Nixon y Clinton, los mejores: Greenspan

El ex presidente de la Fed revela en su nuevo libro cuáles considera como los mejores president confiesa que con George Bush padre tuvo una “terrible relación”.
Una visión de la carrera de Greenspan y la nueva economía. (
Daniel Okrent

Si quieres saber cómo funciona la mente de Alan Greenspan, tal vez puedas empezar por esto: Antes de que él entrase a laborar en el sector público en la época de los setentas, todos sus jefes en la floreciente consultora económica que había fundado eran mujeres.

“Hacía mucho sentido de negocios” escribe con ese humor inesperado que prevalece en gran parte de sus memorias: “The Age of Turbulence. Adventures in a New World” (La Época de la Turbulencia: Aventuras en un Nuevo Mundo)

“Valoro igualmente a hombres y mujeres, y hago eso porque otros jefes no lo ven así; las buenas economistas mujeres eran menos caras que los hombres”.

En estos días, un feminista o un socialista podría hacer suya esta forma de pensar. Pero Greenspan dice que generó una ventaja ancilar: Sus prácticas de contratación “aumentaron marginalmente el valor de mercado” de las mujeres economistas.

Este sentimiento de “hacer el bien y hacer lo correcto” viene directamente heredado de su héroe, Ayn Rand. Pero Rand era sólo un pensador, Greenspan, se puede decir, fue por dos décadas el más influyente economista del mundo desde que Lenin emergió de un vagón de tren en San Petersburgo.

La mitad de la sustanciosa obra “La Época de la Turbulencia” ((The Penguin Press, 505 páginas), engancha magistralmente y no es un asunto menor para un hombre que parece que ve al mundo como un laboratorio donde se pueden medir los efectos de las tasas de interés.

Esta mitad de la obra está dedicada a la carrera de Greenspan, especialmente las dos décadas en que estuvo al frente de la Reserva Federal tirando, desplumando y algunas veces dando tirones agresivos a las variables económicas que unen al mundo.

La segunda mitad del libro, que él describe como “la fundación dónde erigir el marco conceptual para entender la nueva economía” es tan obligada como suena.

No te verás sorprendido en saber que a Greenspan no le interesa mucho el chisme, ni está particularmente ansioso por usar su libro como un arma contra aquellos políticos contra los que luchaba regularmente.

En algunos pasajes, sus comentarios sobre algunos políticos en específico son tan opacos como algunas de sus famosas apariciones obtusas frente al Comité del Congreso, cuando exhibía una fluidez y una dicción impenetrable propias de un orador griego.

Pero cuando Greenspan asegura que Richard Nixon y Bill Clinton eran “por mucho” los presidentes más listos con los que trabajó, esas dos pequeñas palabras dicen mucho acerca de Gerald Ford, Ronald Reagan y un par de tipos de apellido Bush.

Sorpresivamente para un autodenominado “republicano de toda la vida”, Greenspan era más feliz como presidente de la Fed cuando Clinton estaba en la Casa Blanca. (También le gustó el tiempo en que dirigía la oficina de Consejeros Económicos del presidente Ford, donde tenía la placentera responsabilidad de “tirar abajo los esquemas fiscales atolondrados”).

Con el primer George Bush, Greenspan tuvo lo que él llama “una terrible relación”. Luego critica a la administración de Bush segundo por seguir un proceso de toma de decisiones dirigido enteramente por su cálculo político.

En contraste, Greenspan encontró que el periodo demócrata que quedó de sándwich entre los gobiernos de los Bush tuvo hombres (Robert Rubin, Larry Summers, y el propio Clinton) que tomaron decisiones de largo plazo por el interés de la nación.

Déle crédito a este hombre: Él ayudó a persuadir a un presidente demócrata a basar su política económica en un presupuesto balanceado. “Si la historia del último cuarto de siglo tiene una sinopsis”, escribe Greenspan, “es el redescubrimiento del poder del capitalismo de mercado”.

Esto puede ser verdad, pero pudo simplemente haber dicho “es un raro aguacate en un mercado capitalista elevado al estatus de ícono cultural”.

¿Qué tan raro? Bueno, en un viaje al extranjero, Greenspan no pudo resistirse de preguntar a su acompañante “¿Cuál es el valor agregado que produce está ciudad?”.

Muy razonable… sólo que la ciudad era Venencia, su acompañante era su esposa y el viaje era su luna de miel.

 

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