El duro camino de las sanciones a Rusia

EU deberá buscar las condiciones propicias para que su presión a Moscú sea efectiva: James Lindsay; aún con el apoyo total de Europa, podrían pasar años antes de que las sanciones tengan impacto.
obama  (Foto: Archivo)
James M. Lindsay

En una medida para castigar la toma de control hostil de Rusia en Crimea, la Casa Blanca anunció el jueves una segunda ronda de sanciones contra 20 bancos rusos y uno de San Petersburgo. Esto amplía la congelación de activos y la prohibición de visas que el presidente estadounidense Barack Obama ordenó el lunes contra 11 funcionarios de Rusia y Ucrania, medidas que algunos no tomaron muy en serio, especialmente el viceprimer ministro ruso, Dmitry Rogozin, uno de los funcionarios afectado. Él se burló de Obama en Twitter por dejar que “algún bromista” confeccionara sus sanciones.

Al menos públicamente, los funcionarios estadounidenses dicen que las sanciones tienen el propósito de obligar a Rusia a devolver Crimea a Ucrania. Sin embargo, en privado posiblemente saben que es poco probable que eso suceda; el presidente de Rusia, Vladimir Putin, invirtió demasiado en términos políticos en la anexión de Crimea para ser persuadido por un castigo económico.

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En cambio, las sanciones estadounidenses tratarán de lograr objetivos menos ambiciosos (pero más realistas): Por un lado, estas medidas podrían disuadir a Rusia de invadir más a Ucrania. Además, serían una señal de que la apropiación de territorios como Crimea conllevan un precio, por lo que podrían desalentar a capitales extranjeros de considerar actos similares de agresión siguiendo el ejemplo de Putin.

Todo esto depende de si Obama domina cuatro tareas fundamentales :

Conseguir el apoyo de toda Europa

Las sanciones tienen mayor repercusión cuando otras grandes economías se unen a ellas. Sin seguidores, el país afectado simplemente recurre a otro lado en busca de bienes e inversiones. Pero aún está por verse si Europa apoyara las duras sanciones. Aunque la región está unificada en denunciar la anexión de Crimea, los países están divididos sobre quién debe asumir los costos de castigar a Moscú. Francia y Gran Bretaña, por ejemplo, están discutiendo sobre si París debería renunciar a sus ventas de armas a Moscú y si Londres debe sacrificar los beneficios de servir a los oligarcas rusos.

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Superar éstas y otras divisiones dentro de la Unión Europea será un punto central para las conversaciones del presidente Obama en La Haya, Bruselas y Roma, la próxima semana. Después de todo, el apoyo probablemente no provendrá de las potencias emergentes como China, Brasil e India. A pesar de que previamente fueron firmes defensoras del respeto a las fronteras estatales, parece que ahora todas ellas buscan no participar en la disputa de Crimea.

Desviar las presiones en contra

Las sanciones funcionan mejor cuando el país afectado no puede devolver el golpe. Desgraciadamente, Rusia puede tomar represalias en contra de Estados Unidos y sus aliados; podría obstaculizar la presión para detener el programa nuclear de Irán, lo cual es posiblemente una de las principales prioridades de la política exterior de Washington. Moscú también podría dejar de permitir que los suministros destinados a las tropas de Estados Unidos en Afganistán pasen a través del territorio ruso, lo cual dejaría a Washington vulnerable a la presión de Pakistán, que controla la otra principal ruta de abastecimiento. Además, 12 países europeos dependen de Rusia para recibir más de la mitad de sus importaciones de gas natural; y desarrollar fuentes alternativas de suministro llevará tiempo.

Evitar los desencadenantes que puedan escalar el conflicto

El presidente Obama podría instituir el equivalente económico de la opción nuclear: cerrar el sistema financiero de Estados Unidos a cualquier empresa, estadounidense o de otro país, que haga negocios con empresas o personas rusas. Sin embargo, por el momento eso alejaría incluso a los aliados más cercanos de Washington.

Peor aún, podría desencadenar el mismo resultado que el Gobierno está tratando de evitar: un movimiento de Rusia hacia el este de Ucrania. Si Moscú se ve obligado a pagar el precio máximo de sus transgresiones, podría decidir buscar la ganancia máxima. Por esa razón, Washington probablemente incremente las sanciones poco a poco, siempre con la mirada puesta en los hechos sobre el territorio de Ucrania.

Dar tiempo a las sanciones

Las sanciones no causan dolor de la noche a la mañana. Un país sancionado, y especialmente uno con reservas financieras tan importantes como Rusia, puede evitar la coerción económica durante un tiempo. El Consejo de Seguridad de la ONU impuso sus primeras sanciones a Irán por su programa nuclear en 2006. Siete años pasaron antes de que Teherán comenzara a negociar en serio. Tomará meses o incluso años para que Moscú sienta las consecuencias de sus acciones. Un hecho que complica aún más las cosas es que Moscú probablemente está dispuesto a pagar un precio importante por corregir lo que insiste es un error histórico.

Así que incluso si Obama domina estas cuatro tareas, no dejará satisfechos a los críticos que buscan resultados rápidos en Crimea. Pero con el tiempo, las sanciones podrían exigir una cuota económica significativa en Rusia, como lo han hecho en Irán. Y una vez impuestas, Rusia descubrirá que se ha quedado estancada en ellas. Será políticamente difícil para Washington y para sus aliados retirarlas, incluso si así lo desean.

Algo peor para Rusia podrían ser los efectos colaterales de las sanciones. Las empresas extranjeras con aversión al riesgo e incertidumbre probablemente buscarán invertir en otros lugares, de igual forma los países europeos tomarán medidas para disminuir su dependencia hacia un vecino depredador.

Ninguno de estos acontecimientos sería una buena noticia para una economía rusa esclerótica que se apoya en gran medida en los caprichos de los precios de la energía. Así que, con el tiempo, el Sr. Rogozin, y su jefe, el Sr. Putin, podrían llegar a darse cuenta de que incluso un “bromista” puede infligir un dolor verdadero.

James M. Lindsay es vicepresidente senior y director de estudios en el Council on Foreign Relations.

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