Fuga de cerebros, sequía de talento

Las naciones ricas acaparan a los mejores prospectos de los países pobres, explica Michael Elliott; el editor de Time International pide algún tipo de compensación en este intercambio.
talento joven mujer oficina  (Foto: Jupiter Images)
Michael Elliott* -

Este será un año atareado para los abogados de inmigración. Cada abril, Estados Unidos comienza a aceptar nuevas solicitudes para las visas de trabajo H-1B, el visado reservado para los extranjeros altamente calificados que las empresas estadounidenses ansían contratar. Este año, 65,000 visas H-1B están disponibles.

Hasta el 6 de mayo, solamente se habían presentado 18,000 solicitudes para ese documento, una tasa inferior a la registrada anteriormente y clara evidencia de que la recuperación económica en Estados Unidos no ha derivado en una ola de contrataciones.

Pero estando la reforma migratoria en la agenda del Gobierno estadounidense, seguramente escucharemos los viejos argumentos contra la H-1B: las asociaciones de trabajadores dirán que los extranjeros hunden los salarios y le roban el empleo a los estadounidenses, algo que cobra relevancia dada la tasa actual de desempleo. Las empresas, especialmente las del sector de alta tecnología, argumentarán por su parte que cada persona con visa H-1B crea otros 4 empleos y que es vital para la competitividad del país conseguir a los mejores talentos del mundo. 

Me siento aludido. Nací en Inglaterra, y tuve la suerte de recibir una visa H-1B, el primer paso de un camino que finalizó con la ciudadanía estadounidense. Dicho lo anterior, tengo que admitir una simpatía secreta por quienes critican el esquema, sólo porque la justificación de esa política migratoria alude a la palabra "competitividad": si una nación, responsable de casi una cuarta parte de la producción mundial, que cuenta con abundantes recursos naturales, con las mejores universidades del mundo y con un sistema constitucional estable por cerca de 200 años, no puede ser competitiva... entonces la escasez de científicos es la menor de sus preocupaciones.

En cuanto a los trabajadores altamente calificados, debemos detenernos a pensar en algo: los países de origen de los inmigrantes. Está bien decir que Estados Unidos (o cualquier país rico) necesita a los mejores talentos del mundo, ¿pero qué pasa con los países que dejan?

Un reciente reporte del Banco Mundial (BM) sobre el sector enfermería en el Caribe de habla inglesa reveló que la demanda local de enfermeros excede la oferta en un 30%; la emigración explica esa brecha. El BM estimaba que los enfermeros o enfermeras capacitados en el Caribe laborando en el extranjero (especialmente en Estados Unidos, Canadá y Bretaña) triplicaban a los que trabajaban en su país. Además, los más brillantes eran los que emigraban

La migración desde el mundo en vías de desarrollo suele ser gente inteligente huyendo de economías corruptas y mal gestionadas que no han invertido en salud ni educación. Pero los países pobres que intentan hacer las cosas correctamente (y hay muchos) necesitan también a sus mejores y más brillantes talentos si quieren prosperar. En corto, necesitan más que nosotros ese capital intelectual.

No quiero decir con ello que la emigración no beneficia a los países de origen. Como lo señala Kathleen Newland del Instituto de Políticas Migratorias en Washington, la migración favorece en muchas maneras (a través de las remesas, pero también porque los inmigrantes invierten en sus países natales, financiando escuelas y elevando los niveles de capacitación). Además, tenemos el derecho humano de explotar nuestro talento, no puede decírsele a un brillante científico de Mali que se quede en su país trabajando en laboratorios con escasa financiación en lugar de perseguir su sueño de trabajar en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).

La migración debe considerarse de una forma integral. Con la excepción de Canadá, no puedo pensar en una sola economía avanzada donde actualmente la inmigración no sea un tema político. Debe abordarse con todos sus matices, de otro modo el creciente flujo mundial de personas que buscan una oportunidad conducirá al resentimiento en los países de origen y la xenofobia en los países de destino.

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Digámoslo así: si las naciones ricas van a acaparar los mejores cerebros del mundo, entonces tienen la obligación de dar algo a cambio a los países que se quedan sin su talento, porque es lo correcto. Hay muchas formas de ayudar. Programas como el African Governance Initiative de Tony Blair, por ejemplo, que pone la experiencia de los países ricos a disposición de las naciones pobres deseosas de modernizar su capacidad gubernativa. Necesitamos más iniciativas de ese tipo, y menos patrones de países ricos arguyendo tener el derecho de contratar y "absorber" el talento global cual esponja.

*Michael Elliott es editor de Time International.

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