Europa, por una auténtica unión fiscal

Para que funcione, todos deben permitir que sus presupuestos se sometan a una autoridad central; sin una reforma que lleve una integración así, la incertidumbre permanecerá sobre el continente.
euro reloj  (Foto: AP)
Por Cyrus Sanati

El Banco Central Europeo (BCE) ha enfriado la crisis de deuda soberana en la eurozona al inyectar miles de millones de euros al sistema bancario, pero las brasas todavía arden.

La agencia Standard & Poor´s (S&P) señala que la zona de la moneda única tiene un 40% de posibilidades de entrar en una recesión severa este año, con una economía que se proyecta sufrirá una contracción de hasta 2%.

A menos que una reforma comprensiva produzca una unión fiscal más sólida, la incertidumbre continuará oscureciendo el futuro económico de Europa. 

Parecería que el viejo continente ya está fuera de peligro. Los rendimientos de los bonos de deuda italiana, española y francesa han retrocedido desde los niveles máximos registrados el año pasado, permitiéndoles a esos países emitir más deuda a tasas de interés más bajas.

Grecia, por su parte, ha podido negociar quitas masivas de su deuda con los acreedores privados, muchos de los cuales son fondos hedge y bancos de inversión de Wall Street.

Y lo que es más importante, los bancos europeos ya no enfrentan un inminente evento de liquidez, evitándole al continente un golpe al sector financiero al estilo Lehman Brothers. 

La causa de este respiro proviene de la decisión del BCE, ejecutada en diciembre, de inundar con dinero barato el sistema bancario de la eurozona. Esta operación de refinanciación a largo plazo (LTRO, por sus siglas en inglés) acometida por la entidad se tradujo en casi un billón de euros inyectados al sistema bancario en una gran ronda. Una segunda tanda de LTRO está programada para fines de febrero, y se espera que sea tan cuantiosa como la subasta de diciembre.

Con ese rescate orquestado por el BCE y con la Reserva Federal estadounidense garantizando a los bancos acceso barato a la financiación en dólares, parecería que la crisis se ha estabilizado.

Ya no existe el temor de que un evento de liquidez paralice a uno de los principales bancos de Francia, que depende mucho del dinero barato proveniente del sector privado para realizar sus lucrativas y arriesgadas operaciones de trading.

Los bancos de España e Italia, que compran en grandes cantidades sus respectivas deudas soberanas, ahora tienen suficiente efectivo a mano para participar en subastas de bonos, reduciendo con ello los rendimientos a niveles previos a la crisis.

Pero a pesar de todo ese progreso, la eurozona sigue en problemas. Las acciones del BCE, si bien útiles y muy necesarias, sólo representan una solución temporal para una crisis que parece no tener fin.

Aunque los defensores del mercado de bonos han aplacado sus ataques contra las grandes economías europeas, todavía se mantienen tras bambalinas, empujando al alza los rendimientos de los bonos de los miembros periféricos de la zona euro.

El problema de Portugal

La semana pasada, los seguros contra impago de deuda (credit default swaps o CDS) que cubren el riesgo de impago de los bonos portugueses, se encarecieron a niveles récord.

Esas noticias, aunadas a los sombríos datos económicos, dispararon los rendimientos de los bonos portugueses a 10 años a un pico histórico de casi 18%. Ahora se especula que Portugal necesitará, como Grecia, un segundo rescate para poder hacer frente a los próximos pagos de intereses.

Tal parece que el BCE no podía justificar prestarle suficiente dinero al sector bancario luso para mantener el país a flote. España e Italia podrían encarar un escenario similar, y retrocederíamos a donde empezamos.

No hay solución fácil para ponerle fin a esta crisis que se encamina a su tercer año.

Las acciones del BCE fueron necesarias para contener la crisis, pero no bastan para terminar con ella. Los miembros de la zona euro deben ahora trabajar para restaurar la confianza en su divisa común.

