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La construcción de una buena imagen pública

Somos percibidos todo el tiempo por la manera en la que nos vemos, pero también por el modo de hablar o las emociones que despertamos al interactuar con pares, señala Guillermo Fournier.
mar 24 mayo 2022 06:01 AM
La construcción de una buena imagen pública
La armonía y coincidencia entre el pensamiento, la palabra y la acción de un individuo, es garantía de aceptación. Esta se trabaja día con día; es una carrera de resistencia, no de velocidad, apunta Guillermo Fournier.

(Expansión) - Se ha dado a la palabra “apariencia” una connotación negativa inmerecida. Muchos relacionan este término con la falsedad. Si bien es cierto que, desde hace siglos, los sabios advertían ya que las apariencias pueden resultar engañosas, no por ello debe descartarse la importancia de construir percepciones positivas en nuestro entorno.

Como punto de partida debemos definir el concepto de imagen personal. Básicamente, hablamos de la representación de nosotros mismos sujeta a la interpretación de terceros por medio de los sentidos.

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Somos percibidos todo el tiempo por la manera en la que nos vemos, pero también por el modo de hablar o las emociones que despertamos al interactuar con pares.

Nuestras conductas, posturas y actitudes emiten mensajes que son digeridos por las personas con las que establecemos contacto y forjamos relaciones de cualquier tipo.

Así, nuestra imagen se encuentra en la mente de quienes tratan con nosotros y, por supuesto, puede haber diferentes opiniones, positivas o negativas. Sin embargo, sí es posible crear tendencias de aceptación en el ámbito social, profesional o político: la Imagen Pública como objeto de estudio, se encarga de desarrollar estrategias puntuales para tan relevante cometido.

El primer paso es ser conscientes de las propias cualidades y limitaciones. Lo anterior permite potenciar las fortalezas y minimizar las debilidades identificadas.

Conviene mencionar que, para efectos de imagen, se aviva el dilema entre el “ser” y el “parecer”. Pues bien, el consenso en esta ciencia social nos dice que, para lograr una percepción positiva, no basta con ser, sino que además debemos parecer.

Aquí viene la revalorización de las apariencias como aliadas certeras.

Por ejemplo, quizá no sea suficiente para un consultor financiero, el tener gran experticia en la rama, si no muestra a sus clientes una imagen profesional adecuada en su vestimenta, área de trabajo y trato atento.

Para mayor probabilidad de éxito, es necesario complementar el ser con el parecer. Se aclara que el parecer sin ser en realidad es una pésima apuesta, ya que seguramente el engaño será descubierto, menoscabando la reputación.

Disponer de una imagen personal óptima nos acercará a nuestras metas y nos hará sentir más plenos.

No subestimemos el poder de la percepción en nuestras vidas, ni caigamos en el error de pensar que se trata únicamente de temas superficiales que tienen que ver con el modo de vestir o de caminar. De hecho, en gran medida la forma en la que somos percibidos se relaciona con los valores que transmitimos, así como la congruencia manifestada y la confianza inspirada.

La armonía y coincidencia entre el pensamiento, la palabra y la acción de un individuo, es garantía de aceptación. Esta se trabaja día con día; es una carrera de resistencia, no de velocidad.

Desde luego, todo lo enunciado anteriormente, es aplicable a la empresa o la institución pública. Claramente, las corporaciones también cuentan con una imagen pública que debe ser construida para generar percepciones favorables, con el propósito de captar clientes, establecer alianzas estratégicas, y alcanzar metas trazadas.

En la era contemporánea, el consumidor es cada vez más consciente de la reputación de las empresas que ofrecen productos o servicios, y las marcas con una imagen pulcra son aquellas que logran posicionarse en el mercado de manera sólida.

 

Las redes sociales y las plataformas tecnológico-digitales sobreexponen a individuos y empresas al escrutinio de las audiencias que interactúan en estos medios. Por ello, un desliz que quizá en otra época hubiese pasado desapercibido, se torna en un potencial escándalo en el mundo de la hiperconectividad.

Una crisis de imagen pública mal manejada, por supuesto, puede implicar enormes pérdidas para una empresa. Como dice el adagio atribuido al magnate Warren Buffet: edificar una buena reputación puede tomar décadas, mientras echarla por la borda puede requerir unos pocos segundos.

La imagen pública es un menester que precisa de congruencia en los mensajes que comunicamos, disciplina para apegarnos a los principios y los valores que nos distinguen, y visión para adaptarnos a los cambios del entorno sin perder la esencia.

Aspirar a la excelencia, tanto en el plano personal, como en el ámbito profesional, conlleva una sana armonía entre el ser y el parecer. Ese es el desafío constante, pero, sin duda, altamente redituable en sentido amplio.

Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

 
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