La burbuja de la libertad

La crisis les pesa a los neoyorquinos, Wall Street ahora es territorio de expertos en tecnología; sus finanzas se cuecen aparte, pero Nueva York sigue siendo la capital del mundo y sacude a todos.
Balthazar  (Foto: RMG)
Regina Moctezuma G.
NUEVA YORK (CNNExpansión) -

Los expertos en tecnologías  son los nuevos dueños de las aceras de Wall Street. Los hombres de trajes elegantes escasean y en su lugar hay ingenieros en telecomunicaciones y financieros de empresas tecnológicas, que visten más relajados y cuya industria ha tenido más suerte en la crisis económica. La calle que fue rostro de la economía estadounidense tiene razones de sobra para estar deprimida. Cada empleo de Wall Street ayudaba a crear otros tres puestos de trabajo, desde en despachos de abogados hasta en tiendas de autoservicio, según economistas.

La altura de sus edificios no permite la entrada del sol y la percepción de la gente es gris. "Los bancos no tienen dinero. Nadie tiene dinero", dice un hombre dedicado al mercado de commodities. A sólo cinco pasos hay otro panorama, un empleado de telecomunicaciones se siente tranquilo. Diez pasos más y me encuentro con el fatalista o ¿realista?: "Esto no está mejorando, estamos muy mal. Es la peor crisis de la historia".  

Un joven de 25 años es la excepción. Pese a avecinar la crisis, Josh se negó a enterrar su sueño de ser corredor de bolsa. Con cigarro en mano y traje, encarna a las miles de personas que dedicaron los últimos años de su vida al mundo financiero y que de pronto perdieron su trabajo. Es esa nostalgia la que lanza la pregunta: ¿Dónde están las más de 75,000 personas que trabajaban en el distrito financiero de Nueva York y que han sido despedidos en lo que va de la crisis? La respuesta: por todos lados.

Algunos toman café mientras revisan los avisos de ocasión en el periódico. Para mi sorpresa, en la famosa cafetería Dean & Deluca atienden los mismos inmigrantes de siempre -y no estadounidenses desempleados como era de esperarse.

Otros van de compras, la mayoría sólo para ver, pero algunos aprovechan las rebajas de hasta 90% de descuento o la ‘oferta de las ofertas', como la que anuncia la tienda Anne Klein en la avenida Lexington: "En pocas palabras, puedes comprar más".

Las finanzas de Nueva York, como las de Washington, se cuecen aparte, por lo que no son un buen termómetro para medir el consumo del estadounidense promedio, pero es un hecho que los neoyorquinos están más concientes de su bolsillo: compran en barata y toman vino por copeo.

El buen comer

Como voy sola, me brinco la larga fila de personas que esperan una mesa y paso a la barra de Balthazar's, el bistro más concurrido del barrio de Tribeca, favorito de blogueros y periodistas web. En las mesas escasean los croque messieu y predomina el salmón o las manitas de cangrejo. ¿Alguien dijo ‘crisis'?

Manhattan también ha tenido que sufrir en las garras de la economía, pero no se nota. Es una ciudad con un don de actuación único, que disimula, pues aunque fue el núcleo de la recesión, antes muerta que dejar de ser cosmopolita.

“La gente está ahorrando porque hay inseguridad, pero esto afecta el círculo virtuoso, si empezamos a gastar como le hacíamos antes, activaríamos el círculo económico”, dice Diego García, un mexicano que lleva dos años trabajando en las oficinas de Pfizer en Nueva York.

Así, la gente sigue frecuentando los restaurantes de siempre y cualquier foráneo que visita la ciudad por primera vez, puede corroborar lo que ha visto en las películas: restaurantes atiborrados y un desfile de botellas de vino, martinis y platillos exquisitos. Pero tras el telón, la realidad es otr.

Desde que inició la crisis, los restaurantes en Nueva York han tenido una baja de entre 20 y 30% en sus ventas, dice Will Crutchely, chef y consultor restaurantero, quien asegura que casi todos los restaurantes, sobretodo los finos como Bouley, están bajando sus precios u ofreciendo menús ‘amigables con la recesión'.

"Hasta hace tres meses, los restaurantes se resistían a bajar los precios", dice Michael Whiteman, consultor resaturantero, quien explica que los restaurantes finos son los más afectados pues los de precios medianos ofrecen especiales hasta  40% más baratos que los que tenían el año pasado.

Aunque la recesión ha estimulado las ventas de licor -por razones psicológicas y de desempleo-, en los restaurantes, pocos piden botellas de vino caras o coñac de lujo como el Black Pearl. La mayoría de las personas pide vino de la casa, por copeo y de paso un vaso con agua, del filtro.

Según Whiteman, muchos restaurantes ofrecen 50% de descuento en los vinos cuando se organiza una cena especial, para estimular que la gente coma fuera y sacar de su inventario las botellas caras.