El llamado a formar una unión fiscal entre los estados miembros parece el primer paso lógico para reforzar la reputación del deteriorado euro, pero a fin de formar una sólida unión fiscal (una que infunda verdadera confianza en la moneda), los miembros del bloque deben estar dispuestos a ceder algo del control de sus presupuestos nacionales a una autoridad europea central.

La crisis de deuda soberana europea ha evidenciado la dificultad, si no es que la imposibilidad, de tener una unión monetaria sin contar con una unión fiscal.

Los fundadores del euro eligieron establecer reglas para restringir el gasto derrochador de los miembros en lugar de centralizar la política fiscal, porque era políticamente más conveniente hacer lo primero. Esas reglas demostraron ser totalmente ineficaces para controlar la conducta de los miembros.

La principal regla fiscal que estipulaba que ningún país debería incurrir en déficits presupuestarios equivalentes a más del 3% de su PIB fue rota por casi todas las naciones miembros en algún momento de la década pasada, incluida Alemania. 

¿Y Grecia?

La semana pasada se filtró un documento donde el Gobierno alemán proponía la formación de una comisión de la Unión Europea que supervisara las decisiones fiscales de Grecia como una condición para recibir el segundo tramo de rescate de 130,000 millones de euros.

La comisión, en esencia, asumiría el control de la política fiscal helena para asegurarse de que el país se mantuviera dentro de los acuerdos presupuestales prescritos por la eurozona. Fue la primera prueba de una unión fiscal verdadera.

Los griegos se enfurecieron. El ministro griego de educación dijo que el documento era "enfermizo", mientras que otro alto funcionario declaró que era un ataque inaceptable a la soberanía del país.

Pero lo que el documento alemán implica es el comienzo de una unión fiscal real. Grecia se sintió ofendida porque se la señalaba específicamente.

Para que el pacto fiscal funcione, todos los miembros deben estar dispuestos a someter sus presupuestos a una autoridad central con el poder para decir "no, no puedes costearlo." Esta pérdida de soberanía es previsible una vez que un Gobierno someta su política monetaria al juicio de una autoridad central.

Por ahora, los europeos se han movido colectivamente de un pacto fiscal paneuropeo a una auténtica unión. Este pacto obligaría a los gobiernos a pagar sanciones a la Unión Europea cuando sobrepasen ciertos límites de deuda. La Corte Europea de Justicia será la responsable de supervisar el cumplimiento.

El pacto no parece lo suficientemente fuerte para estabilizar la crisis del euro.

Para empezar, la legalidad del pacto es cuestionada toda vez que exige que sean instituciones existentes de la Unión Europea las que sancionen a los miembros, algo que la mayoría de los expertos cree que requerirá de una modificación en el tratado de todos los 27 miembros del bloque, no sólo de los 17 miembros de la zona de la moneda única. 

Sería mejor, pues, que los miembros de la eurozona se reunieran para crear una nueva institución que obligue a una verdadera unión fiscal.

Tampoco servirá un pacto fiscal que establezca un techo al gasto según un número arbitrario. Las decisiones en materia de impuestos y gastos deben ser compaginadas para asegurar una adecuada redistribución de los recursos. Eso garantizará que toda la economía de la eurozona se mueva en conjunto como una unidad cohesiva. Y esto, a su vez, permitirá que el BCE, la institución monetaria central de la zona, establezca tasas de interés que favorezcan a todos los miembros.

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Por ahora, los líderes europeos parecen no tener la voluntad política para emprender una medida tan audaz. Renunciar al control presupuestario será una cesión de poder para los estados miembros, algo que quizás sea demasiado pedir en esta etapa tan temprana de la historia del euro.

Tal vez pasarán décadas antes de que Europa esté lista para realizar ese salto hacia su integración, pero sin una pronta y verdadera unión fiscal, el euro quizás no sobreviva al tiempo que les tome a los políticos ponerse de acuerdo.

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