México se deprime... y Prozac se anima

El Prozac, clorhidrato de fluoxetina, cumple 20 años de venderse y recetarse en México, relata Quo; a pesar de que la patente venció en 2001, se mantiene como el fármaco antidepresivo de mayor uso.
prozac  (Foto: AP)
Martha Anaya

La primera vez que supe de alguien que había muerto de amor, de culpa, de tristeza, era apenas adolescente. En ese entonces no podía concebir que alguien simplemente se dejase morir de tristeza. Y sin embargo, parecía tan real... La historia transcurría en las páginas de Rojo y negro, de Stendhal. Día tras día, Madame de Renal caía postrada ante sus emociones. La novela fue escrita en las primeras décadas de la Francia de 1800. El diagnóstico médico, depresión, ni siquiera tenía tal nombre y mucho menos se hablaba de la serotonina, esa sustancia neurotransmisora relacionada con el estado de ánimo. Las pasiones eran un asunto particular del corazón, no de la química cerebral. El efecto dominó

Hoy las cosas son distintas. A la fecha, alrededor de 60 millones de personas en cien países del mundo han sido tratadas con Prozac, y desde que salió a la venta en México, hace 20 años, se han consumido alrededor de 85 millones de cápsulas, señala su fabricante, Eli Lilly. Y a pesar de que la patente venció en 2001, el clorhidrato de fluoxetina se mantiene como el fármaco antidepresivo de mayor uso en los tratamientos médicos.

¿Cómo es que la ciencia dio con este medicamento? De acuerdo con "Science, serotonin, and sadness: the biology of antidepressants", publicado en la Revista de la Federación de Asociaciones Estadounidenses para la Biología Experimental, la historia de Prozac es producto de una cadena de descubrimientos paralelos y eventos casi fortuitos. Cuenta la autora, Sylvia Wrobel, que en la historia de la farmacología los medicamentos para las enfermedades mentales no fueron una prioridad hasta 1952, cuando dos grupos franceses -uno que buscaba un agente contra la malaria y otro que buscaba un antihistamínico-, convergieron y hallaron una sustancia que no sólo disminuía los efectos de la histamina, sino que producía efectos sedantes y beneficiaba a los pacientes con párkinson. A un médico se le ocurrió usar el compuesto en la anestesia para reducir el riesgo de shock circulatorio, y con base en sus efectos relajantes, convenció a sus colegas del hospital de darlo a los pacientes psiquiátricos. Aunque no se sabía cómo funcionaba, miles de pacientes esquizofrénicos reaccionaron bien al Thorazine después de años de estar ausentes o alucinando, y fueron dados de alta.

Muy poco tiempo después se halló que los pacientes tuberculosos que eran tratados con iproniazida, además de curarse mejoraban muchísimo de humor, así que la usaron en pacientes psiquiátricos exitosamente. En 1957 se llamó a esta sustancia y otras similares inhibidores de la Monoamino oxidasa, es decir, enzimas que destruyen las monoaminas, entre ellas, la norepinefrina y la serotonina. Lo malo fue que el medicamento causó ictericia a algunos pacientes, y se sacó del mercado. 

Por otro lado y dado que algunos pacientes deprimidos respondían al opio, un psiquiatra suizo, Ronald Kuhn, comenzó a hacer pruebas con antihistamínicos que producían el mismo efecto, incluyendo un compuesto que no había funcionado como el Thorazine, la imipramina. Después de darla a varios cientos de pacientes deprimidos, Kuhn publicó en 1958 sus resultados: los pacientes se habían vuelto vivaces, buscaban contacto con el mundo exterior y tenían planes para el futuro. Tofranil se convirtió así en el primer tricíclico antidepresivo, y para la década de los 70 era el medicamento más recomendado por la Organización Mundial de la Salud para tratar la depresión.

Sólo que los inhibidores de Monoamino oxidasa y los tricíclicos antidepresivos traían consigo efectos secundarios difíciles de controlar, y además no se sabía cómo funcionaban.

Se gesta la revolución

Así fue hasta 1961, cuando el bioquímico Julius Axelrod hizo un gran descubrimiento que le acreditaría el Premio Nobel de Medicina en 1970: se dio cuenta de que en la sinapsis, cuando una neurona libera un neurotransmisor y la siguiente neurona no lo absorbe, el neurotransmisor no se destruye, sino que es reabsorbido por la primera para reutilizarlo posteriormente. A este proceso lo llamó recaptura. Con este descubrimiento, los científicos entendieron cómo funcionaban los medicamentos en relación a los neurotransmisores que afectaban el estado de ánimo: los inhibidores de la Monoamino oxidasa impedían la destrucción enzimática de múltiples neurotransmisores, mientras que los tricíclicos interferían su recaptura. Y de manera paralela se encontró que los pacientes deprimidos que intentaban o conseguían suicidarse, tenían bajos niveles de serotonina. Ambos hallazgos fueron fundamentales para la revolución que vendría en el tratamiento de la depresión.

