EU, sin control sobre los grandes bancos

La ley Dodd-Frank debería exigir más a la banca para que eviten futuros rescates del Gobierno; el Estado no ha logrado que las instituciones financieras hagan planes de contingencia.
DOLAR CORTE  (Foto: Photos to Go)
Allan Sloan

¿Alguna vez has visto cómo se desarrolla algo, sabiendo que no tiene posibilidades de éxito? Entonces entenderás lo que siento respecto a la ley Dodd-Frank de reforma financiera, esa legislación que se suponía debía evitar futuros rescates gubernamentales al exigir a las grandes instituciones financieras que confeccionaran un plan de resolución o "testamento vital".

Estos 'testamentos', que los bancos actualmente discuten informalmente con las autoridades reguladoras, son un sustituto débil y patético de lo que Washington debería haber hecho en verdad: esto es, descomponer en partes más pequeñas las "instituciones financieras de importancia sistémica".

O separar sus actividades relacionadas a los depósitos de otras actividades más riesgosas, como crear y negociar derivados. Pero en lugar de eso, tenemos los famosos testamentos vitales. Traducido al español corriente, significa que las grandes instituciones elaboran planes de contingencia para que las autoridades reguladoras las fragmenten o liquiden en caso de una crisis, sin costo alguno para los contribuyentes. Y sin que la Reserva Federal (Fed, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, les ofrezca ningún tipo de financiación para ello.

Los testamentos vitales suenan bien. Por desgracia, no hay forma de que funcionen si surge un pánico similar al de 2008-2009, cuando los mercados financieros prácticamente cerraron.

Yo no soy el único que piensa así: muchos otros analistas, incluido Jim Millstein, exdirector de reestructuración del Tesoro, opinan lo mismo. El problema se agrava porque la ley Dodd-Frank prohíbe a la Fed ayudar a las instituciones afectadas, como lo hizo durante el clímax de la crisis.

El único financiamiento permitido proviene de la Corporación Federal de Protección de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés), la cual seguramente no querrá asumir la onerosa carga de financiar la compra de activos de las instituciones afectadas a precios de ganga, y aliviar así la toxicidad de entidades poderosas como Goldman Sachs, J.P. Morgan, Blackstone, KKR o Carlyle.

"Hay muy pocas instituciones con la hoja de balance necesaria para soportar la compra de uno de estos negocios en los tiempos buenos. Y en tiempos de crisis, cuando la financiación en los mercados de crédito y de valores es inasequible, nadie podrá hacerlo a menos de que la FDIC subvencione la compra con financiación mediante emisión de deuda y emisión de acciones (algo improbable).

En consecuencia, no hay una forma creíble de fragmentar estas instituciones y venderlas durante una crisis", apunta Millstein. Triste, pero cierto.  

Estas "instituciones de importancia sistémica" (aún no han sido nombradas, pero es evidente que Citigroup, Bank of America y GE Capital están entre ellas), someterán sus planes de contingencia ante la Fed y la FDIC, las cuales tienen el poder de expropiarlas si en tres intentos no presentan un testamento viable.

Millstein y Sheila Bair, la saliente directora de la corporación, son tan pesimistas respecto a que cualquier plan funcione en caso de una crisis, que recientemente me dijeron que la Fed y la FDIC deberían invocar las facultades que les concede la ley Dodd-Frank para fragmentar ahora mismo las firmas con influencia sistémica.

Pero no sucederá, "nada me gustaría más que desmembrarlas, pero no es realista, aunque sería lo mejor", dijo Bair.

Incluso el propio legislador demócrata Barney Frank (quien le da el nombre a la ley) tiene sus dudas. Me dijo que los testamentos vitales "probablemente no serán útiles en una crisis, pero son una herramienta útil previa a la crisis".

Ya podrán imaginar el clamor que surgirá si la Fed y la FDIC intentan desarticular una institución que no presente lo que ellos consideran un testamento factible. Wall Street emprenderá una campaña tan feroz que eclipsará todas las críticas que hasta hoy a recibido Elizabeth Warren, la responsable de la nueva agencia de protección al consumidor de servicios financieros. Transcurrirán dos segundos para que Washington recule.

Si la Fed y la FDIC fueran en verdad vigilantes, y si quisieran aliviar el recalentamiento de Wall Street, obligarían a algunas grandes instituciones a reducir su tamaño sustancialmente, a recaudar más capital, a disminuir el riesgo, a cesar actividades problemáticas, o impondrían condiciones que combinen todo lo anterior. 

Pero apuesto que no será así. Creo que tras rechazar algunos testamentos una o dos veces, ambas instituciones aceptarán los planes de contingencia y los archivarán, permitiendo que las cosas sigan su curso hasta la próxima crisis. Y una vez que ocurra, a pesar de las actuales restricciones y las prohibiciones de rescates, Washington se lanzará a salvar a las grandes instituciones otra vez. Y el ciclo continuará.

 

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