Poderío chino aísla a economía de Taiwán

El país enfrenta protestas motivadas por las negociaciones comerciales con el Dragón Asiático; para Taiwán, su vecino es un motor de crecimiento, además de un enemigo que desconoce su soberanía.
taiwan  (Foto: Getty)
Ryan Bradley

La crisis de identidad que se viene gestando desde hace mucho tiempo en Taiwán ha alcanzado lo que podría ser mejor descrito como un punto de inflexión.

Las protestas iniciaron el 17 de marzo, después de que el Partido Nacionalista Chino (KMT) en el poder comenzó a revisar un acuerdo comercial a puertas cerradas. El problema no fue solamente que las negociaciones y las votaciones se llevaran a cabo fuera de la mirada pública, sino que el Tratado de Comercio de Servicios a través del Estrecho (CSSTA, por sus siglas en inglés) se refiere al socio comercial con el que Taiwán tiene más tensión: China.

En junio pasado, cuando el CSSTA comenzó apenas a cobrar impulso, surgieron preocupaciones en torno a la vulnerabilidad económica de Taiwán y a la actitud expansiva de Pekín, y los manifestantes iniciaron marchas. Éstas fueron pacíficas, y funcionaron. El KMT accedió a revisar públicamente el CSSTA y a consultar con académicos, organizaciones no gubernamentales y propietarios de pequeñas empresas; las mismas personas que marcharon.

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Los disturbios más recientes en Taipei son diferentes, más urgentes y súbitamente caóticos. Iniciaron con bastante calma, y se llamaron a sí mismos “la revolución del girasol” después de que un florista comenzó a repartir las flores de color amarillo brillante a los manifestantes. Primero hubo una ocupación pública, seguida de una ocupación más grande, seguida de un tumulto, en el cual los estudiantes treparon la valla del Yuan Legislativo (el Parlamento de Taiwán), rompieron una ventana, e hirieron a un oficial de policía.

Alrededor de 300 manifestantes ocuparon el edificio durante la noche, mientras las multitudes afuera se acumularon por miles. Alentados por los medios sociales (Taiwán tiene el mayor porcentaje de usuarios de Facebook en el mundo), las protestas alrededor de la legislatura aumentaron a un estimado de 12,000 personas, las mayores en la historia de esta isla de 23.3 millones de personas.

De flores a golpes

El domingo por la noche el enfrentamiento se desbordó en violencia. Algunos cuantos miles de manifestantes irrumpieron de nuevo y ocuparon el parlamento de Taiwán y, horas más tarde, cientos de policías antidisturbios irrumpieron en la propiedad, blandiendo bastones, y rociando con cañones de agua, y arrastraron a docenas de personas. Alrededor de las 2 de la mañana, la policía ordenó a todos los medios de comunicación identificados que salieran, y los escuadrones antidisturbios de nuevo irrumpieron en el edificio y retiraron al resto de los ocupantes.

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Al menos 100 personas resultaron heridas en la refriega. Para el lunes, la policía había alejado a los manifestantes del edificio. En una serie de mensajes escuetos desde la escena, J. Michael Cole de The Diplomat informó que las “imágenes de brutalidad policial contra manifestantes predominantemente en edad escolar probablemente exacerbarían el resentimiento público contra el Gobierno”. El Gobierno ya es objeto de mucho resentimiento -el presidente Ma Ying-jeou rutinariamente recibe índices de aprobación incluso peores que los del Congreso de Estados Unidos-.

El daño más duradero podría ser del otro lado del estrecho, donde las autoridades chinas sin duda están mirando este lío mientras sonríen con aire de suficiencia. (Un portavoz del KMT llamó a las protestas “no democráticas”, sin ser consciente de la ironía). La democracia es relativamente nueva en Taiwán —el primer partido de la oposición no apareció sino hasta 1986—, pero es vital para la identidad de la isla; es lo que los hace diferentes de su poderoso vecino, y es una de una docena de razones por las que Taiwán es tan cuidadoso respecto a China.

