'Latinoamérica no es Chávez'

Michael Reid, editor de ‘Americas’ de The Economist, cuenta cómo madura la democracia en la reg afirma que, aunque el presidente venezolano hace resaltar a su país, hay más naciones progresan
Michael Reid es uno de los periodistas (y editores) de EU qu
Hernán Iglesias Illa
NUEVA YORK -

Michael Reid vivió en México entre 1990 y 1994 y, desde entonces, el país ha cambiado “completamente”, dice, mientras desayuna café negro en un bar del Midtown, en Nueva York, una mañana fría de enero.

“Yo pienso que el país está mucho más civilizado y es mucho más democrático. Cuando llegué a México no había en el DF ningún diario que no fuera controlado por el gobierno. Reforma no existía, no había internet. El Norte existía pero había que ir a comprarlo en la tarde a un kiosco especial. Y cada noche, la noticia en México era lo que (Jacobo) Zabludovsky contaba sobre lo que el presidente había hecho ese día”, recuerda.

Según Reid, las únicas veces que se mencionaba a la oposición era para calumniarla. “México es ahora un país mucho más abierto al mundo, un proceso que justamente empezó en aquellos años, con Salinas de Gortari negociando el TLCAN. Y hay una clase media nueva, vinculada a este proceso de internacionalización y crecimiento basado en exportaciones. Eso es muy significativo”, dice.

Reid, editor de la sección ‘Americas’ de The Economist, una de las revistas más influyentes del mundo y, probablemente, la única que publica tres o cuatro páginas semanales sobre América Latina y el Caribe, es un cuarentón de barba rubia-pelirroja y un clásico desaliño de periodista –camisa a rayas, chaqueta de tweed y el pelo cuidadosamente desordenado–, y recientemente publicó Forgotten Continent: The Battle for Latin America’s Soul (Continente olvidado: La batalla por el alma de América Latina), un libro donde intenta decirle a Estados Unidos y Europa que en la región no todo es Hugo Chávez.

Considera que si bien el presidente venezolano es el más visible y el que grita más fuerte, fuera de los titulares de los diarios hay un proceso de consolidación democrática y capitalista inadvertida por los centros de poder mundiales. Los países más comprometidos en este proceso son, según Reid, Brasil, México y Chile.

Sentado en un café, cerca de las oficinas neoyorquinas de The Economist, en la calle 57 de Manhattan, Reid, casado con una peruana desde hace dos décadas, responde a las preguntas de Expansión en un español agringado pero muy fluido y claro.

Cuando Felipe Calderón ganó las elecciones, hace un año y medio, The Economist se preguntaba, con algo de pesimismo, si el nuevo presidente iba a tener la fortaleza o el poder suficientes para llevar adelante los cambios que había prometido.
Lo primero que dijimos fue que el resultado electoral, aunque estrecho, era claro, y que López Obrador no aportó ninguna prueba concreta de fraude. En segundo lugar, evidentemente, por las circunstancias de la elección y la estrechez del mandato, dijimos que iba a ser difícil para Calderón gobernar. Pero pensábamos que tenía un programa bastante claro y una concepción de cómo hacer política mucho más efectiva que Vicente Fox. Yo sigo pensando que no es fácil cambiar las cosas en México y que Calderón está yendo paso por paso y todavía creo que es bastante probable que enfrente el tema de los monopolios pero en su momento, cuando logre acumular más capital político.

¿Cuándo?, ¿después de las elecciones legislativas del año que viene?
Bueno, sí. Yo creo que Calderón pensó que, después de tres años de ir paso por paso, iba a lograr una mayoría o cerca de una mayoría en las ‘mitacas’ (sic, así se llaman las elecciones intermedias en Colombia). Ahora, la complicación, que también sufrió Fox en su momento, es que la economía de Estados Unidos entró en recesión y México va a sentir el impacto, lo que puede complicar las perspectivas electorales de Calderón.

Usted dice en el libro que América Latina se ha convertido en un ‘laboratorio de prueba’ de la relación entre el capitalismo y la democracia, que merece ser analizado en Europa y EU. Sin embargo, en los últimos años muchos europeos han dicho lo mismo pero desde la óptica contraria: que Hugo Chávez es quien representa el futuro de la democracia.
Lamentablemente, América Latina siempre ha servido para que gente de afuera proyecte las utopías que no pueden lograr en sus propios países. Creo que hay algo de eso en lo que tú dices... Yo digo que América Latina es un laboratorio para la democracia y el capitalismo, porque ambos están, en mayor o menor medida, implantados en toda la región menos en Cuba. En el contexto de la distribución del ingreso más desigual del mundo, y, consecuentemente, con mucha pobreza, lo que los latinoamericanos están tratando de hacer es usar la democracia y el capitalismo para crear sociedades más justas y más prósperas. Es en ese sentido que la región es un test para la democracia y el capitalismo mundial, sobre todo cuando uno mira otras partes del mundo, como África, Asia y Medio Oriente, que están sufriendo reveses para la democracia.

