En defensa de Joseph Blatter: la lucha por la expansión del futbol

El presidente de la FIFA es criticado por su incapacidad para combatir el racismo, pero también es celebrado por sus logros en el deporte
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Autor: James Montague | Otra fuente: 1

Nota del editorJames Montague es el autor de When Friday Comes: Football, War and Recolution In The Middle East (Cuando el viernes llega: futbol, guerra y revolución en Medio Oriente), un vistazo a las culturas y política en Medio Oriente a través del prisma del futbol. Síguelo en Twitter en @JamesPiotr

(CNN)- No hay muchas personas cuya imagen haya estado en una primera plana con el Coronel Gadhafi, el ahora difunto exdictador de Libia. Sin embargo, Joseph Blatter, el presidente del organismo de futbol, FIFA, es uno de los pocos en poseer este dudoso honor.

Era junio de 2011 y The Sun (un tabloide británico propiedad de Rupert Murdoch y conocido por sus primeras planas descaradas y salaces) circuló uno de sus encabezados más memorables.

“Déspota la diferencia” decía sobre una imagen de Blatter y Gadhafi. “Dos dictadores engañados continúan aferrándose al poder mientras sus regímenes corruptos se derrumban a su alrededor”.

La ira dirigida a Gadhafi era obvia. ¿Pero Blatter? El administrador en jefe del futbol se había vuelto uno de los hombres más odiados en Gran Bretaña.

Una serie de escándalos de corrupción dentro de la FIFA, su campaña fallida de reelección —donde su único oponente fue prohibido de postularse por un escándalo de corrupción— y el fracaso de la candidatura de Inglaterra para ser el anfitrión de la Copa del Mundo 2018 para atraer cualquier interés de los pasillos de poder de la FIFA (a pesar de tener el mejor reporte técnico) llevaron a un torrente de incredulidad. Blatter fue considerado arrogante y elusivo. Se volvió el enemigo público número dos, después de Gadhafi.

Solo poco más de 18 meses y a Blatter le ha ido un poco mejor que a Gaddafi. Pero solo un poco. Este fin de semana fue vilipendiado de nuevo por negarse a respaldar el principio del AC Milan de salirse de la cancha cuando uno de los jugadores negros del club italiano fue abusado racialmente por parte de los aficionados.

Se tomó como otro ejemplo de las payasadas de Blatter y se presentó después de los comentarios que hizo en una entrevista de 2011 con CNN cuando parecía sugerir que no había problema con el racismo en el futbol, al menos en la cancha.

Pero ¿es esto locura, miopía o falta de elegancia? Yo diría que es lo último de los tres. Sus comentarios sobre el incidente del AC Milan se mostraron muy correctos. Mientras que Kevin Prince Boateng debería ser aplaudido por su momento “Rosa Parks”, consagrarlo por la ley sería altamente problemático.

Como escribió James Lawton en el periódico británico The Independent esta semana en un artículo que critica a la UEFA por su debilidad en combatir al racismo: “Boateng emitió una seria amenaza, no solo de indignación sin complicaciones por parte de jugadores negros, sino de situaciones que crearían incentivos para todo de consentimiento en el abandono de partidos importantes en los que un equipo había tomado lo que parecía como una ventaja inexpugnable”.

También es verdad que los organismos del futbol contribuyeron a la situación al entregar multas miserables por transgresiones previas.

Por supuesto, la FIFA no está exenta de problemas, pero los fragmentos de sonido tienden a oscurecer una verdad más amplia y más importante: la influencia muy positiva de Blatter en el juego, especialmente en el mundo en desarrollo.

Aunque es parodiado como un bufón dirigiendo al azar los asuntos desde la “Estrella de la Muerte” de la FIFA en Zurich, podría decirse que ha hecho más en la era moderna para expandir el juego globalmente que cualquier otra persona.

