La reforma que todos apoyan en EU

Disminuir el impuesto de sociedades sería una medida beneficiosa que goza del apoyo bipartidista; el sector empresarial también apoyaría el intercambio de exenciones fiscales por tasas más bajas.
rep y dem  (Foto: Cortesía Fortune)
Nina Easton
NUEVA YORK -

La economía se tambalea y amenaza con estancarse,  de nuevo. El crecimiento se desacelera; el desempleo sube de vuelta al 8.3%. El Congreso descaradamente convoca a un receso de cinco semanas, mientras que el presidente acampa bajo el aplauso reconfortante de la campaña electoral.

Lo absurdo de la inacción de Washington cobra mayor relieve cuando te das cuenta de que realmente hay algo que los legisladores podrían hacer para estimular el crecimiento económico, impulsar la competitividad internacional de Estados Unidos, y mejorar los niveles de vida. Algo que (créanlo o no) cuenta con el apoyo de los dos partidos políticos, incluso en estos tiempos de división extrema.

Pero la reforma del impuesto a sociedades -que disminuiría dramáticamente la tasa mientras cerraría las lagunas- requeriría una santa alianza de dirigentes partidarios valientes dispuestos a oponerse a la gigantesca fuerza de los cabilderos de Washington, y líderes empresariales estratégicos dispuestos a resistirse a los intereses corporativos a corto plazo. Ambos son escasos, pero están lejos de estar desaparecidos. De hecho, las bases para una reforma postelectoral ya están siendo sentadas. (Para más información sobre la reforma fiscal ve el paquete electoral de Fortune).

Al 35%, la tasa de impuesto a sociedades en Estados Unidos es una de las más altas en el mundo y está fuera de sintonía competitiva con otros países, como Canadá, que están reduciendo la suya. Pero la idea detrás de la reforma no es reducir la presión fiscal general en las empresas estadounidenses. La evasión fiscal es una habilidad tan valorada en la administración que más de la mitad de las empresas estadounidenses ya no pagan impuestos significativos de todos modos, de acuerdo con la Oficina de Contabilidad General (GAO, por sus siglas en inglés).

Más bien, la reforma atraerá inversiones de capital (gravables) hacia Estados Unidos, y con ello, empleos y mejores salarios. En la última década, 46 sedes corporativas han abandonado Estados Unidos, y billones de dólares en ganancias permanecen en el extranjero. Como el profesor de Finanzas, Mihir A. Desai escribe en el Harvard Business Review de este verano, "los altos impuestos corporativos desvían el capital hacia fuera del sector empresarial estadounidense y los dirigen hacia usos no corporativos y hacia otros países. Por lo tanto, limitan las inversiones que podrían elevar la productividad de los trabajadores estadounidenses y que aumentarían los salarios reales. Ésta es la lógica cruel de un impuesto de sociedades en una economía global: La carga más pesada recae sobre los trabajadores".

Varios estudios han encontrado que reducir la tasa del impuesto a sociedades a, por ejemplo, 25%, añadiría uno o dos puntos al crecimiento del PIB estadounidense. Y ésta es una rara reducción de impuestos (a diferencia de las tasas individuales) que hasta el presidente Barack Obama dice apoyar, junto con el activista fiscal republicano Grover Norquist y algunos de los grandes nombres del sector corporativo estadounidense. Obama ha dicho públicamente que apoya una menor tasa combinada con la desaparición de las "injustas" exenciones fiscales. El Gobierno no muestra signos de liderar el ataque, pero su retórica sugiere que la Casa Blanca tampoco se interpondría en el camino.

Norquist es clave porque su compromiso fiscal -una promesa firmada de no elevar los impuestos- podría  hacer que fuera políticamente insostenible para los legisladores republicanos eliminar las exenciones de impuestos a sociedades, incluso a medida que bajan la tasa general. Pero Norquist dijo a Fortune que está listo para jugar esa carta: "Una reforma fiscal neutra hacia los ingresos, como (la que fue aprobada) en 1986, está muy bien, es perfectamente coherente con el Compromiso de Protección al Contribuyente".

Por último, existe una coalición de empresas con grandes fuerzas laborales en Estados Unidos, llamada RATE, que está comprometida con la reforma. El grupo -formado por empresas como Boeing, FedEx, AT&T y Ford- ha estado tratando de convencer discretamente a los legisladores de que sus miembros sacrificarán sus exenciones fiscales por una tasa más baja. "Los funcionarios electos deben escuchar a nuestros vicepresidentes de impuestos decir: 'Pondremos los gastos sobre la mesa'", dice la veterana estratega demócrata Elaine Kamarck, quien copreside el grupo bipartidista. "Eso es lo que hace que todo se desencadene".

Sí, esta batalla podría ser un baño de sangre si los fabricantes y las preocupaciones energéticas salen en defensa de las valiosas exenciones fiscales, o si, según el plan de Desai, las entidades no empresariales como las sociedades limitadas se oponen a un nuevo impuesto.

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Pero es una batalla que vale la pena luchar. Las reformas de 1986, que se produjeron después de una feroz pelea legislativa, han sido reconocidas por fomentar una década de crecimiento. Políticamente, también, vale la pena señalar que el mayor perdedor en cualquier reforma fiscal sería el arraigado grupo de cabildeo de Washington. Y eso es algo tan impopular que el Congreso puede estar seguro de que lo resentirá ante los votantes.

Este artículo es de la edición del 3 de septiembre de 2012 de la revista Fortune.

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