El libro lo terminó probablemente antes del referéndum en Venezuela...
Sí, lo cerré en marzo del año pasado, antes de la derrota de Chávez y de la crisis de crédito global. Ambas son muy significativas. Creo que el resultado del referéndum en Venezuela de alguna forma apoya mi tesis. Y después, por culpa del credit crunch (crisis de liquidez), América Latina va a pasar un par de años un poco más difíciles, lo que quizá sea la prueba que necesita.

¿Usted cree entonces que ya pasó la euforia populista y ahora está perdiendo fuerza?
La tesis principal del libro es que lo más importante que está pasando en América Latina, la noticia real, no es Hugo Chávez sino el avance de la democracia con gobiernos reformistas, de distinta índole, que pienso que están yendo, básicamente, por el mismo camino de combinar economías de mercado conectadas al mundo y ágiles en el campo social, en educación y en investigación y desarrollo. Creo que ése es un proyecto claro en Chile, Brasil y México y añadiría, en ciertos sentidos, con alguna fragilidad, a Perú y Colombia.

En el libro, y también en The Economist, se califica a los programas sociales recientes de Brasil y México como un hito, un antes y un después...
Sí, por dos motivos. Primero porque están dirigidos a las personas más pobres. En los programas sociales del pasado, de gobiernos populistas como (el argentino Juan Domingo) Perón o (el brasileño) Getulio Vargas, el andamiaje del seguro social fue un logro importante en su momento, pero que no llegaba a la clase más pobre. Llegaba a la clase media y a sectores organizados de la clase obrera. La diferencia de estos programas nuevos es que llegan a los más pobres. Segundo, porque tratan de vincular los programas antipobreza con programas de educación y salud para los niños, o sea, para usar la jerga, de invertir en capital humano, para eliminar la pobreza quizá no en esta generación pero sí en la próxima. Ése es el propósito: parten del principio de democracia ciudadana, de que cualquier ciudadano tiene derecho a una previsión social mínima, no importa su filiación política.

La maduración macroeconómica de América Latina ha sido ampliamente documentada. Se habla bastante menos de la microeconomía, del mundo de los negocios. ¿Cree que ha ocurrido algo similar?
Sí, creo que ha mejorado mucho. Si comparamos con hace 15 años, ahora hay un grupo de empresas en América Latina que son de clase y escala mundial en muchos casos. Uno piensa en Cemex, la minera brasileña en Vale do Rio Doce y en el grupo brasileño Gerdau. Pienso que se ha avanzado mucho porque esas empresas ya tienen en sus países un entorno de estabilidad macroeconómico-financiero que permite decisiones más racionales y, por primera vez, la posibilidad de invertir en el mediano plazo. Dicho esto, hay una serie de problemas que hay que arreglar. El primero es la regulación. Me parece que en América Latina se regula mucho pero se hace mal. Se necesita más regulación en algunos casos, como cuando hay riesgos de monopolio, y se necesita desregular un montón de cosas absurdas. Es tan difícil contratar a una persona legalmente, por ejemplo, en Brasil o Argentina. El tema de la infraestructura también es muy importante; ahí falta atraer inversión privada e implementar inversión pública donde sea necesario.

La década de los 90 fue muy dogmática, tanto por quienes defendían y promovían los cambios como por aquellos que estaban en contra. ¿Cree que esa dicotomía se ha suavizado?
Lo que argumento en el libro es que si uno mira el proceso de reformas en la región como un todo verá que fue más pragmático y variado de lo que dice el relato habitual. En Brasil y México, todavía hay empresas estatales de petróleo muy grandes, una monopólica, en el caso de México, y una cuasi monopólica, en Brasil. Este último tiene el BNDES, un banco estatal de desarrollo que hace política industrial y cuenta con más fondos para prestar que el Banco Mundial. Creo que hay un nuevo consenso en la región, un consenso que combina lo bueno del Consenso de Washington de que el camino va por economías de mercado y abiertas a la inversión, y le agrega políticas sociales activas y un papel importante del Estado en la infraestructura, la educación y la innovación. Ahí está el consenso, y es un consenso con el que disiente Chávez, por supuesto.