Esta es la situación imposible en la que Taiwán se encuentra, asfixiado económicamente, mientras que otros países de la región (Corea del Sur, en particular) se benefician de las relaciones comerciales favorables con un gigante económico cercano que no reconoce su soberanía.

Visita a Taiwán

Hace unas semanas, visité a Taipéi con un pequeño grupo de otros periodistas, todos formando una comunidad del East West Center. Nuestra primera reunión, poco después del aterrizaje, de hecho, fue con el presidente Ma, en el palacio presidencial (también conocido, de manera menos grandilocuente, como el “edificio de la oficina”).

Fue extraño, sobre todo porque la seguridad era inexistente y, después de la reunión, cuando pregunté dónde estaba el baño, se me señaló hacia un ala y se me dejó vagar por mi cuenta. Ma se sentó debajo de un retrato de Chiang Kai-shek mientras palomeaba sus temas de conversación, que en gran parte se referían a la mejora de las relaciones a través del Estrecho y al hecho de que, hace seis años, cuando asumió el cargo, los vuelos entre el continente y Taipéi eran indirectos y anormales. Ahora, no sólo existían, sino que eran frecuentes. Sobre todo, dijo que era “importante tener en cuenta la realidad y mantener el statu quo”. Statu quo fue una frase que utilizó a menudo.

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Y otros también. Durante el almuerzo, el director general del departamento de servicios internacionales de información (un título burocrático, sin duda alguna) me dijo que las relaciones entre China y Taiwán eran como su relación con su hermana. Al crecer juntos, peleaban todo el tiempo, pero ahora que eran mayores, tenían sus propias casas, sus propias familias, y se llevaban bien. Con tal de que no vivieran bajo el mismo techo. No serían capaces de hacer eso. No otra vez. El ministro de Cultura fue más contundente: “Ver al que solía ser tu enemigo del modo en que realmente es, no es una tarea fácil”.

Sin embargo, ver a China es lo que Taiwán debe hacer. Su economía está estancada, la tasa de natalidad es inferior al 1% (la más baja del mundo), y la respuesta a estas dos enormes problemas se encuentra del otro lado del estrecho, a través del comercio y la inmigración. Pero el miedo a la influencia de la parte continental, y a sus tendencias controladoras y autoritarias es poderoso.

Un hombre de negocios que conocí en una de las zonas de libre comercio de Taiwán cerca del aeropuerto era dolorosamente consciente de que Taiwán se aisló del mercado global debido a China. “La realidad es que somos un poder político falso”, dijo, y agregó que para llegar a realizar libre comercio con el continente, tales leyes “tendrían que hacerse en secreto, de otro modo los políticos no hacen nada”. Luego dio un paso atrás. Tal vez el mejor papel para Taiwán es servir como un intermediario entre China y Occidente. “El resultado final”, dijo, “es que no tenemos su sistema (de China). Tenemos derechos humanos”.

¿Libertad contra crecimiento?

Casi al final de mi viaje, me reuní con una profesora, una feminista, que empezaba a investigar las agresiones sexuales dentro del ejército de Taiwán. Después del almuerzo iba a ir al Museo Nacional del Palacio, que se destaca por tener la que es muy posiblemente la mayor colección de arte chino en el mundo, incluyendo a China continental. Le pregunté a la profesora, medio en broma, qué significaba que el museo más famoso de Taiwán estuviera lleno de arte del “otro lado” y qué era lo distintivo de la cultura taiwánesa, en todo caso. “Tenemos una democracia funcional, ellos no”, replicó.

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“¿Pero a qué precio?” Me pregunté en voz alta, aludiendo a la infelicidad general respecto al actual Gobierno y el malestar económico. Ella respondió que la pregunta era ridícula, proviniendo de un periodista estadounidense. ¿Estaría usted dispuesto a cambiar sus libertades, preguntó ella, a cambio de crecimiento económico? No, le dije. Por supuesto que no.

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