Conforme las comidas de negocios se van haciendo menos, los restaurantes económicos hacen su agosto y los vendedores ambulantes aún más: algunos se han dado el lujo de subir sus precios en 25%.

De los 26,000 restaurantes que había en la ciudad, 2% han cerrado sus puertas, según Crutchely, quien lo atribuye a la renta del local que puede significar el 15% de sus ventas, según la Asociación de Restaurantes de Nueva York. Pero Whiteman percibe que hay más restaurantes abriendo que cerrando. "Es un rompecabezas, sobretodo porque ya no hay fondos para ese tipo de inversiones".

Fiestas y redes sociales

Afuera de un pub, un hombre y una mujer comparten la banqueta mientras fuman. Él le pregunta: "¿A qué te dedicas?" y ella contesta irónica: "A la profesión más aburrida del mundo, soy banquera". Él también lo es, y ahora comparten la profesión, ésa que hace unos meses era un orgullo y que de pronto perdió su razón de ser.

Como estos jóvenes, que hablan de todo menos de la crisis, muchos salen de fiesta y aprovechan que las bebidas en los bares son 20% más baratas que el año pasado, según Whiteman. Y al menos 500 personas pagan 20 dólares por una bebida y por participar en una fiesta hecha especialmente para desempleados, en su mayoría, de Wall Street.

La fiesta de despido en Wall Street es un refrito de las que se hacían en 2000 durante la crisis del dot com. Pero entonces era un espacio de diversión, mientras que ahora es una oportunidad para que los desempleados hagan relaciones y entreguen su curriculum a los más de 2,000 reclutadores que asisten y que buscan perfiles muy específicos.

"Esta vez los desempleados tienen entre 35 y 45 años, en el 2000 era gente mucho más joven", dice Rachel Pine, una de las organizadoras de las fiestas que destinan sus ganancias a la fundación Ronald McDonald House.

Matt Samelson acaba de abrir una consultora en investigación financiera y necesita gente muy específica. "Más que una fiesta, es una forma de poner en contacto a la gente que está buscando talento con ése talento", dice, y ahora entrevista a ocho personas que conoció en la última fiesta.

Samelson, que trabajó los últimos 20 años en la industria financiera, reconoce que es una comunidad muy cerrada, y confía en que los desempleados que asisten a estas fiestas las aprovechen para darle un giro a su carrera, para cambiar de sector, pues será difícil que regresen a hacer lo mismo de siempre.

Neurosis compartida

Después de disfrutar de la vida neoyorquina durante los tres últimos años, Gustavo Reynoso, un mexicano que trabaja en la consultora Pricewaterhouse Coopers, tuvo que cambiar sus hábitos y decidió gastar menos en diversión para sobrellevar la crisis. Pero no todos toman la situación con tanta filosofía.

Mientras algunos recurren al alcohol para olvidar las penas, otros prefieren invertir en ayuda profesional. A finales de 2008, ocho de cada 10 estadounidenses reportaron un alto nivel de estrés relacionado con la crisis financiera, un aumento de 14% en sólo seis meses, según la Asociación Americana de Psicología (APA).

Las preocupaciones más grandes de los neoyorquinos tienen que ver con el costo de la vivienda y la estabilidad laboral, dice Angela Londoño-McConnell, psicóloga y miembro de la APA, quien recomienda que los sentimientos de incertidumbre, vulnerabilidad y temor sean atendidos pues pueden desencadenar en trastornos de ansiedad o depresión.

Sin embargo, entre más personas enfrenten el desempleo y les falte seguro de salud, menos podrán buscar ayuda psicológica. Por ello, aunque no hay una regla general, muchos terapeutas en Nueva York, están llegando a acuerdos con sus pacientes para que puedan pagar la consulta y no dejen el tratamiento.

"En estos momentos tenemos que actuar y buscar los recursos necesarios para salir adelante", dice Londoño, quien asegura que los residentes de Atlanta tienen inquietudes similares, referentes a la economía.

Y para quienes no puedan darse el lujo de pagarle a un psicólogo, internet ha sido la respuesta. Con sólo teclear "desempleado en Nueva York" aparecen cientos de resultados sobre grupos de personas en la misma situación que se reúnen para realizar actividades, una especie de grupo de auto ayuda.

"Muchas personas de mi grupo no tienen trabajo y cuando nos reunimos no quieren hablar de eso porque es estresante, así que hacemos actividades que no sean tan caras", dice Howard Wu, un neoyorquino que sólo trabajaba en una tienda de mascotas durante los fines de semana y formó un grupo en el sitio web Meet Up NYC para conocer más gente.

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Historias hay muchas, con sus gamas de grises y sus miles de colores. Sin embargo, Nueva York seguirá siendo la capital del mundo, tanto, que lo que le sucede a sus finanzas nos sacude a todos.

 

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