Bill Clinton no es Al Gore

El renombrado economista Jeffrey Sachs comenta sobre Giving, el nuevo libro del ex presidente d Clinton se muestra condescendiente con el gobierno y hay una ausencia de autocrítica.
El libro de Clinton recrea el mundo del voluntariado. (Reute  (Foto: )
Jeffrey Sachs

El nuevo libro de Bill Clinton, “Giving”, es un recuento de quién es quién en el mundo del voluntariado, organizaciones y personas que han coincidido con el expresidente en el camino de la filantropía. Los lectores podrán asistir desde sus páginas al encuentro anual ‘Iniciativa Global Clinton’, donde los líderes del sector privado se comprometen a realizar actividades nobles e innovadoras.

Como bien nos lo recuerda Clinton, lo que esta élite de individuos hace es importante y, a veces, puede cambiar el mundo. El libro será una útil guía y servirá como inspiración para todas aquellas personas que ofrecen su tiempo, dinero y creatividad a un creciente número de buenas causas.

Sin embargo, hay algo que le falla al texto: quizá la falta de urgencia, de prioridades, de preocupación en un año de elecciones; sólo contiene ideas, amigos y logros maravillosos. Peor aún, la vital pregunta de si estas buenas obras implicarán algún cambio real está ausente.  

Sorprende, por ejemplo, la descripción que Clinton hace del “histórico acuerdo de paz entre Israel y Palestina”  firmado en septiembre de 1993 y la estela de nobles acciones que le siguieron. ¿Cuál es la lección, si el acuerdo, de hecho, colapsó? Nada se nos dice al respecto. Molesta también la manera en que Clinton elogia los esfuerzos del voluntariado en Nueva Orleans tras ser castigada por el huracán Katrina, pues sabemos bien que la ciudad no ha sido reconstruida.

El problema es que Clinton ignora al gobierno, mencionado de paso en el último capítulo. El ex presidente no explica que los esfuerzos de muchas personas y organizaciones no gubernamentales cambian el mundo sólo si indican nuevas estrategias, abordajes y tecnologías que puedan llevarse a escala a través del apoyo del gobierno. Ese es el modelo que Clinton usó, en efecto, al ampliar el acceso a las medicinas contra el sida.

Vivimos en un tiempo de reducido liderazgo público, en ocasiones ni si siquiera existe tal liderazgo. Los voluntarios pueden reconstruir algunas casas en Nueva Orleans, pero cuando la acción pública falla, tal como ocurrió en esta desamparada ciudad, los esfuerzos del voluntariado privado se ven superados por la dimensión del problema.

De igual forma, el cambio climático no se resolverá con hermosas acciones para ahorrar energía. Clinton menciona su frustración al fracasar su iniciativa del impuesto al carbono, pero deja la impresión de que la responsabilidad última recae sobre los gobiernos locales, las empresas y los individuos.

La pasividad del sector público ha durado ya una generación. Durante su administración, Clinton fue incapaz de conseguir que un Congreso hostil aprobara sus iniciativas sobre el cambio climático y las reformas sanitarias, y evitó en gran medida la cuestión de la ayuda humanitaria para África, tema que sólo trató en su último año de gestión. La administración Bush, por su parte, tampoco ha marcado la diferencia; Bush ha conseguido que la incompetencia y la indiferencia del sector público sean ya una tradición.

No podemos negar que la cita anual de la Iniciativa Global Clinton atrae interés y anima a tomar acciones. Pero, al final, necesitamos escuchar la voz de los líderes políticos, necesitamos su habilidad para repartir presupuestos y servicios.

Después de todo, es posible que Clinton sí sea escuchado por el próximo presidente estadounidense y ciertas iniciativas privadas se apliquen a escala pública.

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