Bancos Centrales, opacidad en reservas

Muchas de las entidades elevan su existencia de moneda extranjera con poca rendición de cuentas; inversores y analistas temen que esta tendencia pueda desestabilizar a los mercados en el futuro.
opacidad  (Foto: Getty)
Alice Ross y Claire Jones
Financial Times -

Los comerciantes de la divisa japonesa se volvieron extraordinariamente aficionados al aire nocturno de Tokio el año pasado. Mucho después de que sus colegas se habían ido a casa, estos operadores salían de las grandes casas de inversión que dominan el horizonte del distrito financiero de Marunouchi y caminaban una o dos cuadras hacia al norte.

Una vez que llegaban al edificio estilo Bellas Artes del Banco de Japón, contaban los taxis estacionados afuera. Una gran cantidad de autos significaba que los funcionarios trabajarían hasta tarde. Esto, especulaban los operadores, significaba que estaban planeando una intervención en el mercado de divisas.

Para ayudar a los exportadores de Japón, el Banco Central ha adquirido gran cantidad de moneda extranjera en los últimos años para reducir el valor del yen frente al dólar. Aunque estas intervenciones no se conocen de antemano, el Banco de Japón declara sus compras de divisas poco después de realizarlas.

Sin embargo, lo que sucede después con el dinero se mantiene en secreto. Poco se sabe acerca de lo que compran los administradores de reservas del Banco de Japón, y sus homólogos de los Bancos Centrales de todo el mundo.

Tratar de desentrañar lo que los sigilosos Bancos Centrales hacen con sus enormes reservas de divisas -Japón, el titular de la segunda mayor reserva, tenía 1.28 billones de dólares a finales del año pasado- ha sido un dolor de cabeza para operadores e inversores.

Pero la influencia de los Bancos Centrales ha crecido ahora hasta niveles críticos. Las guerras de divisas y la flexibilización monetaria global han llenado las bóvedas de los Bancos Centrales del mundo con cantidades récord de reservas. Desde 2006, éstas se han duplicado, convirtiendo a los Bancos Centrales en participantes cruciales en los mercados. Sin embargo, existe poca rendición de cuentas o transparencia acerca de sus existencias.

Con el aumento en los temores de guerras de divisas y una flexibilización monetaria que parece interminable, las reservas podrían aumentar aún más.

El Forex, que realiza operaciones por valor de 4 billones de dólares al día, es el mayor mercado de divisas en el mundo, pero las actividades encubiertas de los administradores de reservas de los Bancos Centrales tienen el peso para moverlo.

"Ellos representan muchas distorsiones al mercado", dice un inversor de fondos de cobertura que pidió no ser identificado. "Como inversionista puedo averiguar lo que Pimco está haciendo en los mercados de bonos. Pero se nos hace sentir que no podemos preguntar lo que los Bancos Centrales están haciendo y hay algo incómodo acerca de eso. Me temo que esto puede conducir a una mayor volatilidad en la economía mundial en los próximos años".

Muchos reconocen el efecto inmediato que las intervenciones monetarias tienen en los mercados financieros. El grupo de países G20 dijo en febrero que "la excesiva volatilidad" de los flujos financieros y los movimientos desordenados en los tipos de cambio tienen "implicaciones adversas para la estabilidad económica y financiera". Sin embargo, hay mucho menos énfasis en el impacto a largo plazo del aumento de las reservas de divisas.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que los Bancos Centrales mantuvieron 10.8 billones de dólares en activos a fines de septiembre, más de cuatro veces los fondos de cobertura globales. China por sí sola tiene 3.32 billones de dólares, la mayor reserva de cualquier Banco Central. Después de Japón, siguen Arabia Saudita y Rusia. En quinto lugar está el Banco Nacional de Suiza, que ha acumulado reservas por valor de 468,000 millones de dólares, sobre todo en el último año, a medida que ha tratado de limitar las ganancias del franco suizo frente al euro, después de que su moneda se convirtiera en un refugio para los inversores que huyen de la crisis de la eurozona. Con la amenaza de guerras de divisas más inminentes, otros Bancos Centrales podrían seguir el ejemplo del Banco Central suizo.

