Cómo tener una supermemoria

Quo explica que conservar y potenciar la memoria es un gran reto, prueba aquí tu capacidad; la ciencia busca la pastilla para no olvidar pues los recuerdos son la retribución de la existencia.
memoria 1  (Foto: Archivo)
Feggy Ostrosky* y Verónica Guerrero

Alguna vez te sucedió que, tras estudiar toda la noche, se te escapó más de una respuesta durante un examen? ¿O bien, que dejaste en casa un documento importantísimo, o que olvidaste donde pusiste las llaves del auto? Ante estas contingencias, vale la pregunta: ¿qué es lo que sucede en el cerebro?, sólo para, acto seguido, desear encontrar la manera de asimilar información en cuestión de minutos o segundo, o de acordarse sin problemas y sin error de todo lo que supuestamente has aprendido. Este deseo ha sido compartido por muchos a lo largo de la historia, y de tiempo en tiempo ha surgido la promesa de una solución o remedio casi milagrosos para conseguir la anhelada supermemoria. Esta función cerebral es más que un simple almacén de datos. Por ejemplo, la memoria individual es la historia de la experiencia personal; algo así como el pegamento que ensambla nuestra existencia mental y nos permite crecer y cambiar a lo largo de la vida. Es gracias a la memoria que el ser humano reúne y preserva su historia particular y colectiva, transmitiendo el conocimiento adquirido a través del tiempo y el espacio, y trascendiendo de una generación a la siguiente.

De igual forma, el conocimiento es inseparable de la memoria, pues de nada sirve el aprendizaje sin el recuerdo de lo aprendido. Ambas son etapas diferentes de un mismo proceso, continuo y gradual, y no siempre se distinguen con facilidad. Uno de los resultados del aprendizaje es la experiencia que, cuando menos teóricamente, nos ayuda a aprender de aciertos y errores. Así, aunque la psicología define la memoria como la capacidad mental de un organismo para registrar, almacenar y recuperar información, también podría designarse como la consecuencia del aprendizaje, y a este último como un cambio en la conducta, resultado de la práctica, o de un proceso de adquisición de información, misma que puede recordarse posteriormente.

En la vida diaria utilizamos la memoria de muchas maneras, consciente e inconscientemente. El rastro de un aroma que nos devuelve a la infancia, o el estremecimiento por un recuerdo angustiante; la pericia al conducir y la facultad de reconocer una calle... o un rostro, así como saber que París es la capital de Francia, sin necesidad de haber estado allí. Todas estas formas de memoria son parte de un proceso complejo y multifacético, en el que cada recuerdo se almacena y evoca de diferente manera dentro del cerebro, donde una docena de áreas participan en cada tipo de memoria, manteniendo a la vez una interacción de redes complejas.

Muchas memorias

De acuerdo con los modelos actuales de la memoria, ésta puede clasificarse, a grandes rasgos, en tres tipos: memoria sensorial, memoria de corto plazo, también llamada inmediata, o de trabajo, y memoria de largo plazo. Mediante nuestros sentidos percibimos el constante bombardeo de estímulos del medio. Aunque no los registramos todos, nuestra memoria sensorial, la primera etapa en el proceso de la memoria, capta y reconoce esta información durante un lapso minúsculo, de unos cuantos milisegundos. En este brevísimo destello, el estímulo ingresa al cerebro a través del órgano lo recibe y, cuando se presenta alguna alteración en este sistema, lo experimentamos más bien como un problema perceptual; una ilusión o alucinación.

Sin embargo, si prestamos atención a las impresiones percibidas por vista, oído, olfato, gusto y tacto, los datos sensoriales pasan a una segunda etapa del proceso de memoria: la memoria de corto plazo. Allí se codifica fundamentalmente la información lingüística, e implica un pensamiento consciente. Es la cantidad mínima de información que podemos retener en un momento determinado; generalmente seis o siete datos durante unos cuantos segundos, como cuando leemos la placa del automóvil de enfrente en espera de la luz verde.

En ocasiones, la información puede durar algunos días en la memoria de corto plazo, pero para transferirla a un almacén de mayor permanencia es necesario repetirla continuamente, o aplicar alguna otra técnica mnemotécnica. La bodega de nuestros recuerdos es la memoria de largo plazo, que puede retener información durante periodos que van de algunos minutos hasta décadas completas. A diferencia de la memoria de corto plazo, ésta organiza la información por su significado. Tenemos tres tipos de memoria de largo plazo: semántica, episódica y de procedimiento.

