Los bancos necesitan capital contingente

Ante una hipotética crisis bancaria europea este sector puede crear sistemas para ‘autorrescatarse’; un fondo que entre en acción cuando las entidades caen en desbalances para frenar su caída.
banco vertical generica  (Foto: Jupiter Images)
Kenneth A. Posner

Durante la próxima crisis bancaria, vamos a necesitar velocidad; recuerden que las compañías financieras que luchaban por mantenerse a flote, como Lehman Brothers, AIG y Fannie Mae, fomentaron el miedo y la incertidumbre; creando así problemas a sus clientes, contrapartes y mercados. Varios bancos comerciales y de inversión entraron en pánico, dejaron de extender crédito y dañaron enormemente nuestra economía y nuestro sistema financiero.

Ahora, con su resonancia en el mercado de acciones globales y con la crisis de la deuda en Europa, queda claro que otra crisis bancaria podría ocurrir fácilmente, aunque esto no es necesariamente inminente. El mes entrante, el Gobierno de Barack Obama y la junta de los representantes del G-20 en Basilea, pondrán a consideración nuevas regulaciones para el asunto que causó el mayor daño en la última crisis: requisitos de capital inadecuados por parte de los bancos.

Es cierto que mejores regulaciones podrían ayudarnos a dar una respuesta más expedita a la próxima crisis, y con un costo menor para los contribuyentes. Aquí hay una idea sencilla: exigir sistemáticamente a las instituciones financieras importantes (como Citigroup o Goldman Sachs) emitir un "capital contingente", es decir, una especie de parachoques que entre en acción inmediatamente durante una crisis para estabilizar a la institución y reafirmar su solvencia.

El capital contingente sería un tipo de deuda especial que se convierte automáticamente en acciones comunes cuando el capital regulatorio de la compañía se agota. En el remolino político actual, y a pesar de todo el orgullo que ha levantado la creación del necesario paquete de reformas regulatorias financieras que recientemente aprobó el Senado de Estados Unidos, esta práctica idea no ha recibido la atención que merece.

Las entidades financieras, haciendo uso de sus propias técnicas, eventualmente crean la reestructuración, pero eso toma tiempo, algo que siempre falta durante una crisis. Los directivos se aletargan y son incapaces de ajustarse a decisiones difíciles, pues esperan que el ambiente mejore y difumine la necesidad de una disolución masiva por parte de los accionistas, algo que afectaría su bienestar. La restructuración de la deuda actual es engañosa, pues los accionistas, con antigüedades y posesiones distintas, tienen puntos de vista diferentes al hacer ofertas de intercambio y al proponer estrategias frustrantes.

Capital contingente: que los bancos se rescaten solos la próxima vez

Las crisis financieras son impredecibles e ineludibles: son una función de las economías conducidas por el mercado, los flujos del capital global y la información tecnológica, y por lo tanto, parte del precio que pagamos por la innovación y el progreso. Mientras que la volatilidad puede ser inevitable, podemos responder a ella con mayor inteligencia. Durante una crisis, quienes toman las decisiones enfrentan una incertidumbre paralizante, y aún así deben actuar a la velocidad de la luz.

Mientras más rápido podamos recapitalizar y estabilizar al sistema financiero, más pronto podremos atravesar la crisis y empezar con la recuperación. Durante nuestra crisis reciente, a Hank Paulson y a su equipo les tomó todo un año arreglar a los bancos después del colapso de los mercados de titulización, y les tomó dos intentos hacer que funcionara el Programa de Alivio para Activos en Problemas (TARP por sus siglas en inglés). Después padecimos otros seis meses, antes de que el nuevo Gobierno implementara pruebas de estrés regulatorias (conocidas como el ejercicio del Programa de Supervisión de Capital) que finalmente logró que los bancos se volvieran a capitalizar. Imaginen si hubiéramos podido acelerar este proceso y nos hubiéramos ahorrado meses espantosos de indecisión y de dolor.

El problema es que el nuevo capital es precavido; tomen como ejemplo el caso de CIT Group, que emergió de la bancarrota a principios de 2010. Le tomó cerca de un año desde que se cuestionó su solvencia hasta que la compañía se rindió, y es un periodo normal para una compañía financiera en problemas.

En ocasiones, el Gobierno puede actuar rápido, pero eso pone en peligro a los contribuyentes. Para estabilizar al sistema bancario, el Departamento del Tesoro compró acciones preferenciales (por medio del TARP) en varios bancos. Esto fue de ayuda, pero los contribuyentes perdieron 2,300 millones de dólares en la infusión del TARP en CIT, y además, hay cerca de 80 bancos que están aplazando el pago de los dividendos del TARP. Si la crisis hubiera sido peor, el TARP habría costado aún más.

El "capital contingente" sería un absorbedor de golpes, y estabilizaría a las firmas más rápido y con una menor exposición de los contribuyentes que las medidas ad-hoc. La deuda que se convierte en automático en patrimonio neto durante una crisis reducirá la necesidad de negociaciones prolongadas, ofertas de intercambio complicadas, solicitudes de bancarrota o acciones gubernamentales de emergencia.

En realidad esta idea ya lleva tiempo sobre la mesa: en 1991, Tom Stanton sugirió que Fannie Mae y Freddie Mac tuvieran capital contingente. Si la gente hubiera escuchado en aquel entonces, la idea habría ahorrado miles de millones de dólares a los contribuyentes hoy; el rescate gubernamental de las dos agencias hipotecarias es ilimitado, y la Oficina Presupuestal del Congreso estima que para 2020 podría costar 373,000 millones de dólares.

El "gatillo" de la conversión de deuda a patrimonio neto sería una caída en las proporciones de capital regulatorio de la empresa, como se muestra en los informes de ganancias trimestrales. Si estas proporciones caen por debajo de los niveles "bien capitalizados" (normalmente definidos como patrimonio equiparable al 8% de los activos), cada dólar de la deuda de capital contingente sería convertido en acciones comunes, con base en una proporción de conversión fija.  

Todos pierden, excepto los contribuyentes

Los tenedores de deuda perderían, pero al menos no tendrían que esperar a que la bancarrota determine su recuperación. Los accionistas también tendrían que perder, pero sin la conversión, necesitarían recaudar capital de emergencia con un precio bajo por acción, lo que ocasionaría una disolución peor, asumiendo que la compañía podría recaudar algo de capital (¿recuerdan cuando Citigroup comerciaba a un dólar por acción?).

La conversión no sólo sería veloz, sino que también protegería a los contribuyentes. Los depósitos garantizados por el Gobierno (y otra deuda que necesite ser garantizada) serían protegidos contra las pérdidas por el nuevo patrimonio neto.

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Dada la seriedad de la crisis reciente, las instituciones financieras sistemáticamente importantes deben tener capital contingente equivalente a sus requisitos de patrimonio neto regulares, lo que duplicaría de forma efectiva la protección a los contribuyentes.

En épocas normales, la emisión de este tipo de deuda especial no debería ser costosa. Las empresas que suelen lucir peligrosas podrían enfrentar costos mayores, pero para evitarlos, estas empresas podrían reducir sus balances o reconsiderar sus modelos de negocios, y de esta forma, el requisito del capital contingente frenaría el crecimiento de las grandes empresas financieras riesgosas, otro objetivo de la reforma regulatoria. Y si no estamos previniendo en verdad fallas sistemáticas con nuestros planes de reforma, sería importante preguntarnos si vale la pena luchar por ellos.

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