Capital privado busca impulsar a México

Grupo Carlyle quiere institucionalizar los negocios de los emprendedores locales; su fundador, David Rubenstein, está decidido a aumentar las inversiones en el país.
'Lo que moverá la economía del siglo es el capital privado',
Ricardo J. Galarza

Tiene 58 años de edad, es canoso y de complexión delgada pero fuerte. Abogado, hijo de un cartero de Baltimore y una vendedora de ropa. Es David Rubenstein, el hombre que se ha convertido en sinónimo del negocio de capital privado (private equity) en el mundo y que ahora quiere introducirlo en México, como antes lo hizo en Europa y en Asia.

Rubenstein fundó el Grupo Carlyle en 1987, que en sus inicios se dedicaba a invertir en compañías de la industria armamentista, duramente cuestionado por sus vínculos con la familia Bush y los neoconservadores de Washington, pero que en los últimos años transformó su imagen y diversificó su portafolio.

Eso lo ha llevado a ser hoy el fondo de private equity más grande del mundo, con más de 200 compañías bajo su égida, que generan 68,000 millones de dólares (mdd) en ganancias y emplean a más de 200,000 personas.

Rubenstein está decidido a extender en México el capital privado en todo su potencial, negocio que contribuyó significativamente al despegue de la economía estadounidense, cuando, a principios de los 90, se esperaba que fuera superada por la de Japón; y luego a la de Europa, cuando también comenzaba a mostrar visos de rezago.

“Quien no entienda lo que el capital privado puede hacer por la economía de un país, está condenado a vivir en el siglo XX. Lo que moverá y está moviendo la economía del siglo 21 es, precisamente, el capital privado”, dice Rubenstein.

Como capital privado se conoce al negocio de los inversionistas profesionales que adquieren empresas, por lo general familiares, pero con una marca reconocida o una buena administración, y las profesionalizan en todos sus aspectos y hacen más eficientes sus procesos, para luego revenderlas al cabo de un periodo entre cuatro y siete años.

Carlyle México, formado en 2004 bajo la dirección de Luis Téllez y Joaquín Ávila, tiene 134 mdd para esas adquisiciones. Ya compraron la Universidad Latinoamericana (ULA) y el call center Hispanic Teleservices Corporation (HTC).

Según Rubenstein, Carlyle está interesada en empresas mexicanas de los sectores financiero, de consumo, salud, educación y telecomunicaciones. Se dispone a incursionar en el negocio de los bienes raíces, para lo que acaba de montar un equipo (aparte del de Ávila) que ya está buscando oportunidades en el país. Pero deja claro que el interés primordial de la empresa es la compra de compañías.

“Lo que queremos hacer en México es causar un gran impacto, mostrando lo que el negocio del capital privado puede hacer también aquí”, asegura Rubenstein.

La razón por la cual el private equity aún no ha llamado la atención de los empresarios locales es que todavía no ha habido suficientes transacciones en esa modalidad.

“Esperemos a que lleguen las historias de éxito, a que haya más inversionistas, a que la gente empiece a vender (sus negocios) al capital privado, y les mostraremos de todo lo que somos capaces”, dice.

Carlyle busca la apertura de ciertos mercados emergentes, en Egipto y otras partes del norte de África, pero Rubenstein no ubica su operación en México en esos planes porque no considera al país una economía emergente.

“Estamos hablando de la décimo segunda economía del mundo y está al lado de Estados Unidos. Hay que tener cuidado cuando se habla de economías emergentes: no es lo mismo Chad que China, ni Zimbabwe que la India”, precisa. Y agrega que en el mundo, y en particular en Estados Unidos, no se llega a comprender bien la importancia de México en la economía global.

Él, en cambio, dice entenderla a carta cabal y por eso se ha propuesto que el país aproveche todo el potencial del negocio del capital privado, algo que no parece terminar de convencer en el mercado mexicano.

En los últimos dos años, se hicieron sólo cinco transacciones importantes de capital privado en México, dos de las cuales fueron las de Carlyle, mientras que en algunos países asiáticos se realizan cientos cada año.

De acuerdo con algunos observadores, la dificultad para las adquisiciones de Carlyle en México radican en su predilección por ejercer el control sobre la empresa a absorber, lo que implica una participación mayor a 51% del capital.

Sin embargo, Ávila asegura que si bien prefieren tener control a la hora de la adquisición, no es una condición insuperable. “El mundo ideal para nosotros es comprar 60 ó 70% y que los accionistas anteriores reinviertan; pero si estamos ante un equipo de gente seria, yo estaría dispuesto a ir hasta minoría”, afirma.

No obstante, reconoce que sí han tenido cierta dificultad para cerrar algunos tratos. “En el mercado de capital privado en México las dificultades las hemos tenido todos. Es un mercado difícil y no tiene nada que ver con lo de 100%; no buscamos el 100% de ninguna empresa”, aclara Ávila.

En cuanto al tema global, a juicio de Rubenstein, América Latina tampoco es parámetro de México para lo que pueda suceder en el private equity; cada vez que el ejecutivo menciona a la región, aclara: “Sin contar México”. La proximidad a EU, apunta Rubenstein, hace que el país sea tratado con un rasero distinto.

A fines de los 90, Brasil y Argentina adoptaron el capital privado con gran vigor, pero los respectivos descalabros económicos ahuyentaron la inversión. Ahora regresan, en mayor grado, a Brasil, donde Carlyle montó un fondo para adquisiciones y otro de bienes raíces.

La operación es similar a la de México, pero Rubenstein marca la diferencia: “México y Brasil no tienen nada que ver en términos económicos; no tiene sentido mezclarlos”, dice. “Por eso nos queremos enfocar en México y que éste sea un esfuerzo independiente de lo que estamos haciendo en otras partes del mundo”.

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