Detrás de un Gates, hay una gran Melinda

Melinda da por primera vez una entrevista que desvela su vida con Gates y su trabajo filantrópi las donaciones millonarias de una de las mujeres más influyentes aspiran a mejorar la salud mun
Los Gates, exitosos en el trabajo, la filantropía y el hogar
Patricia Sellers

Años antes de que contrajera matrimonio con Bill Gates, fundador de Microsoft, Melinda French se enamoró de una Apple. Su padre, Ray French, un ingeniero que se esforzaba por sacar adelante a sus cuatro hijos, llevó al negocio familiar una Apple III. A sus 16 años, Melinda quedó cautivada por la computadora. Dos años antes, Melinda jugaba con la Apple II, la primera microcomputadora producida a gran escala: “Me las arreglé para tenerla en mi habitación y poder jugar en ella” admite divertida.

La vida de Melinda Gates es la historia de los misteriosos caminos que toma el destino, difícil de predecir. Hoy, esta mujer habita una gigantesca mansión a la orilla del lago Washington, está casada con el hombre más rico de Estados Unidos y se dedica a donar su inmensa fortuna.

La fundación Bill y Melinda Gates es actualmente la principal sociedad filantrópica mundial, con recursos por 37,600 millones de dólares (mdd). Cifra que incluye los 3,400 mdd que el magnate Warren Buffet recién donó —quien además prometió entregar en los próximos años otros 14,000 mdd más en acciones de Berkshire Hathaway B—.

Asumiendo que el matrimonio continuará su esfuerzo filantrópico y que las acciones de Berkshire sigan al alza, se estima que juntos, Bill y Melinda, habrán donado más de 100,000 mdd en su vida. Monto que supera con creces las contribuciones de la Fundación Rockefeller.

En su increíble recorrido vital Melinda Gates ha sacrificado privacidad, seguridad y normalidad. A sus 43 años se mantiene al lado de Bill, reconocido en el mundo de los negocios por sus tácticas intimidatorias. Cualquiera casado con un empresario de esas características es susceptible de perder su identidad, no así Melinda.

Ahora, ya que sus dos hijas (de 5 y 11 años) y su hijo (de 8) asisten de lleno a la escuela, Melinda ha decidido entregarse por completo a sus esfuerzos humanitarios. Algo que también hará Bill, quien anunció que a partir de julio del 2008 dedicará la mayor parte de su tiempo a la filantropía, delegando responsabilidades en Microsoft. Los amigos de la pareja afirman que Bill nunca hubiera realizado este cambio si no fuera por la influencia de Melinda.

La combinación de ambas personalidades es lo que le da fuerza a su unión. Melinda tiene una mejor educación (doble licenciatura —en informática y economía— por la Universidad de Duke y un máster en Administración; mientras que Bill nunca terminó sus estudios en Harvard) y posee más tacto para las relaciones personales. “Bill la necesita” asevera un amigo cercano que los conoce bien: Warren Buffet. 

Incluso cuando se trata de invertir sus recursos filantrópicos, la influencia de Melinda se hace sentir. Ambos se hacen dos preguntas antes de colocar su dinero bajo una causa: ¿Qué problemas afectan a la gran mayoría de la gente? ¿Qué problemas se han ignorado? Luego someten las respuestas a una rigurosa tabla, “Revisamos literalmente la lista de las mayores desigualdades y donamos allí donde podemos provocar cambios sustanciales” dice Melinda. Así, aunque no colaboren con la Asociación Americana contra el Cáncer, han entregado miles de millones de dólares para la prevención de otras enfermedades mortales que asolan al mundo –como el SIDA, la malaria y la tuberculosis.

Las estrategias para combatir tales males van desde repartir vacunas hasta construir trampas para el mosquito transmisor de la malaria, proporcionar microbicinas para prevenir la transmisión del sida y ofrecer microcréditos para ayudar a los más desprotegidos. La última misión que Melinda ha añadido a la lista es la que intenta generar una revolución verde en África, similar a la que vivió Latinoamérica en los años 40. “Melinda es muy sistemática. Ella y Bill se implican en los asuntos. Les preocupa profundamente marcar la diferencia, quieren que las acciones tengan un impacto” afirma Judith Rodin, presidente de la Fundación Rockefeller.