En el laboratorio Lilly, el farmacólogo Ray Fuller -que de joven había trabajado en distintas áreas de un hospital mental- trataba de convencer al químico Bryan Molloy -concentrado en crear un nuevo compuesto para el corazón a partir de la acetilcolina- de dirigir su atención a los antidepresivos, especialmente aquellos que trabajaran sin afectar la acetilcolina, lo que evitaría los efectos desagradables de los tricíclicos.

Molloy se enfocó en un viejo antihistamínico y creó una serie de análogos que el bioquímico David Wong, hasta entonces concentrado en antibióticos y fascinado por la relación entre la serotonina y el estado de ánimo, probó uno por uno.

Para esto, Molloy y Wong habían presenciado una conferencia de Salomon Snyder, un alumno de Axelrod que había desarrollado un método de centrifugado que permitía ver cómo diferentes compuestos podían bloquear la recaptura de neurotransmisores como la norepinefrina, la dopamina y la serotonina. Así que Wong aplicó esta técnica a los más de 250 compuestos desarrollados por Molloy, y en el verano de 1972 encontró uno capaz de inhibir la recaptura de serotonina, sin afectar la histamina ni la acetilcolina, es decir, sin los efectos secundarios que producían los inhibidores de la Monoamino oxidasa y los tricíclicos.

Este descubrimiento, al que únicamente se dio valor académico, se anunció en 1974. Un año después la sustancia fue nombrada fluoxetina, pero tardaron todavía 13 años más para demostrar que podía funcionar para tratar la depresión severa en los humanos y conseguir la aprobación para su lanzamiento. Según David Healy, en Let them eat Prozac, The Unhealthy Relationship Between the Pharmaceutical Industry and Depression, Lilly no estaba interesado en un inhibidor de la recaptura de la serotonina, pero a medida que llegaban reportes de otro inhibidor similar (Zelmid), desarrollado por otro laboratorio, los farmacólogos Frank Bymaster y Ray Fuller -de Lilly- probaron la droga en animales y descubrieron que incrementaba la agresión en ratas, lo que en ese entonces se interpretaba como que podía ser usada como antidepresivo.

Un remedio joven

Fue así como Prozac se volvió la estrella contra la depresión -Zelmid fue retirado del mercado por sus efectos colaterales-. Artistas, escritores, políticos, estudiantes, rockeros, gerentes, amas de casa, millones de personas acudieron a la píldora milagrosa en busca de una puerta de salida a su profunda tristeza. "Fue un parteaguas", asegura la Dra. Ileana Petra, coordinadora de Enseñanza del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la UNAM, quien agrega que, si bien no es la panacea, es un medicamento que funciona en depresiones de mediana intensidad hacia abajo, sin ansiedad.

El Dr. José Newman Valenzuela, psicólogo clínico, cuenta que conoce a una paciente fanática del Prozac que está convencida de que le sirve para todo: "Desde depresión para sus divorcios (lleva tres), sus corajes (hace muchos), sus trastornos del climaterio (ciertamente en algo sí le ayuda), la arruga y la resequedad del pelo. Ya alucina hasta el punto de que se lo da a sus perros".

El clorhidrato de fluoxetina (también ingrediente de Symbyax, Zatin, Florexal) no es el único medicamento para el manejo de la depresión: "hay otros como Altruline y Sertex (clorhidrato de sertralina), Tafil (alprazolam) y algunos más, por ejemplo, para compararlo sólo con sus similares en alcance y modo de operación farmacodinámica. Todos estos, salvo Tafil, están indicados sólo para depresiones leves (primer nivel en una escala de cuatro). Para casos más complejos no son eficaces", aclara Newman.

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Añade que estos medicamentos son similares y recomendar uno u otro tiene que ver con el paciente (efectos colaterales), gusto y hasta precio. Dice haberlo recomendado en su momento a distintos pacientes y nunca haber visto efectos colaterales graves: "si acaso resequedad de boca, dolor de cabeza, baja de libido, efectos que comparte con sus similares".

Quizás, lo que necesitaba Madame de Renal era un poco de Prozac.

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