Los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y el verano de los sueños rotos

El corredor Don Paige estaba en su mejor forma y pretendía vencer a Sebastian Coe en la pista, pero un conflicto terminó con ese sueño
juegos, olímpicos, 1980, moscu  (Foto: Getty)
Autor: James Montague
(Reuters) -

Don Paige no podía soportar ver la carrera donde sabía que hubiera podido ganar.

Fue un sábado 26 de julio en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y el corredor británico Steve Ovett estaba a punto de ganar el oro en los 800 metros. Podría decirse que fue el momento definitivo de unos juegos manchados. Ovett disfrutó una rivalidad  taciturna con otro corredor británico que poseía el récord mundial de los 800 metros: Sebastian Coe, el hombre que ahora está a cargo de Londres 2012.

El corredor estadounidense de los 800 metros, Paige, debió haber estado allí también. Había corrido en el tiempo más rápido ese año y fue considerado, si no como el favorito, como un contendiente. Sin embargo, sabía que tenía una oportunidad.

En lugar de estar en Moscú, Paige fue parte del equipo olímpico de Estados Unidos que, junto con otros 55 países boicotearon los Juegos de ese año en protesta a la invasión de la Unión Soviética a Afganistán en 1979.

Cuando la pistola de salida sonó Paige se paró en un árbol en el jardín de la casa de sus padres en Nueva York mientras el resto de la familia vio la carrera en su nombre. Su padre se acercó a él después y le dio la noticia. Ovett había destruido el campo y ganó el oro. Coe corrió una buena carrera pero aun así llegó en segundo con mucha distancia para ganar la plata.

“Hasta este día nunca he visto esa final olímpica de los 800 metros, me hice una promesa”, dijo Paige a CNN.

La invasión

En diciembre de 1979, el primer ministro soviético, Leonid Brezhnev ordenó la invasión de Afganistán en un esfuerzo para apuntalar lo que fue ampliamente visto como un gobierno socialista en Kabul.

Una insurgencia se enfureció, liderada por los muyahidines de Afganistán, una fuerza de combate islámico, y fue tanto el enojo en el occidente y en el resto del mundo islámico, que la insurrección atrajo el apoyo de Estados Unidos y sus aliados mientras luchadores árabes extranjeros volaron para unirse a la causa.

Dentro de ellos estaba un idealista joven saudí llamado Osama Bin Laden, que había dado la espalda a la extrema riqueza de su familia para pelear contra los soviéticos y fue aquí donde las semillas de al Qaeda fueron plantadas.

De vuelta en Estados Unidos, Don Paige había completado el mejor año de entrenamiento de su vida.

“Para prepararse para los Juegos Olímpicos toma 24 meses construir la fuerza mental y física, y 1979 fue un muy buen año de entrenamiento”, recuerda.

Su logro más grande ha sido en el campeonato de la Asociación Nacional Atlética Colegial (NCAA, por sus siglas en inglés), donde ganó las finales de los 800 y 1500 metros para convertirse uno de muchos estadounidenses que han logrado la hazaña.

“Corrí los 1500 metros, y 28 minutos después, corrí los 800 metros”, dice.

“Nadie lo había hecho antes, el programa era tan cerrado que pensaron que era imposible ganar ambos eventos. Eso mostró que estaba en buena forma para ir a los Juegos Olímpicos”.

Enfocándose en la disciplina de 800 metros, 1980 comenzó lleno de esperanzas para Paige (que entonces tenía 23 años) hasta que fue invitado a una recepción en la Casa Blanca.

“El presidente Carter estaba allí y el comité olímpico estadounidense seleccionó a un par de atletas”, recuerda Paige.

 “Y luego escuché esas palabras del presidente Carter: ‘no iremos’. Pensé, ¿estás bromeando? ¿No vamos a ir a los Olímpicos? Fue muy triste que la política y el deporte se mezclaran, pero siempre lo hacen, no sirve de nada pretender que no es así.