Las riquezas recién descubiertas de los Bancos Centrales los están impulsando hacia una diversificación arriesgada en monedas más inusuales. Algo desconocido para muchos es que con frecuencia utilizan a terceros, como BlackRock y otras empresas del sector privado, para administrar sus activos y realizar transacciones. El año pasado, el Banco Nacional de Suiza superó en astucia a los mercados al comprar euros a través de un servicio de corretaje de Rabobank.

"Seguridad, liquidez, rendimiento" ha sido durante mucho tiempo el mantra tradicional de los administradores de reservas de los Bancos Centrales", dice Terrence Keeley, jefe global del Official Institutions Group de BlackRock. "Pero hoy en día eso es un oxímoron. Ni siquiera los activos más seguros son tan seguros".

Los administradores de reservas tradicionalmente han mantenido activos de bajo rendimiento que se pueden vender fácilmente si un Banco Central súbitamente tiene que contrarrestar movimientos en la moneda que puedan mellar el comercio de exportaciones, obstaculizar la inversión interna y encender crisis bancarias.

Tanto los bonos del Tesoro estadounidense como la deuda pública de la eurozona permiten el fácil acceso a dólares y euros, y son las dos monedas de reserva más populares. Sin embargo, su encanto se está desvaneciendo. Aunque la Reserva Federal (Fed) todavía tiene existencias de 3.25 billones de dólares en bonos del Tesoro a nombre de Bancos Centrales extranjeros, la cifra representa una proporción cada vez menor en las carteras de esos bancos. En 2000, el dólar representaba el 71% de las reservas. En la actualidad, sólo representa el 62%. El brillo del euro comprensiblemente se ha desvanecido; la proporción de las reservas en esa moneda se ha reducido de 28% en 2009 al 24% actual.

Con las tasas de interés en o cerca de cero, los administradores de reservas han estado resintiendo las dificultades. Los banqueros centrales nunca han estado motivados principalmente por las tasas de rendimiento. Sin embargo, hay costos asociados con el mantenimiento de una existencia de grandes reservas, y los rendimientos de apenas 0.14% anual sobre los bonos del Tesoro de Estados Unidos no los cubren.

Los problemas de las economías avanzadas han presionado a los administradores de reservas a buscar activos de mayor rendimiento, a menudo denominados en monedas más exóticas. Eso significa que las reservas frescas -obtenidas a través de intervenciones o comercio- son cada vez más propensas a ser diversificadas fuera de los dólares y euros.

John Normand, jefe de estrategia de divisas de JPMorgan, estima que el 50% de los Bancos Centrales tienen ahora exposición a divisas emergentes, frente al 25% de hace dos años. "La crisis de la eurozona ha hecho a los Bancos Centrales más sensibles a la calidad de lo que compran", dice. "Este año es cuando la historia de las reservas podría empezar a ponerse más interesante; incluso si la crisis de la eurozona ha disminuido, todavía podríamos ver más flujos en divisas alternativas".

Suiza es un ejemplo de ello. El verano pasado, el Banco Nacional de Suiza fue un impulsor clave del mercado mundial de divisas. Se supo que compraba decenas de miles de millones de euros cada mes, con la esperanza de mantener al franco débil para proteger a sus exportadores de frente a los flujos procedentes de inversores extranjeros asustados en el punto más álgido de la crisis de la eurozona en mayo. Pero el banco suizo, temeroso de quedarse con enormes cantidades de euros, decidió cambiarlos.

