Rajoy, sordo a la emergencia española

El presidente del Gobierno español parece ajeno a los costos de deuda y a la crisis bancaria; el mandatario ha perdido apoyo por las medidas de austeridad y su negativa a comparecer en público.
mariano rajoy  (Foto: CNN)
David Gardner
Financial Times -

Hace dos años, alrededor de esta época, en Dublín, era difícil escapar a la conversación de ‘extensiones' y ‘rendimientos' de bonos, a medida que los crecientes costos de endeudamiento de Irlanda entraban en la dimensión desconocida tras la cual aguardaba un paquete de rescate del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea (UE) en aquel otoño.

Así se encuentra ahora un peligroso y febril Madrid, donde casi todos están enfocados en la prima de riesgo de los bonos gubernamentales españoles por sobre los bonos alemanes. España parece estar en una posición similar a la de Irlanda, tambaleándose en camino hacia algún tipo de rescate por parte de la UE el próximo otoño.

La medida en que el Gobierno de Mariano Rajoy -o cualquier Gobierno español en estas circunstancias- puede considerarse dueño de su propio destino es limitada. A medida que los costos de endeudamiento de España llegan a máximos en la era del euro, los mercados no sólo están haciendo apuestas sobre España (o Italia), sino sobre la supervivencia del euro.

Este Gobierno, que ha estado en el poder desde hace un poco más de siete meses, ya proyecta la imagen de ser un Gobierno que se acerca al final de su mandato.

Desde que ganó la mayoría absoluta el año pasado, Rajoy, del Partido Popular (PP), ha liberalizado las rígidas leyes de contratación y despido; ha iniciado (aunque tardíamente) la limpieza de las cajas de ahorros regionales afectadas por la sobreexposición a la crisis de la burbuja inmobiliaria; ha reducido el gasto público y ha elevado los impuestos.

Aunque todo esto ha sido alabado en Bruselas y Berlín, está claro que no es percibido como un programa viable de recuperación entre un espectro sorprendentemente amplio de españoles. Entre las clases medias de Madrid, Barcelona y Bilbao, existe una sensación generalizada de un Gobierno que está perdiendo el control. A pesar de que mucho del futuro de España depende de sus socios de la eurozona, resulta una situación extraña para un Gobierno de mayoría recién elegido.

Un angustiado miembro del Partido Popular dice de Rajoy: "Es el hombre equivocado, en el lugar equivocado en el momento equivocado".

Ha habido errores de política y errores de juicio. El manejo del ahora nacionalizado Bankia, una fusión fallida de cajas de ahorro cargadas de préstamos hipotecarios tóxicos, ha sido desastroso. El consiguiente paquete de 100,000 millones de euros de la UE que España necesitó para recapitalizar a sus golpeadas cajas de ahorro fue vendido después al público en forma de préstamos blandos o flexibles que Rajoy hábilmente negoció para romper el bloqueo en los mercados, en lugar de en un esquema de rescate estrictamente condicional, aunque parcial.

De hecho, una característica cada vez más alarmante del Gobierno de Rajoy es su incapacidad para comprender que el mundo está escuchando lo que dice, así como viendo lo que hace. "A veces, uno tiene la impresión de que Rajoy habla en público como si estuviera frente a una parroquia donde el Internet aún no ha llegado", escribió Jesús Ceberio, ex editor del diario El País, la semana pasada.

Además de la prima de riesgo, el Gobierno ha comenzado a autoinfligirse primas adicionales gratuitas.

Cristóbal Montoro, ministro de Finanzas, dijo el mes pasado que el Gobierno no sería capaz de cubrir el gasto salarial del sector público, en la víspera de lo que llegaría ser una emisión de bonos muy costosa. José Manuel García-Margallo, ministro de Relaciones Exteriores, posteriormente calificó al Banco Central Europeo, una institución que separa a España del abismo, como "un banco clandestino". Para terminar, Valencia, un endeble Gobierno regional regido por el PP, provocó mayor pánico entre los inversionistas al anunciar que estaba en bancarrota, mientras los mercados todavía estaban abiertos.

El propio Rajoy raramente habla en el Parlamento, en público o ante la prensa. Cuando lo hace, es entonces una noticia importante, independientemente de lo que diga en realidad. Algunas de las coberturas de su discurso en una conferencia de prensa realizada la semana pasada junto a Mario Monti, el primer ministro italiano, suenan a críticas teatrales.

Cuando el Gobierno introdujo por decreto un paquete de austeridad por 65,000 millones de euros el mes pasado, Rajoy estuvo ausente en el Parlamento. Cuando anunció las medidas antes, cada recorte fue aplaudido con entusiasmo por los miembros del Parlamento del PP, uno de los cuales saludó los recortes a los beneficios para las legiones de desempleados españoles diciendo: "Que se jodan".

Aunque pocos cuestionan la legitimidad democrática de un Gobierno con una mayoría en el Parlamento, muchos ponen en duda su sensibilidad democrática - y no sorprendió a nadie, excepto tal vez al PP, que en cuestión de horas este epíteto despectivo se convirtiera en un lema de las consignas de los manifestantes en contra de los recortes en todo el país.

El estilo de Gobierno de Rajoy es otro problema. A pesar de su mayoría absoluta en el Parlamento, él prefiere gobernar por decreto. Curiosamente, para alguien que favorece el control centralizado y hermético, tiene tres voces rivales en el sector económico: Montoro en el Tesoro, el ex banquero de Lehman Luis de Guindos en el Ministerio de Economía, y Álvaro Nadal, su asesor de lengua alemana.

Sin embargo, es su incapacidad para incluso tratar de unir al país -atrapado en una espiral descendente de deuda y deflación- lo que es realmente perjudicial. El viernes pasado, Rajoy hizo su primera aparición desde que asumió el poder, en la conferencia de prensa semanal del Gobierno, pero se abstuvo de dirigirse a la nación.

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Parece sordo a los crecientes llamados de un pacto nacional para enfrentar la emergencia económica, análogo a los Pactos de la Moncloa de 1977 que ayudaron a dirigir a España hacia la vía de la democracia, pero que incluya a sindicatos y empleadores, así como a todas las partes interesadas, incluidos a los nacionalistas vascos y catalanes.

También por primera vez el viernes, Rajoy contempló abiertamente la posibilidad de un rescate completo por parte de la UE. Si eso es lo que está sobre la mesa, entonces es hora de un pacto nacional multipartidista, que el Gobierno no debe tratar como un signo de debilidad, sino como un lastre necesario para estabilizar a España en medio de la tormenta.

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