Para mayas, Dean ha sido una catástrofe

Miles de indígenas mayas de la península de Yucatán perdieron sus viviendas por el huracán; las comunidades piden agua potable, comida y planchas de madera para arreglar sus hogares.
Miles de indígenas mayas perdieron sus viviendas tras el pas
UH-MAY, México (AP) -

Miles de indígenas mayas perdieron sus viviendas con techos de paja cuando el huracán Dean sembró destrucción a través de la península de Yucatán, pero su real riqueza son los árboles y éstos yacen ahora diseminados y rotos tras el paso de la tormenta.

Mangos, naranjas, guanábanas y otros frutos están desparramados por doquier, y jamás serán cosechados.

Las comunidades mayas de México han sobrevivido a siglos de opresión, expulsiones y devastadoras tormentas. Pero los habitantes locales dicen que ninguno de los huracanes previos- ni el Gilbert en 1988, ni el Roxanne en 1995, ni el Wilma en el 2005- han causado tanto daño.

Israel Cruz Chan, de 40 años, demostró el espíritu de recuperación de las aldeas mayas de la península de Yucatán luego que el Dean arrancó la mayor parte del techo de su vivienda en la aldea de Nohbec, no muy lejos del sitio donde el ojo del huracán causó daños el martes.

Cruz Chan examinó la destrucción: todos sus muebles, sus escasos artículos eléctricos y sus ropas de cama estaban empapados de agua y apilados en el patio delantero de su vivienda fabricada de bloques de hormigón. Luego, pidió prestada una escalera y comenzó a clavar nuevas planchas de madera en el techo.

''Si me quedo sentado esperando hasta que me ayuden, me moriré esperando'', dijo. ''Es mejor que me ponga a trabajar de una buena vez''.

Como la mayoría de los habitantes del área, Cruz Chan se gana precariamente la vida pescando, haciendo labores de construcción y cultivando árboles frutales en su pequeña huerta.

Por cierto, los residentes mayas, los más afectados en México por el huracán Dean, piden muy poco: algunas planchas de madera para sus techos, agua potable, algo de comida, a fin de afrontar el futuro ahora que sus cosechas han quedado destruidas.

''No hay siquiera un poco de maíz para comer'', lamentó la ama de casa Pilar Uitz Tzil, de 58 años, aguardando en una fila bajo el ardiente sol para obtener cualquier cosa que las autoridades quisieran darle. Finalmente, algunos camiones llegaron con agua embotellada y mantas espesas, un curioso obsequio en un clima tórrido donde muchos duermen al aire libre en hamacas, a fin de refrescarse con la más ligera de las brisas.

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