La memoria semántica siempre es declarativa, implica "saber qué"; es decir, reúne conocimiento enciclopédico sobre el medio, como que la Tierra es redonda, y funciona mediante conceptos, sin importar si recordamos dónde o cuándo adquirimos tales conocimientos. La memoria episódica es el recuerdo de acontecimientos específicos, atestiguados o vividos, por lo que forma la base de nuestra conciencia autobiográfica. Ejemplos son los recuerdos de nuestra primera profesora, de la emoción de un beso, o del programa que vimos anoche por televisión. Por el contrario, la memoria implícita, o de procedimiento, es la que nos permite "saber cómo", y cubre el aprendizaje de habilidades específicas, como conducir un vehículo, sin que tengamos que recordar en qué momento lo aprendimos.

Lo intangible

Si las categorías de la memoria resultan interesantes, su organización en el cerebro, o el proceso neurológico, es absolutamente fascinante, y ha sido tema de investigaciones durante los últimos cien años. En el cerebro humano existen cerca de cien mil millones de células nerviosas, o neuronas, cuyas conexiones en redes generan nuestra conciencia y sus propiedades, como personalidad, memoria, inteligencia y emoción.

Las neuronas son protegidas y alimentadas por trillones de otras células, llamadas gliales, y además están formadas por un cuerpo celular, así como por una o más prolongaciones cortas, o dendritas, y por una larga, o axón. La comunicación interneuronal, su intercambio de información, se lleva a cabo con ayuda de sustancias químicas llamadas neurotransmisores que, por medio de impulsos eléctricos, generalmente son enviados por el axón y recibidos por las dendritas, en una zona de contacto que se conoce como sinapsis. Cada neurona puede conectarse simultáneamente con otros cientos, a través de hasta 10 mil sinapsis, para recibir dos tipos de señales: una que la activa y otra que la inhibe.

Toda la información que nos llega del ambiente es enviada, desde cada uno de los sentidos, hasta diferentes zonas específicas de la corteza cerebral, donde la memoria puede registrarla, almacenarla y evocarla. Los estímulos del medio nos producen impresiones, y aunque la mayoría de estas impresiones sensoriales son desechadas casi inmediatamente, cuando nuestra atención señala y traslada alguna impresión hacia la memoria de corto plazo, allí es fragmentada, y enviada a un "anaquel" específico del archivo interno.

 Mientras dormimos, el descanso del sueño permite que cada fragmento sea recuperado, agrupado y repasado, y con cada repaso se profundiza la ruta sináptica, que son las conexiones neuronales que corresponden a ese recuerdo en particular. Así, un recuerdo que se nos presenta como una fotografía es más bien un grupo sincronizado de elementos dispersos, tomados de diferentes partes del cerebro, y unificados en una imagen que combina todo: forma y color, e incluso aroma y sonido.

¿Te has puesto a pensar que la memoria no es un objeto tangible? ¡Tampoco se encuentra en una parte concreta del cerebro! Es más bien el resultado de las comunicaciones entre neuronas, por medio de sinapsis y neurotransmisores. De esta forma, las conexiones neuronales forman patrones sincrónicos, "mapas" en el cerebro, pero éstos no son fijos. Cada vez que aprendemos o recordamos algo nuevo, se modifican.

En consecuencia, dependiendo del grado de activación, algunas sinapsis desaparecen, o surgen nuevos contactos.

Grabado ¿para siempre?

Para que un recuerdo se almacene permanentemente, pasan alrededor de dos años. En ese lapso, la información que se va a archivar de manera definitiva, en la memoria de largo plazo, es trasladada al hipocampo. Esa estructura de la corteza cerebral, ubicada por debajo de los lóbulos temporales, se conecta de diversas maneras con otras áreas corticales. Sus múltiples conexiones le permiten reconstruir un episodio vívido y detallado, incluyendo sonidos, imágenes, sabores, olores, y el conocimiento de dónde y cuándo sucedió.

Pero esta claridad se consigue sólo al reforzar profundamente el patrón neuronal, repasando la experiencia una y otra vez, principalmente mientras dormimos, lo que también explica la intromisión de nuestras vivencias cotidianas durante el sueño. En fecha reciente, investigadores de la Universidad de California, en Los Ángeles, dirigidos por el bioquímico Kelsey Martin, consiguieron obtener, por primera vez, una imagen de la formación de un recuerdo en el nivel neuronal, mediante una proteína fluorescente en un caracol marino llamado Aplysia. Observaron también que, durante la formación de memoria de largo plazo, se creaban proteínas en las conexiones neuronales, mismas que según piensan los científicos refuerzan las sinapsis, lo que parece ayudar a asociar ideas y a formar recuerdos de acontecimientos relacionados.