Este impacto tiene un origen doble, la visión holística de Melinda y la inteligencia de Bill. Bono, cantante y activista, amigo y receptor de las subvenciones de la Fundación, denomina su relación como “simbiótica”. Buffet también cree que Melinda es la responsable de que Bill tome las decisiones correctas. “Él es endiabladamente listo, obvio. Pero cuando se trata de ver el panorama completo, ella es más lista” sostiene el empresario, y tal es la confianza en el trabajo conjunto de esta pareja que Buffet les ha entregado su fortuna.

La elección de su vida

“Si tienes éxito se debe a que en alguna ocasión alguien te dio una idea que te indicó la dirección correcta. Recuerda que estás en deuda con la vida hasta que ayudes a alguien menos afortunado, tal y como tú fuiste ayudado.” Esas son las palabras que Melinda pronunció en su discurso de graduación en la Academia Ursuline, en 1982.

La vida de Melinda fue muy diferente a la de Bill, no creció rodeada de privilegios ni riquezas. La madre de Melinda era un ama de casa que no tuvo estudios superiores, su padre era ingeniero. Dentro de ese ambiente aprendió que la vida era una prueba, y ella tenía que aprobarla. Todos los días se fijaba una meta: “Correr una milla, aprender una palabra nueva, ese tipo de cosas” confiesa Melinda. El lema de su escuela católica era “Serviam” (“serviré” en español) y el voluntariado fue, desde esos años tempranos, una elección en su vida.

Tras graduarse de la Universidad de Duke y cubrir un interinato con un reclutador de IBM, Melinda tuvo una entrevista de trabajo “con una empresa joven, Microsoft”. “Si te ofrecen trabajo, me dijo el reclutador, tómalo, porque hay muchas posibilidades de ascender allí” recuerda hoy. 

¿Salir con el  jefe?

Melinda llegó a Seattle en 1987 como directora de marketing de un programa predecesor de Word. A sus 22 años no sospechaba en absoluto lo que Microsoft le deparaba. Era la empleada más joven y la única mujer entre diez gestores de empresas. La cultura de la empresa la desconcertó, “Era demasiado severa” rememora.

Sólo cuatro meses después de su entrada, durante el primer viaje a Nueva York con motivo de la Expo PC, asistió a una comida y se sentó al lado del CEO de la compañía: Bill. “Resultó ser más gracioso de lo que creí” dice ella. ¿Y qué fue lo que Bill vio en ella? “Su belleza” responde él.

A pesar de que inicialmente Melinda no creyó que involucrarse con el jefe fuera una buena idea, “nos encontramos profunda y emocionalmente conectados” admite Bill. Sin embargo, ella era inflexible en el aspecto de no dejar que su relación afectara su trabajo. “No deseaba exponerme. Decidí que nunca, nunca me dirigiría a él para temas relacionados con el trabajo.”

El desempeño de Melinda French en Microsoft fue notorio, en nueve años ascendió a directora general de la línea de productos de información (Expedia, Encarta, Cinemania) y supervisaba a 300 empleados.

Finalmente la relación culminó en boda. Gracias a la intervención de un buen amigo (otra vez Warren Buffet) Bill dirigió su avión hacia Omaha, donde el imperio joyero propiedad de Berkshire Hathaway ofrecía una variada selección de anillos de compromiso. “Elegí una esmeralda, pero Bill dijo que un diamante era más apropiado” dice Melinda, así que el anillo llegó a su dedo.

Para ese entonces, Bill y Melinda ya habían empezado a plantearse la donación de su fortuna. Lo que los convenció por fin fueron las palabras que Mary Gates, madre de Bill, les dijo en su despedida de solteros en diciembre de 1993: “De aquellos que han  recibido mucho, mucho se espera”. Este mensaje incitó la creación de la primera fundación de los Gates.

El matrimonio puso sus ojos inicialmente en una situación por mucho tiempo desatendida: el pésimo desempeño de las secundarias públicas norteamericanas. Poco después llegaría la cita con la salud mundial.