Entre los inversores de divisas, abundaban los rumores de que el Banco Nacional de Suiza estaba comprando coronas suecas y dólares australianos. Las monedas se volvieron divisas ampliamente buscadas por otros inversores que buscaban seguir o incluso superar al banco central. Los banqueros dijeron que hubo días en los que el Banco Nacional de Suiza fue el mayor comprador de deuda de Australia. Las cifras publicadas por este Banco Central a finales del año confirmaron los rumores: la proporción de "otras" monedas en su balance general -el dólar australiano, la corona sueca, la corona danesa, el dólar de Singapur y el won coreano- se elevó.

Este nivel de transparencia por parte de un Banco Central es raro. Muchas autoridades monetarias de Asia y Medio Oriente se niegan a declarar la composición monetaria de las reservas incluso ante el FMI, que recopila datos sobre las existencias. Y son los administradores de reservas en estas regiones los que han visto expandirse al máximo sus carteras en los últimos años.

No obstante, las pistas para entender el comportamiento de estos Bancos Centrales podrían hasta cierto punto ser extraídas de las revelaciones del Banco Nacional de Suiza  y otros, como el Banco de Israel, que son menos opacos. Al igual que cualquier otro inversor, los Bancos Centrales pueden sucumbir al comportamiento gregario. La evidencia anecdótica y empírica indica que el apetito de Suiza para la diversificación de la moneda es igualado en otros lugares. De entre aquellos que sí declaran la composición monetaria de sus reservas ante el FMI, la proporción de activos invertidos en monedas distintas al dólar, yen, euro o libra subió desde menos del 2% en 2006 hasta casi 6% el año pasado.

Con sus tasas de interés relativamente altas y su preciada calificación de deuda soberana triple A, el interés en los últimos dos años se ha enfocado principalmente en el dólar canadiense y en el dólar australiano, tanto es así que el FMI está considerando cambiar a ambos de la categoría "otros" y enumerarlos como monedas de reserva por derecho propio. Los analistas apuntan al aumento de la participación extranjera en la deuda de estas naciones como evidencia de que los Bancos Centrales están comprando a la fuerza. La porción de deuda pública canadiense en manos extranjeras aumentó del 12% en 2007 al 28% actual, según Nomura, mientras que el banco calcula que la deuda del gobierno australiano en propiedad extranjera subió del 58% al 72%.

Muchos Bancos Centrales comercian en el mercado de divisas y otros mercados por sí mismos. Pero los operadores dicen que esos bancos recurren cada vez más a terceros para cubrir sus huellas, como demuestra el uso de Rabobank por parte de Suiza. Otros bancos están buscando usar sistemas automatizados, o algoritmos, en compras paulatinas a través del mercado.

Debido al tamaño de las carteras de los Bancos Centrales, otros inversores están preocupados por lo que ven como un secretismo bancario. "Los Bancos Centrales se están convirtiendo en los jugadores y en los árbitros", dice un inversor. "Ellos no tienen que informar a los reguladores y cuando hay una crisis, la pueden controlar. Pero también distorsionan los mercados. Tienen demasiadas reservas 'oficiales'.

Un reporte escrito el año pasado por Standard & Poor's, la agencia de calificación, sostuvo que las fuertes compras de euros del Banco Nacional de Suiza habían desempeñado un papel importante en la reducción del diferencial entre los rendimientos de los bonos de gobiernos periféricos y centrales de Europa, que los inversores globales utilizan como un barómetro de la crisis de la eurozona. El Banco Nacional de Suiza dijo que la agencia de calificación había sobrestimado el tamaño de su presencia en el mercado. Algunos Bancos Centrales han tenido mucho interés en demostrar su conocimiento de los peligros al vadear hacia nuevos y más pequeños mercados de bonos y divisas; el Banco Nacional de Suiza dijo recientemente que estaba en constante discusión con otros Bancos Centrales sobre cómo diversificar sus reservas sin causar distorsiones de precios. Sin embargo, otros no hacen estas visitas de cortesía. Y algunos se han fastidiado de lo que ellos sienten como alarmismo por parte de otros inversionistas.