Luego de quedar definitivamente en la memoria semántica o episódica, la evocación de un recuerdo deja de depender del hipocampo y, en cambio, activa las áreas temporales y frontales del cerebro. En los lóbulos temporales se albergan lenguaje y hechos, y en los frontales las memorias se hacen conscientes.

En general, la memoria es una de las funciones cognoscitivas más sensibles al daño cerebral. Los trastornos de la memoria pueden ser desde una mínima pérdida de detalles durante la evocación, hasta casos severos en los que no sólo se ve afectada la recuperación de información, sino que incluso se pierde toda noción de haberla tenido, como en algunos casos de amnesia. Para que la memoria trabaje con normalidad, es preciso que todos los procesos que intervienen en ella se mantengan íntegros. Y así como los trastornos de atención impiden retener y evocar de manera adecuada, cuando estamos deprimidos, ansiosos, o cansados, podemos tener dificultades para almacenar y recuperar información.

Al mismo tiempo, existen situaciones menos graves y comunes a todos, como el fenómeno conocido como "en la punta de la lengua". Este lapso, en el que sencillamente no podemos recordar una palabra, sucede principalmente en adultos mayores y personas bilingües, quienes tienen un mayor acervo de vocabulario donde buscar. Y, según estudios de la psicóloga Jennie Pyers, del Wellesley College en Massachusetts, también podría ocurrir cuando nuestro cerebro intenta recordar palabras que no usamos mucho. Por ejemplo, es más fácil decir "bisturí" que "escalpelo".

A pesar de todo, no hay peor enemigo de la memoria que el tiempo mismo. La realidad médica es que el envejecimiento es la causa natural más común de las fallas de memoria, principalmente en el proceso de evocación. Esto se debe a que, con la edad, podemos experimentar varios factores negativos simultáneos. Nos cuesta más trabajo prestar atención a dos cosas a la vez, debemos esforzarnos más para cada nuevo aprendizaje, se nos dificulta el acceso al vocabulario conocido y también nos cuesta más trabajo recuperar la información de la memoria de largo plazo.

Resultados de un estudio realizado en ratas de laboratorio, y llevado a cabo por la neurocirujana Carol Barnes, de la Universidad de Arizona, sugieren la posibilidad de que los problemas del procesamiento de la memoria a largo plazo se deban, cuando menos en parte, a que el envejecimiento limita la actividad del hipocampo en el repaso de las vivencias del día, y con ello la consolidación de la memoria.

Además, otros factores relacionados con la edad también provocan deterioro neuronal, como el uso de fármacos, las enfermedades crónicas, la depresión, el sedentarismo, o la falta de estímulos sensoriales.

No obstante, la mayoría de los ancianos, cuando gozan de buena salud, no presentan problemas de reconocimiento. Esos problemas de la memoria se presentan en los casos de trastornos como el Alzheimer, una demencia neurodegenerativa que implica la pérdida de memoria para hechos recientes, y que se acentúa progresivamente, acompañada por la desintegración general de los procesos cognitivos.

Para huir del olvido

La constante amenaza del Alzheimer, cuyas cifras se elevan conforme envejece la población, ha llevado a la búsqueda de fármacos que eliminen o retarden sus efectos. Sin embargo, se ha especulado que los posibles compuestos que beneficiaran a los enfermos resultarían un tentador estímulo mental para muchas personas sanas... y jóvenes.

Entre los candidatos actuales se encuentran fármacos que imitan neurotransmisores o emplean sustancias análogas, así como terapias génicas. Cierto es que muchos de estos productos podrían nunca salir a la venta, pero también es posible que unos cuantos lo consigan. Y aunque las compañías no pretendan comercializarlos para personas saludables, es muy probable que su consumo suceda; cuando menos eso sugiere el creciente empleo de algunos medicamentos existentes, como el  metilfenidato, la famosa ritalina, o el modafinilo, por personas que buscan darle "una manita" química a su cognición.

Por ejemplo, el modafinilo, un fármaco estimulante que incrementa la liberación de ciertos neurotransmisores, está indicado para el tratamiento de la narcolepsia, pero también aumenta la capacidad de la memoria de trabajo. Por tal razón, es consumido por personas sanas, que buscan reducir la fatiga o mejorar su desempeño en un examen, aunque ese empleo esté prohibido en países como Estados Unidos, entre otras cosas porque podría generar dependencia en personas propensas a ello.