Los aliados en la cruzada

El expresidente Bill Clinton, quien honró el trabajo de Melinda durante la reunión anual de Save the Children en la ciudad de Nueva York, dijo que había aprendido una lección en un viaje a África con el matrimonio Gates. Él y Bill llegaron allí “creyéndonos muy inteligentes, demostrando cuánto sabíamos del tema y haciendo las preguntas correctas. Melinda permanecía paciente. Cuando por fin nos callamos, intervino preguntando ¿Qué medidas educativas han tomado? ¿Cómo previenen la enfermedad? ¿Cuánta gente usa condón?” Los dos Bills empequeñecieron. “Melinda demostró que las mujeres son más fuertes que los hombres” expresó Clinton.

Aunque la Fundación Gates sea poderosa, Melinda insiste en que necesitan socios. “Nuestro dinero no es suficiente. El presupuesto de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) es de 29,000 mdd. El estado de California gasta 60,000 mdd en un solo año. Si nosotros gastamos lo mismo, nuestra fundación se iría a la quiebra” afirma. Por esa razón la Fundación ha buscado aliados -los Rockefeller, Michael y Susan Dell, Hewlet- y ha incluido en varios proyectos a empresas como GlaxoSmithKline y Procter & Gamble.

El proyecto más exitoso ha sido con GAVI Alliance, antes llamada Alianza Global de Vacunas e Inmunizaciones, organización que los Gates impulsaron con donaciones por 1,500 mdd. Con 17 gobiernos como donantes y la Unión Europea al completo apoyándola, GAVI ha distribuido vacunas (de tétano, hepatitis B y fiebre amarilla) a 138 millones de niños en los países más pobres del mundo. Gracias a esta alianza, las regiones en vías de desarrollo han alcanzado las tasas de inmunización más altas y se han evitado más de dos millones de muertes prematuras.

Cerca de casa también hay retos, la ciudad de Nueva York es un ejemplo de lo que el dinero de los Gates puede conseguir. La Fundación financia 43 nuevas secundarias, cuyas tasas de graduados ascienden al 73%, una tasa alta comparada con el fracaso escolar dominante en la zona. El socio en esta revolución educativa es, irónicamente, Joel Klein, aquel que hace una década ganara el caso por monopolio contra Microsoft y que es hoy responsable de las escuelas públicas neoyorquinas. “Bill es un hombre que mira hacia el futuro. Cuando le entregó 50 mdd a las escuelas que dirigía Joel Klein pensé ‘Este hombre está a la altura de las circunstancias’” comenta Buffet.

El mismo Buffet es, indudablemente, otro socio clave: unirá su fortuna millonaria al presupuesto filantrópico de los Gates. Bill y Melinda intentan distribuir las responsabilidades de dirigir una organización de 500 personas (es posible que el personal se duplique en dos años), él dedicará más tiempo a los científicos y académicos para explorar la tecnología de la educación, e incitará a las empresas farmacéuticas que aún no participan con vacunas en el mundo subdesarrollado. Melinda, por su parte, se enfocará en las gestiones de personal y de materia cultural.

Hogar y Fundación, tareas difíciles de equilibrar

Pese a todas las obligaciones que exigen su atención, la principal preocupación del matrimonio es que sus hijos lleven una vida lo más normal posible. Las noches de los miércoles y de los viernes son estrictamente familiares, para nadar o ver películas. Los fines de semana no hay ayudantes, mucamas ni cuidadores, sólo el personal de seguridad.

Si bien Bill y Melinda planean donar el 95% de su riqueza, aún no han decidido cuánto del dinero restante dejarán a sus hijos. Pero Melinda afirma que seguirán la misma filosofía que usa Warren Buffet: “Una persona rica debe dejar a sus hijos lo suficiente para que hagan cualquier cosa, pero no lo bastante como para que no hagan nada.”

“¿Mi peor defecto?” pregunta Melinda, mientras ríe, durante nuestra última entrevista. “Algunas veces deseo una vida más sencilla” admite. Pero es difícil imaginar que alguien que tiene como meta erradicar la malaria del mundo se entregue a ocupaciones fútiles. Como en sus años de colegiala, Melinda se esfuerza por cumplir sus metas. Hoy, eliminar una de las más terribles enfermedades; mañana, quizá algo más ambicioso.

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