Tras los pasos de Pemex

La expropiación petrolera se convirtió en estandarte de nacionalismo y defensa del país; ahora la inversión privada en el petróleo suena a descalificaciones y maldición.
El Senado organizará foros para debatir la reforma energétic  (Foto: )
Alejandro Rosas
CIUDAD DE MÉXICO (Excélsior) -

La expropiación petrolera es un “dogma de fe” de la historia mexicana. Durante los 71 años del partido oficial en el poder, el sistema político priísta utilizó la historia para justificarse, para darle sustento ideológico a sus regímenes surgidos a partir de la institucionalización de la revolución de 1929.

El sistema construyó una historia oficial donde sólo había dos bandos: los que estaban con la revolución o los que estaban contra ella.

Con una visión absolutamente maniquea, tomó forma la historia oficial y fue tan importante para el sistema político priísta que la convirtió en una especie de sagrada escritura laica y cívica, donde los héroes y los hechos que daban forma a su imaginario eran prácticamente intocables. Sin más, el sistema creó una serie de  “dogmas de fe” que permanecen vigentes hasta nuestros días.

Nadie pone en duda la oportuna medida del presidente Lázaro Cárdenas, al decidir expropiar la industria petrolera el 18 de marzo de 1938. Desde los años veinte, durante su estancia en la Huasteca, Cárdenas se había percatado de la impunidad con que se movían las compañías petroleras.

La situación no era nueva. Al menos desde 1900 –año en que inició formalmente la explotación del petróleo en México- eran prácticamente intocables. Ante cualquier amenaza a sus propiedades los dueños recurrían a la protección de sus gobiernos. Ni la revolución, ni los saqueos, ni la violencia de los últimos años y mucho menos la Constitución de 1917 afectaron a la industria petrolera. Siempre en manos extranjeras, las compañías sortearon con sobornos y corrupción la vida política mexicana de las primeras décadas del siglo XX y lograron mantenerse al margen de los acontecimientos, muy ajenas al sentir de los mexicanos.

Cárdenas aguardó a que se presentase la oportunidad para poner punto final al viejo conflicto entre el estado y las compañías petroleras. 1938 fue el momento de la coyuntura. Como buen visionario, tenía puesto el ojo en la situación europea y ante el inminente inicio de una nueva guerra sabía lo que el petróleo significaba para cualquiera de las partes en conflicto.

Para México, el momento no pudo ser más propicio. Los trabajadores petroleros comenzaron una serie de movilizaciones exigiendo mejores sueldos, jornada de trabajo de acuerdo a la ley y seguridad social. Las autoridades laborales fallaron a favor de los trabajadores y las compañías se negaron a acatar la resolución. La insubordinación fue el pretexto de oro para Cárdenas. La noche del 18 de marzo de 1938, en un mensaje a la nación, anunció la expropiación petrolera.

El decreto presidencial significaba la reivindicación definitiva de la nación mexicana sobre sus recursos naturales como lo marcaba la Constitución desde 1917. Era el reconocimiento de que la riqueza del subsuelo pertenecía a los mexicanos y debía ser utilizada en su provecho.

Así lo percibió la sociedad que, desde los primeros minutos del día siguiente, se volcó a diversos centros de acopio para contribuir con sus bienes al pago de las indemnizaciones. De manera espontánea, la gente formó largas filas en el palacio de Bellas Artes para cooperar con dinero, joyas y hasta animales de granja, a fin de reunir el dinero suficiente para que el gobierno pudiese pagar las indemnizaciones a las compañías extranjeras. Como nunca antes, se respiró un verdadero ambiente de nacionalismo.

La expropiación petrolera se convirtió así, en la materialización del nacionalismo revolucionario enarbolado por distintos regímenes desde la promulgación de la Constitución de 1917. El éxito de la expropiación –y la posterior creación de Petróleos Mexicanos (7 de junio de 1938)-, permitió a los gobiernos que sucedieron a Cárdenas, convertir el 18 de marzo en una fecha mítica, señera, fundacional para el México moderno. En ella se reunían los grandes principios rectores del país: defensa de la soberanía nacional, no intervención en asuntos internos de México y nacionalismo a ultranza.

Conforme avanzó el siglo XX, la historia mexicana interpretada por el sistema político, convirtió otros acontecimientos, como la independencia, la reforma y, desde luego, la revolución, en pilares básicos para explicar el ascenso al poder del partido oficial. Pero en su interpretación nunca hubo matices ni autocrítica. Si era necesario enarbolar el respeto a la ley –que no conocía el sistema político priísta porque la utilizaba de forma discrecional-, la fórmula era sencilla: recurrían a Benito Juárez. Si de justicia social y democracia se trataba –que desconocían en su lenguaje político-, la revolución salía a relucir a través de hombres como Zapata o Madero.

La expropiación petrolera era parte de la misma historia. Convertida en un dogma de fe, manipulada y bajo el amparo de la impunidad, cualquier voz que se levantara para criticar la corrupción, las prebendas, las dudosas concesiones que se otorgaban dentro de Pemex y de su sindicato –baste recordar los oscuros años de la Quina- era fustigada de inmediato; era acusada de traición a la patria, a la revolución, al nacionalismo mexicano.

La elevación a categoría de dogma de fe de la trillada frase: “el petróleo es nuestro” canceló la posibilidad, por varias generaciones, de abrir el espacio a la crítica, a la sana discusión, a la polémica con argumentos sobre el futuro de la industria petrolera en México. Hoy en día, el dogma de fe histórico sigue vigente. La sola mención de que la inversión privada regrese de lleno a la industria petrolera –y sólo como posibilidad, como uno más de los escenarios futuros para el petróleo- es suficiente para las descalificaciones, los anatemas, las acusaciones y las movilizaciones. No hay espacio para la tolerancia y el debate.

Quizá sólo cuando las reservas petroleras mexicanas se agoten definitivamente, desaparecerá el dogma de fe, pero será demasiado tarde y la historia, entonces, pedirá cuentas.

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