La economía de EU: optimismo con cautela

El mercado laboral ha mejorado y los compradores han vuelto a gastar, ¿pero será eso suficiente?; las decisiones del Congreso podrían poner a EU en peligro de estancamiento, según analistas.
John Cassidy

Tras cuatro años de recesión y crecimiento mediocre, ¿podría ser 2012 el año en que la economía de Estados Unidos por fin despierte de su letargo? A pesar de la crisis en Europa, a muchos estadounidenses les gustaría pensar que sí, entre ellos al presidente Barack Obama (cuyas posibilidades electorales son escasas, a menos que las cosas se reanimen).

Empecemos con las buenas noticias: recientemente, la economía ha ido mejor de lo esperado. El pasado junio, citando el aumento en los precios de la gasolina y el agotamiento de los estímulos, pregunté si era demasiado pronto para empezar a hablar de una recesión de doble caída. Pese a la angustia subsecuente, lo era. Entre julio y septiembre, el PIB creció a una tasa anualizada de alrededor del 2%, la cifra del cuarto trimestre podría estar cerca de 3%. Si esa tasa de expansión se mantuviera, el desempleo bajaría (y las posibilidades de Obama mejorarían en gran medida). Analistas más profesionales piensan que el crecimiento será más moderado. En una encuesta de fin de año realizada por la Association of Business Economics, la predicción media de crecimiento del PIB para el próximo año fue de 2.4%, que es básicamente una extrapolación de lo que hemos visto en los últimos seis meses. Como un pesimista de la recuperación -de 1997 a 2007, pasé toda una década dudando de la prosperidad Greenspan/Bernanke-, he estado intentando ser más positivo sobre las perspectivas de la economía.

Hay una particular, y se compone de varias partes. En primer lugar, los empleadores están contratando, y la tasa de desempleo finalmente está cayendo. En segundo lugar, el aumento de los precios de la gasolina, que actúan como un impuesto sobre la economía, ha desaparecido por el momento. Después de llegar a un máximo de 4 dólares por el galón en el verano, el precio promedio en la bomba es de alrededor de 3.30 dólares. En el futuro, bien podría caer por debajo de los 3 dólares. Las existencias mundiales de crudo están subiendo, lo cual frecuentemente augura una caída en los precios.

En tercer lugar, hay una gran cantidad de demanda reprimida por ahí. Como demostró la estampida en los centros comerciales en el 'Viernes Negro', los estadounidenses siguen siendo compradores empedernidos. Después de años de escatimar y ahorrar, están dispuestos a comprar autos y gadgets nuevos, a remodelar sus viviendas y a gastar en vacaciones caras. Fuera del sector de bienes raíces todavía deprimido, a muchas empresas les está yendo bien.

Finalmente, algunos de los desequilibrios que se acumularon durante la ‘burbuja' de crédito Greenspan/Bernanke se han aliviado, si no es que eliminado. En relación con los ingresos, los precios de las viviendas ya están de vuelta en su promedio histórico. Las tasas de ahorro personal han subido. La carga de endeudamiento se ha reducido. En 2007, la típica familia estadounidense estaba destinando alrededor del 14% de sus ingresos a pagar deudas. Hoy en día, la cifra es de 11%.

Con un mejor panorama en las finanzas del hogar y las tasas de interés en mínimos históricos, unos cuantos años de crecimiento del 3% no deberían ser imposibles para la economía de Estados Unidos. Pero todo lo demás no se encuentra igual, y ahí está la amenaza, que puede ser encapsulada en una palabra: política.

Si el estancamiento en el Congreso no se rompe, la economía se verá afectada en enero próximo con un triple golpe de mayores impuestos sobre la nómina, menores beneficios por desempleo y recortes en el gasto federal. En conjunto, esas medidas (o no-medidas) podrían reducir el PIB en aproximadamente dos puntos porcentuales a lo largo del año, llevando a la economía peligrosamente cerca del estancamiento. E incluso si Washington hace lo correcto -extender los recortes de impuestos de nómina y los beneficios por desempleo- las perspectivas dependerán de otra serie de funcionarios políticos: los que están en Europa.

Está claro que lo que se necesita es detener la huelga de compradores en los mercados de bonos continentales. Los gobiernos europeos, encabezados por Alemania, necesitan dar poder al Banco Central Europeo (BCE) para que actúe como prestamista de última instancia, impulse el fondo de rescate europeo, y lance una especie de equivalente del TARP para recapitalizar a los bancos. Si esas cosas suceden y los mercados llegan a creer que las autoridades finalmente fueron capaces de controlar la situación, los precios de las acciones estadounidenses entrarían en una escalada, dando un impulso oportuno a la economía. Pero incluso después de los últimos esfuerzos por salvar el euro, que estaban programados para culminar en una cumbre el 9 de diciembre, ¿quién apostaría por ese resultado en vez de un colapso caótico de la moneda, con quiebras bancarias, y pánico global?

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En realidad, yo lo haría; pero no mucho. ¡Es por eso que sigo siendo un optimista muy cauto!

Este artículo es de la edición del 26 de diciembre de 2011 de Fortune.

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