mole de piedra caliza creada hace 300 años y que marca el inicio de San Juan del Río, su ciudad. Tuerto y de brazos con brutales cicatrices, Norberto Cortés le da una manita de gato al parque que rodea el puente donde Guadalupe Victoria sorteó con su ejército el torrente del río San Juan, en 1821, días antes de que México fuera nación independiente.

Guajillo, ancho y cascabel
Ya en Querétaro, entramos a La Mariposa. En el restaurante fundado en 1940 le pido a una mesera uniformada de celeste las enchiladas queretanas: de queso, con papa, rajas y zanahoria, en salsa de chiles guajillo, ancho y cascabel. El sazón es de una abuela sabia.

Hace 50 años los estudiantes elegían este lugar para irse de pinta. Incluso el merendero vendió (además de sus míticos bizcochos de huevo y queso) boletos para aviones bimotores que viajaban al DF.

El bolerista ranchero Javier Solís tomaba el café que salía de la misma cafetera italiana Faema (de la época del “Tata” Cárdenas) con lucecitas rojas que aún funciona con la leyenda “Infuso hydrocompreso de caffe”.

“Éste es el túnel del tiempo”, dice Pablo de la Vega, uno de sus dueños y único varón entre meseras, cajeras, cocineras.

–Trabajar sólo entre mujeres es más tranquilo, ¿no?–, pregunto a María, una mesera.
–No –ríe–, es peor…

Por la noche cruzo el portón de madera de la casona virreinal de La Marquesa de la Villa del Villar del Águila, y subo por la escalera usada por Agustín de Iturbide cuando, antes de convertirse en emperador, se alojó en lo que hoy es el hotel La Casa de la Marquesa.

En el cuarto pongo mi cartera en un buró de mampostería, cierro las cortinas de encaje, apago la lámpara de cristal cortado, me acuesto en una cama con cabecera de rosas labradas y sueño ante un cuadro que Rich d’Earlon pintó en 1778: flores rojas y naranjas, efigies helénicas, un nido con huevos y un bebé sufren una tormenta terrorífica de la que sólo huye una mariposa.

Mientras tanto reflexiono que Querétaro no es un destino exótico, pero sí, suficientemente peculiar para sentirme fuera de casa y disfrutar de los lugares relacionados con la Independencia o “La Bola”.

Camino a Guanajuato

Después de 90 kilómetros de carretera, nos topamos en Irapuato con don Juan, quien cosecha fresas en su parcela de la colonia Jardín La Purísima.

Para 2010 previó que el enemigo no sería la sequía, ni el TLC que hirió su negocio, sino la stenotarsonemus pallidus, araña destructora. “Si no la combates, la fruta sale acotorrada (deforme)”.

Pero los 200 kilos que al día corta con su hoz son piezas rojas y armónicas. Gorrita de Dave Wilson Nursery, una de las empresas estadounidenses donde trabajó 10 años, Daniel surte a paleterías y pastelerías pese a que su familia posee sólo tres cuartos de hectárea: “La fresa es como tu hijo. La ves crecer, te encariñas, lo ayudas”. Nosotros nos encariñamos con sus fresas y con su amabilidad, pero la siguiente mañana nos esperaba el camino a Guanajuato, Guanajuato.

A las 5 am zigzagueamos rumbo al cerro del Monumento al Pípila. Desde esta solitaria y helada altura, Guanajuato son miles de lucecitas y cantos de gallos. A las 6:20 clarea: vemos la Basílica, la universidad, la plaza central, las casas ocre y la mina de San Juan de Rayas. “Preciosidad”, exclama alguien. Vendedor de cuarzo en ese punto, J Ventura sonríe por la muralla de nubes doradas sobre el cerro Sirena.

Cuando ya se oyen los autos en calles y túneles de Guanajuato volteo a ver al chaparrón y musculoso Pípila, héroe local que carga una losa y la antorcha con que quemó la puerta de la Alhóndiga de Granaditas.

Es la única escultura animada del mundo: cuentan que un día el Pípila se bajó muy alegre de su pedestal y bajó a bailar con “La Mona de la Paz” (como se conoce al Monumento a la Paz). “Él Pípila le cantó ‘amor chiquito eres un encanto’” (dice J Ventura, que ante mi sorpresa añade): eso lo miró don Juan, antiguo velador de aquí".

Hace 18 meses, en el Cervantino, Joan Manuel Serrat vio el espejo de agua del hotel Villa María Cristina, sacó sus zapatos, metió los pies y dijo: “Quiero esto en mi casa”. En tres años, la ex residencia porfiriana recibió a la reina Beatriz de Holanda, a Johnny Depp y a Tim Burton. Los techos altos, farolas o mosaicos catalanes reviven al siglo XIX, pero el Design Boutique Hotel, de 13 suites, tiene nuevos espacios, como la atalaya: terraza con jacuzzi, asoleadero y pérgola que mira a un cerro.

Salimos a la avenida Presa de la Olla y avanzamos por callejuelas que viborean junto a la alhóndiga, el mercado Hidalgo y su torre del reloj de 1910, hasta llegar al Callejón del Beso. Los escalones miden hasta 58 centímetros de largo (hay sombra suficiente para darse unos buenos besos secretos). Pero esta mañana sólo hay tres indigentes y Lucrecia, una joven seria que barre la calle.

–¿Ya nadie se besa aquí?–, le pregunto.
–Ya no, da mala suerte–, dice.

Un paseante escucha y agrega: “Algún papá inteligente: ‘hija, no te beses ahí porque te va a dejar’”.

En lo alto del pasaje no hay más señal de amor que una puerta atiborrada de mensajitos: “José Luis y Narael”, “Chucho y Chullín”, “Sara te amo” y uno más general: “Amamos Ranajuato”.

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Pero cerca existe un nido para el amor y la amistad: las sobrepobladas escalinatas del teatro Juárez, donde estudiantes y turistas bromean, cachondean y se juran amor.

Dos lindas japonesas estudiantes de español, Nozomi y Haruka, caminan saltando y nos ofrecen pastelitos. ¿De qué? “Chocoreto y Vanila (sic)”, dicen en coro. Cómo negarse a darles 10 pesos y verlas partir contentas.

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