Pánico en Wall Street: historia de miedo

EU atravesó el llamado Pánico de 1907, la lección fue que el miedo es avivado por la incertidum además los precios dudosos y la falta de un líder destacado también contribuyen. ¿Te suena fami
Un siglo antes de la crisis crediticia del 2007, Estados Uni  (Foto: )
Jerry Useem

Si existe una guía confiable cuando el mercado entra en pánico, ese sería George Washington. En lo alto, en su pedestal de granito, ha sido testigo de más de 100 años de disturbios financieros. Hoy, su molde en bronce no puede comunicarnos las lecciones de la historia. Pero nos deja clara la más importante: En situaciones de pánico necesitas, precisamente, a alguien de su estatura.

Entrar en pánico no significa un colapso, es más bien el punto crítico en el cual el miedo puede producir terror. El resultado, como bien lo sabe Washington, depende de que algunos cuantos tengan la voluntad de aceptar -aunque sea para evitar la ruina colectiva- el papel de líder.

Hay bastante evidencia para apoyar esa conclusión. En 1836 Andrew Jackson se deshizo de un banco central, situación que contribuyó a producir el Pánico de 1837. Un efecto inesperado de sus políticas -un montón de bancos apenas regulados inundaron el país con papel moneda- provocó pésimos resultados al igual que algunas novedades: los requisitos de la Reserva, por ejemplo, podían satisfacerse añadiendo unas cuantas monedas de oro a una gran cantidad de dinero de escaso valor- No sorprende que los bancos hayan elegido los jacksonianos billetes de 20 dólares como la moneda nacional de los cajeros automáticos.

En 1857, el pánico tomó un giro tecnológico. El fracaso de Ohio Life Insurance & Trust Co. habría tardado días o semanas en afectar Wall Street, pero el telégrafo llevó la noticia directamente a la bolsa de valores y contagió la economía al completo. La información insuficiente hizo que todos se alarmaran más de la cuenta.

Si el Pánico de 1873 nos enseña una lección es la inhabilidad física de escapar todos del problema al mismo tiempo. El financiero Jay Cooke se vio anquilosado por los prestamistas internacionales y su banco suspendió pagos.

El diario The New York Times describió así la escena: “Los corredores se quedaron totalmente pasmados por un momento, luego llegaron en oleadas a la Bolsa, chocando unos con otros en medio de una confusión general, se incorporaron a sus oficinas con una velocidad impresionante…Las noticias del pánico se propagaban aquí y allá, cientos de accionistas se dirigieron a las oficinas de sus corredores y dieron órdenes para que sus acciones se vendieran inmediatamente…Algunos de los hombres que cayeron en la ruina lanzaban improperios, otros lloraban.” No hay aquí ni rastro de una ordenada reevaluación del riesgo.

Lo que nos lleva de vuelta al Pánico de 1907, el drama y el trauma que cambiaron todo. Demostró que sí se necesitaba a un hombre tras el telón que pudiera operar los mandos de Ciudad Esmeralda, como un mago de Oz.

Los directivos del Banco Knickerbocker creyeron actuar en secreto cuando se reunieron en privado para discutir si abrirían sus puertas la mañana siguiente. Pero no fueron lo suficientemente discretos, de acuerdo a la leyenda que se cuenta en Wall Street, dejaron la puerta entreabierta y su conversación llegó a oídos de alguien. Luego los 18,000 depositantes del Banco conocían la noticia.

Pronto, estos miles de clientes hacían fila en las oficinas centrales de Knickerbocker; durante varios días el banco intentó ganar tiempo (un truco fue que los cajeros contaran y recontaran el dinero muy lentamente). El domingo, con el banco cerrado, la atención se desvió hacia otra parte, una multitud de reporteros esperaban las declaraciones de un personaje: J.P. Morgan.

Aunque Morgan estaba semiretirado, era la persona más parecida a un banquero central en el país. En los últimos tiempos había mostrado preocupación por la liquidez -esto es, la falta de un préstamo como último recurso para prevenir que el sistema bancario del país sufriera otro sobresalto-. Entre las causas de la incertidumbre se encontraban empresas como la de Knickerbocker, que operaba como un banco comercial pero, al igual que los fondos de protección, estaba fuera del ámbito regulatorio.