Este año entrevisté a Blatter dos veces. En ambas ocasiones hablamos sobre que el futbol es más que solo un juego. Que también era un agente de cambio social. Su primer acto cuando fue elegido presidente en 1998 fue volar a la Franja de Gaza y recibir a Palestina a la familia del futbol.

Permitió que los palestinos organizaran su propia liga, impulsaran restricciones de movimiento que fueron elevadas en Cisjordania, construyeran su propio estadio nacional de futbol, comenzaran una liga profesional femenil y, en 2011, fueran anfitriones de su primer clasificación mundialista contra Afganistán.

Por supuesto, el gobierno afgano no estaba feliz, pero el equipo viajó y jugó en Cisjordania, la primera vez que un equipo de Afganistán lo hizo. Fue un reconocimiento de facto de ambos lados de este conflicto aparentemente intratable.

La FIFA se volvió una de las pocas organizaciones internacionales en reconocer la existencia de Palestina, un total de cuatro años antes de que la votación de la ONU llegara casi, pero no del todo, al mismo punto.

Los palestinos claramente han utilizado al futbol como una forma de izar su bandera y como un ensayo general para la construcción y mantenimiento de instituciones cívicas importantes. Blatter debería tomar el crédito de empezar ese movimiento.

El punto más amplio aquí es que la permanencia de Blatter como presidente de la FIFA ha sido muy internacionalista. Bajo su mando, la Copa del Mundo se llevó a cabo en Asia por primera vez en 2002. Es una región que, dentro de 50 años, sin duda será el nuevo centro de poder del juego mundial.

Blatter defendió la primera Copa del Mundo en África, en Sudáfrica en 2010, un voto de confianza destacable en un país después de apenas dos décadas del apartheid.

Y, más controversialmente, Rusia y después Medio Oriente serán anfitriones de sus primeras Copas del Mundo en 2018 y 2022 respectivamente. Nadie debería sorprenderse de cualquiera de estos movimientos. Ambas regiones están en auge y tienen un amor profundo por el juego. La FIFA bajo el mando de Blatter ha sido agresivamente expansionista y llevar a cabo una Copa del Mundo en Inglaterra o incluso Estados Unidos no habría añadido nada nuevo.

El futbol es, ahora más que nunca, un juego global y merece ser compartido en todo el mundo.

Europa ahora puede ser la región más exitosa en términos de dinero y éxito en la cancha, pero el balance de poder cambia, a Sudamérica, Asia, Medio Oriente y la nueva Europa.

Blatter reconoció ese cambio y ayudó a conducirlo. Teniendo en cuenta ese contexto sería absurdo pensar ahora que el presidente de 76 años era alguien despreocupado con las cuestiones de racismo.

Ahora hay un nuevo conjunto de desafíos urgentes. El aumento en el racismo necesita ser abordado con multas financieras tan severas que los clubes no tendrían más opción que tomar el asunto seriamente.

Una mayor transparencia dentro de la toma de decisiones y finanzas de la FIFA necesita ser evaluada. La organización contra la corrupción Transparencia Internacional rompió relaciones con la FIFA en 2011 cuando dos de sus recomendaciones; que el investigador a cargo de supervisar a la FIFA estuviera comprometido si la FIFA le pagaba y que debería permitírsele investigar escándalos viejos de corrupción, fueron retiradas.

La mancha de corrupción que emana de países con registros pobres en transparencia y apertura es otro problema. ¿Por qué no publicar los salarios y gastos de los miembros líderes de la FIFA para combatir eso?

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Pero, cuando su mando haya terminado, se hará la misma pregunta. ¿Blatter dejará el juego en un mejor lugar de lo que lo encontró? El juego se ha extendido más allá y más profundamente que antes.

Aún hay mucho que necesita reformarse en la FIFA. Pero en África, Asia y Medio Oriente será festejado correctamente por llevar seriamente el juego al mundo, sin importar lo que los redactores de titulares piensen. 

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