“Obtuve mi venganza. Me volví republicano ese año”.

El fin de un sueño

Las palabras de Carter terminaron con la oportunidad que muchos atletas tenían de competir en los Juegos Olímpicos.

“La administración de Carter pensó que el boicot era una buena forma de protestar por la invasión”, explica Jerry Caraccioli, quien es coautor de Boycott: Stolen Dreams of the 1980 Moscow Olympic Games.

“Fue un intento para mostrar su disgusto boicoteando los Juegos. Pero estaban aquellos que tenían su oportunidad, su único intento en 1980 y se les quitó”.

No lo sabía en ese entonces, pero Paige sería uno de esos atletas. Se entiende que se sintió devastado por la noticia.

“Te vas de la Casa Blanca y te vas a tu casa”, dice con total naturalidad.

“Mi entrenador (Jumbo Elliot) me dijo: ‘tenemos que sacar el plan B. Ve a la pista, llora por cinco minutos y nunca voltees atrás’. Así que lloré, lo saqué de mi cuerpo y me dije que olvidaría mis Juegos Olímpicos si podía salvar una vida, solo una vida”.

El plan B fue más difícil, un camino menos gratificante para probar que era el mejor en el mundo. Involucró ganar los campeonatos NCAA y las pruebas Olímpicas (que realizó, con el mejor tiempo del año), la victoria en los precipitados Juegos Olímpicos del Boicot en Philadelphia, Estados Unidos (lo que logró) y, lo más difícil, vencer a Seb Coe.

Hasta antes de los Olímpicos, Paige había seguido el plan B pero, incluso con una Medalla de Oro del Congreso en su cuello; otorgada a cada miembro del equipo estadounidense que hubiera calificado, seguía sin encontrar paz interna y se negó a ver la final de Moscú 1980.

Una carrera con Coe

Luego Paige recibió una llamada telefónica y la oportunidad de redención. Era de un amigo diciéndole de una carrera en Via Reggio, Italia. Seb Coe estaría corriendo en los 800 metros y Paige había sido colocado con él.

Se subió a un avión y llegó para registrarse solo para descubrir que había sido recortado de la carrera.

“Estoy allí parado negociando regresar a la carrera”, recuerda, contando cada detalle.

“El padre de Seb Coe (Peter, que también era el entrenador de Coe) trató de detenerme, trataron de esquivarme. Fui arrojado a la carrera sin importar quien estuviera en la carrera”.

“Les dije voy a aparecer en la línea de salida de los 800 metros y físicamente tendrán que detenerme. Fui a calentar, me quité la playera y pensé: ‘¿Me quitarán?’ Vi a mi alrededor y nadie venía a quitarme”.

La pistola de salida sonó y Paige se encontró liderando con 300 metros para finalizar, completamente en contra de sus tácticas usuales de carrera. Coe, quien tuvo un final notoriamente rápido, estaba a su hombro mientras llegaron al tramo final.

“Salimos de la vuelta, con 100 metros para terminar, zancada a zancada”, recuerda Paige. “50 metros, 20 metros. Antes de la línea, pienso, ¡Dios, vamos a empatar!”.

Pero en un final de fotografía, Paige ganó; por una centésima de segundo. Coe lo felicitó antes de salir de la pista, aunque el padre del británico, de acuerdo con Paige, estaba lleno de rabia.

“Peter Coe estaba parado en la zona del estadio, castigando a su hijo. Tiró sus toallas al piso. Hombre, no estamos en el campo de batalla. Por eso es que competimos”.

La última oportunidad

Fue el punto más alto de la carrera de Paige, tanto que sigue describiendo la acción en tiempo presente. No llegó a las pruebas de 800 metros para los Juegos Olímpicos de 1984. Donde alguna vez había igualado posiblemente al mejor corredor en la historia de los 800 metros zancada por zancada, Paige se desvaneció en la parte final de su serie y terminó en quinto lugar. En 1980, resultó que, era su momento. Pero siempre tendrá a Via Reggio.