Esos activos manejados por los Bancos Centrales restan importancia a los temores de que la rápida acumulación de reservas de los bancos pueda ser una fuerza desestabilizadora. David Smart de Franklin Templeton dice que es poco probable que los inversionistas consigan más transparencia. Él cree que la "capacidad de los mercados de resistir a los cambios en el comportamiento de los administradores de reservas en los últimos años sugiere que hay poco motivo de preocupación.

"La diversificación ha estado ocurriendo desde hace un par de años y no hemos tenido ningún problema grande", dice. "Los Bancos Centrales no tienen una ventaja respecto a otros inversores. Son muy conscientes de lo mucho que pueden hacer en estos mercados sin distorsionarlos".

De vuelta en Tokio, los operadores de yenes ya no tienen que contar los taxis. Los inversores han liberado al Banco de Japón de su necesidad de intervenir. Vender yenes ha sido una de las operaciones más populares de este año entre los fondos de cobertura en medio de expectativas de que un nuevo gobernador del Banco de Japón tome medidas poco ortodoxas para combatir la deflación. Sin embargo, a diferencia de Suiza, Japón no ha concretado anteriores sugerencias de que podría comprar moneda extranjera. La medida, que contribuiría a incrementar las reservas, es vista por otros Bancos Centrales como potencialmente desestabilizadora para los mercados globales. Por el momento, Japón mantiene sus precauciones.

El anuncio sorpresa que elevó el precio del oro

Poco después de las 8 de la noche del 26 de septiembre de 1999, Wim Duisenberg, entonces presidente del Banco Central Europeo (BCE), hizo una aparición inesperada en el salón de prensa FMI e hizo un anuncio impactante sobre el oro.

Tras bambalinas, en la ronda de reuniones anuales del FMI, 15 Bancos Centrales habían firmado un compromiso de cinco años para vender no más de 400 toneladas de oro al año entre todos.

Los Bancos Centrales habían asustado a los mercados antes. En la década de 1990 era el oro -no el mercado de divisas- lo que los operadores más temían respecto a las acciones de los guardianes monetarios del mundo.

A medida que crecía la confianza de que el problema de la inflación se había resuelto, los Bancos Centrales comenzaron a cuestionar la sensatez de mantener oro, considerado durante mucho tiempo como una cobertura contra las presiones de precios.

Cada vez más visto como un activo engorroso que era caro de almacenar y que no rendía un retorno fijo, los Bancos Centrales, que en ese momento eran dueños de una cuarta parte del oro sobre el suelo, empezaron a vender, utilizando parte de los ingresos para invertir en deuda pública.

La Fed, el mayor tenedor mundial de oro, siempre fue poco propensa a desprenderse de sus lingotes. Pero otros países en toda Europa no tardaron en seguir el ejemplo establecido por el Banco Nacional de Bélgica en 1992. A finales de 1990, el Banco de Inglaterra y el Banco Nacional de Suiza, entonces propietarios de grandes cantidades de oro, anunciaron ventas planificadas. El precio del oro se desplomó.

Las declaraciones de los Bancos Centrales, incluido el Banco de Francia, uno de los mayores tenedores de oro, no lograron recortar las pérdidas.

Preocupado, el Consejo Mundial del Oro, un organismo de comercio financiado por los productores, ha intensificado sus esfuerzos para recordar a los banqueros centrales los motivos para mantener oro, sobre todo como un almacén del valor a largo plazo.

Luego, en reuniones al margen del Banco de Pagos Internacionales en Basilea, los Bancos Centrales que se mantuvieron fieles al oro expresaron sus temores de que el comportamiento de sus pares desestabilizara al mercado. Aquellos que pretendían vender consideraban que la acción era necesaria para estabilizar el precio. En los días posteriores al anuncio de Duisenberg, el precio del oro se disparó.

Más de una década después, los Bancos Centrales siguen ligados a compromisos sobre las ventas de oro. En los últimos años, las autoridades monetarias se han convertido en compradores netos de oro.

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