Una promesa aún no cumplida es la de una molécula conocida como receptor NMDA, en la que los neurofisiólogos se concentraron durante mucho tiempo. Esta sustancia, producida en el extremo de las dendritas neuronales, es un receptor del neurotransmisor glutamato, lo que significa que al ser activado por éste, auxiliado por una descarga eléctrica de la neurona, abre el paso a un flujo de iones de calcio.

Por su papel en la comunicación neuronal, el receptor NMDA se considera una de las herramientas moleculares más importantes para el funcionamiento de la memoria.

Hace 10 años, el biólogo molecular Joe Tsien, entonces investigador de Princeton, produjo una línea de ratones genéticamente modificados para promover un mejor funcionamiento de este receptor y, como resultado, obtuvo ratones "inteligentes" conocidos como "Doggie", que exhibían una maravillosa habilidad de aprendizaje y memoria.

Aunque esta modificación genética difícilmente podría trasladarse a humanos, cuando menos por ahora, estudios más recientes han desarrollado fármacos, como el antibiótico D-cicloserina, que estimula químicamente la sinapsis del NMDA con el glutamato, promoviendo el aprendizaje y la memoria de corto plazo en terapias para diversos trastornos neuropsiquiátricos.

Otro promotor del glutamato, la ampakina, es centro de atención de un laboratorio de California. Uno de sus compuestos, llamado CX717, y creado por el científico Gary Lynch, se encuentra en fase de pruebas para ser empleado en pacientes ancianos con Alzheimer. Los primeros resultados han demostrado que el fármaco puede elevar el estado de alerta. La lista incluye, igualmente, fármacos conocidos como inhibidores de colinesterasa, también indicados para el Alzheimer, pues funcionan incrementando el nivel de una sustancia cerebral llamada acetilcolina. Entre ellos, el tacrine, la rivastigmina y el donepezil. Este último ha conseguido modestos beneficios en cognición y conducta en pruebas clínicas.

Y la búsqueda va más allá de simples fármacos. En agosto de este año, Michael Rafii, profesor del Departamento de Neurociencias de la Universidad de California, en San Diego, anunció que está por iniciar pruebas clínicas de fase 2 para una terapia génica, llamada CERE-110, diseñada para tratar Alzheimer. Los primeros resultados han demostrado que puede inducir la producción de una molécula natural que promueve el funcionamiento y la supervivencia de las neuronas en el cerebro de pacientes.

La mayor esperanza se asienta en las investigaciones del neurocientífico Eric Kandel, quien recibió el premio Nobel de fisiología en 2000 por sus aportaciones sobre las bases fisiológicas del almacenamiento de la memoria. Kandel tiene en su haber cinco patentes, la más reciente para un método que promueve la memoria de largo plazo mediante la modificación de la expresión del gen que produce una molécula conocida como cAMP. Además, hace varios años colaboró en la creación de una compañía, con el objetivo de desarrollar fármacos para el mejoramiento de la memoria. No obstante señala que, hasta ahora, no se ha podido obtener ninguna sustancia que demuestre su eficacia, o bien su seguridad, para ser usada en humanos.

Mejor estudiar

A pesar de que todavía no exista una píldora o terapia para la supermemoria, de tener éxito alguna de las nuevas promesas contra el Alzheimer, efectivamente liberarían a la humanidad de tan siniestra enfermedad, que al ir borrando la memoria de sus víctimas, lentamente los aísla en un mundo interior donde ya no existe siquiera el recuerdo de su personalidad.

Pero también hacen surgir la preocupación de que puedan ser empleadas indiscriminadamente por personas que buscan ya no solucionar algún problema menor de memoria o atención, sino convertirse en supermemoriosos. El empleo no indicado de cualquier fármaco siempre puede traer consecuencias inesperadas e indeseadas, pero además está la cuestión ética, la misma que se ha expuesto frente a las posibilidades de la ingeniería genética en humanos. ¿Qué sucedería en una sociedad en la que, como siempre, sólo algunas personas tendrían acceso a ese tipo de recursos? ¿La eventualidad de que algunas personas mejoraran artificialmente su capacidad de memoria y aprendizaje podría ser otro factor que, a la larga, relegara a muchos humanos, de memoria "normal", a una subclase?

En alguna ocasión, Kandel opinó que los estímulos cognitivos artificiales están bien para quienes sufren problemas específicos de aprendizaje y memoria; por ejemplo, por la edad. Sin embargo, también reconoció que no recomendaría a sus nietos el empleo de esos fármacos, pues agregó que existen caminos más adecuados para mejorar la mente... como estudiar.

 

*Feggy Ostrosky es directora del Laboratorio de Neuropsicología de la Facultad de Psicología de la UNAM 

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