“Quería ver, en cualquier día, cómo competiría y mi momento olímpico era en ese entonces. No gané el oro (en Moscú). Lo pude haber hecho y lo debí haberlo hecho”.

Paige ha encontrado su propio camino enfrentando el hueco que dejó el boicot, una mezcla de estoicismo admirable y redención en la pista.

Otros han encontrado más difícil lidiar con la pérdida.

“Puedo perdonar, pero nunca lo olvidaré”, explicó Craig Virgin en una entrevista con The New York Times antes de los Juegos Olímpicos de Atlanta, 16 años después del boicot. En 1980 tenía el récord mundial de los 10,000 metros.

Una reunión del equipo olímpico estadounidense de 1980 en 2008 fue lo que le abrió los ojos a Paige, donde vio a algunos de los atletas “todavía viviendo en el pasado, siempre regresando a 1980”.

“Me sentí mal por ellos”, dice.

En su lugar él recuerda una palabra de sabiduría de su entrenador; a quien sigue refiriéndose respetuosamente como señor Elliot y quien murió ocho meses después de los Olímpicos de 1980, que lo ayudó a lidiar con el boicot y las preguntas sobre el qué hubiera pasado.

“Dijo: ‘Don, el deporte es importante, eres un hombre joven pero en 30 años verás atrás al deporte y verás cuán pequeño es el deporte y cuán grande es este sacrificio. Verás a la muerte, al cáncer, a cosas más grandes que correr en los Juegos Olímpicos”, recuerda Paige.

“Tenía razón. Tengo 55 años. He visto a amigos morir, a niños morir. Amo al deporte y a la competencia. Pero tenía razón”.

¿Hizo alguna diferencia?

La pregunta que sigue sin ser respondida es si el boicot ayudó de alguna forma a socavar a la Unión Soviética, o al menos, en las palabras de Paige “a salvar solo una vida”.

Ciertamente, el vicepresidente del presidente Carter, Walter Mondale así lo cree.

“La Unión Soviética después colapsó espectacularmente”, escribió Mondale en el avance del boicot.

“Creo que nuestros atletas jóvenes, que sacrificaron tanto, merecen un gran crédito por su participación en negar el respeto a un régimen tan odioso”.

Caraccioli está menos convencido y en su lugar se enfoca en las historias de los atletas que, como Paige, nunca tuvieron otra oportunidad en los Olímpicos.

“Hay muchos atletas que son desconocidos, pero quizá sus nombres hubieran sido conocidos mucho más si hubieran estado en los Juegos Olímpicos y hubieran competido por medallas de oro”, dice Caraccioli.

Paige, quien ahora es director de Desarrollo de Negocios para la parte deportiva de una empresa de ingeniería, tampoco está convencido de la efectividad del boicot, que se acercó a destruir el movimiento olímpico y dio lugar a un boicot ojo por ojo en los Juegos de Los Ángeles 1984 por la Unión Soviética y sus aliados.

“La Unión Soviética se quedó en Afganistán y luego boicotearon Los Ángeles. Fue horrible para el movimiento olímpico y para los atletas”, dice Paige.

La ocupación de Afganistán duraría otros ocho años terminando solo cuando Mikhail Gorbachev eventualmente vio la locura económica, política y moral de la invasión y después la ocupación. Para ese entonces la sentencia de muerte de la Unión Soviética estaba sonando.

Don Paige ha visto cada día de los Olímpicos de 2012 en televisión. Está en paz consigo mismo, lo suficiente para ver los juegos de nuevo. Pero no son las ceremonias de las medallas lo que ve con nostalgia, ni las carreras en las que solía sobresalir.

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“No, eso no es lo que extrañé”, dice.

“Fue caminar en la ceremonia de apertura con todos los atletas en el mundo. Eso era más importante. Mover mis brazos allí y decir: ‘chicos y chicas, lo logramos’”.

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