Gasto en EU, condicionado por la deuda

Los republicanos buscan recortes en el Obamacare a cambio de aumentar el techo de endeudamiento; esta forma de presión nació en 1953, cuando el riesgo de que EU cayera en ‘default’ era mucho menor.
dolar estados unidos eu deuda FMI  (Foto: Photos to Go)
Por Joseph J. Thorndike
Charlottesville (CNNMoney) -

¿Pueden justificarse las amenazas de bloquear el aumento del techo estatutario de la deuda como una herramienta para forzar a los políticos a tomar decisiones difíciles pero necesarias? ¿Puede justificarse ese quid pro quo?

Los republicanos parecen pensar que sí. Los líderes republicanos dicen que primero quieren recortes al gasto a cambio de elevar el límite de deuda fijado en 16.699 billones de dólares, un aumento que el gobierno de Obama afirma tiene que hacerse antes de mediados del próximo mes. Y algunos republicanos también están pidiendo a cambio la cabeza del llamado Obamacare, la reforma sanitaria.

La idea de utilizar el techo de la deuda como palanca para ejercer presión no es nueva. De hecho, provocó la primera crisis sobre el límite de la deuda en EU.

En el verano de 1953, el presidente Dwight Eisenhower, un republicano, pidió un modesto aumento en el techo de la deuda, de 275,000 mdd a 290,000 mdd. Los legisladores que favorecían un presupuesto austero rechazaron la petición y condujeron al país al borde del default (o lo hicieron entrar en razón fiscal, según el punto de vista que tengamos sobre el tema).

A poco de asumir el cargo, Eisenhower comenzó a insistir en la necesidad de la autorización para contraer préstamos adicionales. Los conservadores no estaban convencidos. The Wall Street Journal incluso sugirió que una crisis del techo de la deuda podría ser útil: "El gobierno no tendría la capacidad de llevar a cabo todos sus planes de gasto", predijeron los editores. "Por lo que algunas cosas se tendrían que recortar un poco más".

Pero Eisenhower no creía que los recortes de gastos bastarían para mantener la deuda federal a raya por mucho tiempo. "A pesar de nuestros intensos esfuerzos conjuntos para reducir los gastos, es inevitable que la deuda pública pase por un incremento adicional".

La Cámara de Representantes tragó saliva y aceptó la solicitud de Eisenhower. Sin embargo, el Senado se opuso.

Harry F. Byrd, el senador demócrata de Virginia, encabezó el combate al aumento. Declaró que elevar el límite sería "una invitación al derroche". Mantener el techo estatutario vigente, además, favorecería a la necesitada economía. "Es posible que la administración se vea obligada a operar con un presupuesto muy prudente y conservador a fin de evitar un aumento en el límite de la deuda", predijo.

Pero la petición de Eisenhower recibió un apoyo considerable fuera del Capitolio, y sobre todo en las páginas editoriales de los periódicos. "A nadie le gusta contemplar una mayor carga de deuda", observó el Washington Post en un típico editorial periodístico. "Pero la deuda es la consecuencia y no la causa del gasto público".

En última instancia, sin embargo, los senadores no modificaron su postura, y la medida sucumbió. El diario Los Angeles Times lo calificó de "impresionante" derrota para el presidente.

Tras la votación, Byrd tuvo la cautela de explicar su razonamiento. "Mi principal objetivo era enfatizar la crisis fiscal que ahora nos enfrenta con un déficit en la mayor parte de los últimos 15 años y más déficit por venir a menos que reduzcamos los gastos", dijo. El debate sobre el límite de deuda, en otras palabras, fue una manera de obligar a actuar a los políticos reacios. Fue una palanca, una herramienta para ejercer presión (leverage).

Y fue bastante eficaz. Casi de inmediato, Eisenhower instruyó a su gabinete a reducir el gasto. "Es absolutamente esencial que comiencen de forma inmediata a tomar todas las medidas posibles para reducir progresivamente los gastos de sus ministerios durante el año fiscal 1954," les dijo.

El secretario del Tesoro, George Humphrey, trató de hacer lo mejor que pudo en esa situación, sugiriendo que el Gobierno podría arreglárselas financieramente mal que bien. Y Humphrey efectivamente se las arregló para evitar el desastre, disminuyendo más el gasto y adoptando otras medidas, como vender algunos de los lingotes de oro del país para pagar 500 mdd en deuda pendiente.

Cuando llegó el invierno, Humphrey emprendió una nueva campaña para elevar el techo de deuda. Pero los conservadores en materia fiscal se sintieron reivindicados y justificados por el éxito del Tesoro al lidiar con el límite existente de la deuda.

"La lección es clara", se regocijó un editorialista. "La manera de conseguir que bajen los gastos del gobierno es reducir los impuestos y negarle a la administración la facultad para aumentar la deuda. En una fecha cercana el Congreso bien podría considerar reducir el límite de la deuda".

Con todo, Humphrey continuó su campaña, y tomó la precaución de consultar con antelación a los senadores escépticos. Y en julio -un año después de la petición de Eisenhower- persuadió a los legisladores de aprobar un aumento temporal del techo por 6,000 mdd. Eso puso fin al debate sobre el límite de la deuda en ese entonces.

En retrospectiva, la crisis de 1953 parece reforzar los argumentos de los republicanos modernos que pretenden utilizar el techo como moneda de cambio. La negativa de Byrd de facilitarle las cosas al presidente Eisenhower sí logró una reducción adicional de costos.

Pero hace 60 años, "arreglárselas" o "ingeniárselas" era una estrategia fiscal factible, pues los déficits presupuestarios eran lo suficientemente pequeños como para ser manejables. En consecuencia, pocos participantes en el debate de 1953 creían que el incumplimiento o default era una posibilidad real. Byrd desde luego no lo creía, él era un conservador fiscal de la vieja escuela y se habría horrorizado ante la perspectiva del default nacional. Cierto, Byrd apostó que el Tesoro podría mantenerse bajo el techo de la deuda sin rebasarlo, pero se trataba de una apuesta bastante segura.

La situación actual es muy distinta.

El historiador Joseph J. Thorndike es un editor colaborador de Tax Analysts y columnista de la revista Tax Notes, donde primero apareció una versión de este artículo. Su libro Their Fair Share: Taxing the Rich in the Age of FDR (Urban Institute Press) fue publicado a principios de este año.

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