El adiós de María

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Jesús Hernández

Quizás en México pocos extrañen el humo del puro que María Félix fumaba puntualmente a la una de la tarde, tras su almuerzo, pero seguramente extrañarán lo que eso significaba. La Doña, esa mujer altiva que en la pantalla hizo de su figura casi una diosa, representó el icono de una época dorada para el país, en la que todo estaba por construirse y cualquier sueño era, al menos, posible.

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Al decir adiós a María Félix, el pasado 8 de abril, miles de mexicanos cerraron un capítulo de historia colectiva: la de aquel país en el que se vivía con un solo peso, donde lo mismo en el ámbito bucólico que en el naciente caos urbano las familias aún tenían esperanzas en la justicia de la Revolución, cuyos grandes ideales y críticas estallaban en los murales de Rivera, Orozco o Siqueiros.

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En ese espacio lleno de promesas, Félix se convirtió en la imagen de la mujer mexicana, no por representación sino por ideal; aunque nunca tuvo un discurso brillante, sus palabras sirvieron para denostar al político, ensalzar a los artistas e intrigar a los intelectuales. Así, su muerte pone final a un siglo que, como dijo alguna vez Enrique Krauze, pertenece al México que se nos fue.

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