OPINIÓN: ¿Dónde estamos parados a seis meses del sismo del 19-S?

Estamos parados en las contradicciones que encierran los silencios y los gritos de la capital, en donde no basta con que las palabras se enuncien, nos hacen falta actos.
Sismo  El miedo por el arribo de un terremoto continúa estando presente en el imaginario colectivo de México.  (Foto: AFP)
Roberto Vargas Arreola

Nota del editor: Roberto Vargas Arreola es psicoanalista, docente y editor de psic.mx. Lo puedes seguir en Twitter como @robertovarar. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — A seis meses del sismo que sacudió la zona centro y sur de México, aún prevalece un estado de ansiedad e inquietud en la mayoría de los mexicanos. Los que tuvieron pérdidas significativas, están atravesando por procesos de duelo, recuperándose de las secuelas resultantes. La Ciudad de México, así como los estados afectados (Chiapas, Hidalgo, Oaxaca, Tlaxcala, Puebla, Morelos, Guerrero, Estado de México) también atraviesan por un proceso de reconstrucción y demolición de los inmuebles dañados.

El miedo por el arribo de un terremoto continúa estando presente en el imaginario colectivo de México, prevaleciendo la hipervigilancia hacia cualquier sonido que asemeje la alerta sísmica. La descarga de aplicaciones para alertar un terremoto, tener un plan de emergencia y la identificación de zonas de seguridad han sido algunas estrategias a las que el mexicano ha recurrido para sobrevivir ante un suceso de esta naturaleza.

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A seis meses del sismo del 19-S, la mayoría de los mexicanos nos hemos vuelto a sujetar del remolino citadino, pero advirtiendo lo fácil que es perder nuestro estado de confort y seguridad, lo frágil que resulta conservar nuestra existencia. Las grandes metrópolis como la Ciudad de México, caracterizadas por su movilidad, su dinamismo y su inestabilidad, conforman piezas que se ensamblan día tras día, basándose en lo que resulta cotidiano, pero también en lo azaroso y surreal.

Sabemos que los sismos no se pueden predecir, como muchas otras cosas en la vida. La sensación general es que pendemos de un hilo, de un escenario incierto, construyendo sobre un porvenir que puede no ser alentador y cuya estabilidad puede ser interrumpida en cualquier momento.

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El pronóstico después del 19-S es que las secuelas del colapso psicológico no serían inmediatas, que en dicho reacomodo podrían transcurrir algunos meses para que la gente experimentara las consecuencias psicológicas del sismo y, en términos generales, así ha sido. A seis meses del acontecimiento, algunos niños y adolescentes han llegado a psicoterapia por la ansiedad que despertó el sismo, muchos de ellos experimentando por primera vez una pérdida de su estabilidad y seguridad en el mundo.

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Los adultos, por otro lado, han relatado de qué modo se vio alterada su cotidianidad, algunos perdieron sus inmuebles o quedaron muy dañados, otros tuvieron que cambiar de escuela a sus hijos o cambiar de lugar de trabajo, sin contar, por supuesto, las pérdidas humanas que algunos sobrevivientes tuvieron.

¿Dónde estamos parados a seis meses del 19-S? Podría decirse que en un terreno incierto. Los últimos estudios hechos al suelo de la capital revelan un proceso acelerado de hundimiento. La proliferación de construcciones, muchas de ellas fuera de norma, han dejado a los mexicanos en un desabasto de agua en muchas zonas de la ciudad, aunado al riesgo de que sus inmuebles queden afectados por el tipo de suelo que muchas veces no cumplen con los aspectos normativos vigentes. Esa es la otra cara que nos refleja el 19-S, el rostro de la corrupción, la cual por momentos combatimos, pero otras más reproducimos o somos cómplices.

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Estamos parados en las contradicciones que encierran los silencios y los gritos de la capital, en donde no basta con que las palabras se enuncien, nos hacen falta actos. El deseo de un cambio palpita en diferentes esferas sociales, pero también nos carcome el miedo, la inseguridad y precariedad de las condiciones de vida de muchos mexicanos. Nos falta aún mucha cultura de protección civil, abandonar las inercias citadinas que nos sujetan al individualismo, a pensar en la satisfacción de las necesidades personales, dejando de lado el bienestar colectivo.

Nos hace falta ser más empáticos con las necesidades de los más vulnerables, dejar de negar el dolor propio y ajeno, así como los problemas sociales que nos aquejan y de los cuales muchas veces preferimos mirar para otro lado, antes de experimentar lo que el otro puede estar sintiendo. En suma, nos hace falta ser más humanos, no solo frente a la emergencia de un sismo, sino en el conjunto de nuestras relaciones interpersonales. Una cultura cívica es, quizá, la mejor estrategia de prevención que podemos tener para afrontar un desastre natural.

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