La Navidad se vive mejor en Heidelberg

La arquitectura medieval de esta ciudad alemana parece recrear la de los clásicos cuentos navideños; conócela a través de la crónica del enviado de la revista Travel + Leisure.
Heidelberg  (Foto: Cortesía SXC)
Carlos Jesús González
HEIDELBERG, Alemania -

"Heidelberg", lee en voz alta la persona encargada de revisar los boletos de tren. Inmediatamente después, con una sonrisa -a decir verdad, un gesto inusual entre quienes ejercen dicha labor- me dice: "Hermoso lugar. Le recomiendo pasearse por el castillo".

Desconfiado, adjudico tal expresión de amabilidad al espíritu bonachón que se nos impregna en estas fechas, sin meditar en el adjetivo que pudiera merecer lo que hasta este momento no es más que un punto en la superficie de un mapa arrugado.

Al llegar, respiro hondo dejando que mis pulmones se llenen del aire más frío que han inhalado jamás.

"¿Hermoso?" Me han bastado 20 minutos de recorrido a pie por las callejuelas de Heidelberg para considerar el elogio apenas atinado. Asombrado por la belleza de su arquitectura, compuesta en gran parte por edificios de origen auténticamente medieval -el primer manuscrito que documenta la existencia de la ciudad data de 1196-, camino por la Hauptstrasse (vía principal del casco antiguo) hasta toparme de frente con el mercado navideño que, año con año, se erige provisionalmente en la Marktplatz.

Allí los olores de castañas asadas y mazapanes recién horneados se combinan con una rica paleta de colores y luces. Una al lado de la otra, las improvisadas tienditas ofrecen una gran variedad de productos navideños: esferas de diversas formas y dimensiones, carruseles de madera, moldes para galletas...

En conjunto, el decorado desplegado ante mis ojos es como el que imaginaba de pequeño cuando mi madre leía para mí relatos de Andersen antes de dormir.

Ésta tan especial y conmovedora ambientación es, sin duda, la cereza del pastel en épocas de Adviento. No obstante, el resto del año, el encanto de Heidelberg puede y debe encontrarse en lo que permanece estático  desde épocas inmemoriales: la Iglesia del Espíritu Santo, distinguible por sus acabados góticos; el afamado castillo, una de las ruinas más famosas de Europa; la fachada del hotel Zum Ritter, de impecable estilo barroco, y la Universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania (fundada en 1386) y una de las más grandes del país.

Los poseedores de buena condición física bien podrían continuar la caminata por el imponente puente Karl-Theodor, el más icónico de los que cruzan el río Neckar, y llegar hasta el Paseo Filosófico, llamado así porque pensadores de la talla de Hegel, Habermas o Hannah Arendt solían recorrerlo mientras se sumían en sus reflexiones.

Al término de varias horas, y sin saber si lo que no da para más son mis piernas o la capacidad de asimilar tanto en un solo día, decido ingresar en una taberna y pido salchichas con puré de papas y sauerkraut (col fermentada), platillo popular de la región que decido acompañar, como dicta la costumbre, con una buena jarra de cerveza.

Mientras llega mi orden agradezco en silencio que, durante la Segunda Guerra Mundial, los aliados no hayan hecho de la ciudad un blanco. Si no fuera por ello -concluyo- y el indudable esmero con que 140,000 habitantes la cuidan, Heidelberg habría perdido la magia que emana de cada una de sus construcciones y con ello esas navidades que año con año parecen surgidas de un cuento fantástico.

Sería otra cosa. Acaso un lugar que pudiera calificarse de todo menos de "hermoso".

GUARDIÁN DEL TIEMPO

Erigido en la punta de una de las montañas más altas que rodean Heidelberg -cuya traducción, por cierto, es "monte sagrado"-, el castillo es su construcción más emblemática y visitada (recibe más de tres millones de personas al año).

Su primera mención se halla en documentos fechados en 1214. Desde entonces ha sobrevivido infinidad de guerras, catástrofes naturales y una que otra reforma arquitectónica.

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El edificio, por demás espectacular, alberga en su interior un barril de dimensiones colosales (en su tiempo almacenó hasta 220,000 litros), y el Museo Alemán de la Farmacia, uno de los más completos de su género.

Después de visitar el castillo, vale la pena continuar cuesta arriba y pasearse por los jardines que lo rodean, desde donde es posible apreciar las espectaculares vistas de esta mítica ciudad.

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