¿Qué cree usted que debería hacer México con Pemex?
Creo que la manera más efectiva de afrontar los problemas de Pemex es transformarla en una empresa comercial, sujeta a las disciplinas y prácticas del mercado y capaz de asociarse con operadores privados. El Estado podría retener la mayoría de las acciones y vender una parte u ofrecerla a los mexicanos con una oferta pública en Bolsa. De esa manera, la compañía sería mucho más eficiente y el Estado y los mexicanos conservarían el beneficio de la renta del petróleo. Éste es un modelo que Brasil ha seguido exitosamente con Petrobras. No es una coincidencia que las reservas de gas y petróleo de Brasil crecen sin parar mientras las de México se reducen. La industria de hidrocarburos (en algún momento toda) deberá ser abierta a la competencia, empezando por cosas fáciles, como la venta de gasolina, sin cambiar la Constitución, aunque los mexicanos deben debatir si una cláusula constitucional de otra época debe gobernar una industria tan importante.

El capítulo donde escribe buena parte de sus conclusiones se llama “La testaruda resistencia de las democracias fallidas”. ¿Qué quiere decir con eso?
Que, evidentemente, hay muchos defectos en las democracias de América Latina. Todo el mundo sabe esto, pero lo interesante es que, aun así, han sido bastante aguantadoras, y eso no ha sido tan remarcado. Sobrevivieron con reveses en algunos lados, pero sobrevivieron esos cinco años, de 1998 a 2003, que la CEPAL llama la ‘media década perdida’.

Los reformistas de los años 90 eran muy ambiciosos, querían que todo fuera perfecto. ¿Han aprendido ahora, quizás, a convivir con esos defectos?
Creo que hay que ser más realistas, porque así es como se hace la democracia, no decretándola, como un acto de voluntad. Es una construcción lenta de instituciones y comportamientos. Toma tiempo.

¿Esta lección también la aprendieron en Washington el FMI y la Casa Blanca?
Yo pienso que sí. Si uno compara la política para América Latina de la segunda administración Bush con la primera, verá que son muy distintas. Por ejemplo, en el tono. En el primer gobierno de Bush había una posición mucho más ideológica. En esta administración hay una visión más realista y pragmática de entender que lo importante es la solidez y el avance de la democracia en América Latina. Va a haber discrepancias en algunos temas y es normal no estar de acuerdo en muchas cosas. De todas maneras, en los temas que verdaderamente importan en América Latina (comercio, drogas, inmigración) todavía hay poca disposición, sobre todo en el Congreso de EU, para hacer las cosas que le urgen a la región.

¿Cómo convive América Latina con la transformación de China e India en grandes mercados? En México, durante años, hubo una especie de psicosis y temor anti-China.
Hasta ahora, lo más importante para la región de la industrialización de China ha sido el impacto sobre el precio de las materias primas, que, es cierto, ha beneficiado más a América del Sur que a México. La inversión directa y el comercio con China han crecido, pero desde una base muy baja. Está, también, el otro lado de la cuestión: saber si las industrias de América Latina pueden competir con China en el mercado mundial. México pasó por un ajuste bastante fuerte que tiene que ver en parte con China, pero si uno mira el comportamiento de la industria maquiladora, ha habido una recuperación importante gracias a una mayor productividad y eficiencia y a concentrarse más en terrenos industriales que no dependen tanto de la mano de obra barata, donde la cercanía geográfica es importante y donde hay más valor agregado y es más intensivo en capital de tecnología.

En el libro dice que al final no fue tan malo que nadie se hiciera cargo de América Latina, que la dejaran sola...
Yo soy muy crítico de la teoría de la dependencia, pero creo que el anverso de esa medalla es lo que llamo la soledad de América Latina. A diferencia de lo que pasó con los países del sur de Europa, primero, y los del este, donde la Unión Europea patrocinó el desarrollo y la democracia, en América Latina nadie juega ese papel, en parte por motivos geográficos: toda Europa cabe en Brasil. Creo entonces que el abandono, entre comillas, de EU a América Latina en los últimos 15 años ha sido benigno, porque los países tienen que hacer las cosas por sí mismos. No ha sido para todos igual: para México, Centroamérica y Colombia, EU será siempre la conexión más importante. Si eres un país de América Latina debes trabajar más duro, para desarrollarte, que si estás en Europa, pero eso quizá no sea tan malo, ¿no?

Parece la versión siglo XXI de la sentencia de Porfirio Díaz...
Bueno, ése es el destino de México, y no se puede cambiar. Uno tiene que hacer lo mejor posible con ello.

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