Morgan, encerrado en la librería que entonces poseía, organizaba una respuesta de emergencia con un equipo de seis banqueros, incluyendo a Benjamin Strong, el joven secretario del Bankers Trust. Tal como lo anota la autora Jean Strouse en su biografía “Morgan”, Strong debía examinar los libros de las instituciones fiduciarias en problemas para determinar cuáles valía la pena salvar. Decidieron que Knickerbocker no era una de ellas, y el banco cerró sus puertas. Los depositantes se dirigieron entonces a la siguiente más débil, la Trust Co. of America (TCA).

En las oficinas de TCA, Ben Strong estudiaba minuciosa y febrilmente sus libros contables. Poco después de la una de la madrugada se entrevistó con Morgan, quien le preguntó a rajatabla “¿Son solventes?” Strong respondió afirmativamente.

Morgan se dirigió a los allí reunidos y les dijo: “Este es el lugar para atajar el problema.” Mientras los empleados de TCA llevaban afanosamente sacos de títulos valores y otros activos a las oficinas de Morgan, tres millones de dólares americanos eran enviados a las oficinas de TCA. La salvación había llegado.

Las secuelas en Washington fueron como las reacciones a un terremoto. “Algo tiene que hacerse. No siempre contaremos con Pierpont Morgan para enfrentar una crisis bancaria” anunció el senador Nelson W. Aldrich. En efecto, el siguiente pánico financiero golpearía al país en 1914, un año después de la muerte de Morgan. Sin embargo, para entonces los Estados Unidos tenían ya una Reserva Federal –y tuvieron la previsión de cerrar la bolsa de valores al inicio de la Primera Guerra Mundial.

Dos décadas después ocurrió otra crisis, el Pánico de 1929, luego conocida como el Gran Crash. Semanas de volatilidad finalizaron con una caída libre de la bolsa de Nueva York durante el famoso ‘Jueves Negro.’ Una vez más el rescate fue orquestado por banqueros privados, quienes compraron cantidades considerables de acciones blue chip, pero sus efectos fueron efímeros.

Lo que siguió fue el más devastador ‘Martes Negro’, agravado por las imperfecciones de la tecnología (como sucedería una vez más en 1987, cuando el sistema informático en Wall Street provocaba ventas automáticas si los precios caían por debajo de un determinado punto).

La cinta de cotizaciones de bolsa, que sólo podía imprimir 268 caracteres por minuto, se quedó desfasada por varias horas. Las cotizaciones antiguas dejaban un vacío de información que avivaba el ciclo de incertidumbre. (El mismo Groucho Marx se hundió en tal depresión que un suplente tuvo que sustituirlo en su espectáculo de Broadway.)

Sin el liderazgo de la Reserva Federal -cuya voz principal, Benjamin Strong, había muerto el año anterior- el mercado se desplomó en un abismo que pronto condujo a la Gran Depresión.

Hoy día, las calles de Wall y Broad, que ciñen el viejo edificio de la bolsa, lucen casi igual que hace 100 años. Washington aún mantiene su erguida pose, mientras que la escultura “Integridad,” realizada por el mismo artista (J.Q.A. Ward) sigue protegiendo los trabajos del hombre, colocada sobre la cima de la bolsa de valores neoyorquina.

La casa de Morgan, sin embargo, es hoy una lujosa urbanización diseñada por Philippe Starck. Frente al antiguo Trust Co. of America hay un enorme letrero de Tiffany anunciando la próxima apertura de una tienda “en el corazón de Wall Street.” Las grúas no descansan en su tarea de convertir las oficinas centrales de Morgan en condominios. La rápida transformación de la zona en un barrio exclusivo refleja el mestizaje entre los bienes raíces y los títulos valores.

Pero también subraya la presencia de las fuerzas desestabilizadoras que son condición previa para una crisis: la preocupación por la desigualdad en los ingresos, la adquisición de créditos fáciles, el uso de nuevos instrumentos financieros y, sobre todo, la ausencia de lo que Henry James llamaba “imaginación del desastre.”

Si la historia nos enseña algo, es que nunca aprendemos de ella, al menos no lo suficiente. En cuanto a lo que nos espera, bueno, no hay que especular. El mercado castiga a los que lo hacen.

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