La ‘Revolución Paraguas’, ¿capaz de contener a China?

Las protestas de las últimas semanas en Hong Kong han dividido a amigos y familias, dice Sophia Yan; pese a lo que lograron los manifestantes, el poderío de China parece no tener freno.
hong kong  (Foto: Getty)
Sophia Yan
HONG KONG -

Quedé asombrada por las protestas que sacudieron a Hong Kong la semana pasada, en especial por la organización, la amabilidad y la ambición de los jóvenes manifestantes que piden a Pekín el derecho a elegir quién dirige su ciudad.
¿Qué fue tan impresionante? Tal vez todo comienza con la basura.
Después de días de protesta, los estudiantes todavía estaban limpiando ellos mismos. Los vi separar la basura en la madrugada: papel aquí, plástico allá.
“No puedo creer que les arrojaron gas lacrimógeno y gas pimienta, y luego recogieron la basura al día siguiente”, me susurró una mujer en el sitio.
Partidarios jóvenes repartían cintas amarillas, símbolo de solidaridad. Los estudiantes eran vistos haciendo su tarea en medio de la noche. Otros ofrecían galletas a los miembros de la misma fuerza policial que días antes había arrojado gases lacrimógenos contra la multitud.
Algunos encontraron un uso creativo para los paraguas, que se convirtió en un símbolo de las protestas después de que fueron utilizados para defenderse del gas pimienta. Los manifestantes los utilizaron como decoración o tiendas improvisadas. Resultaron muy útiles cuando llovía también.
Unos manifestantes rondaban en motocicletas para asegurarse de que todas las zonas de protesta estuvieran bien abastecidas con suministros donados. Las enfermeras se organizaron en Facebook, y dotaron de personal las carpas de primeros auxilios en los tres sitios principales de las protestas.
Los estudiantes se apresuraron a darme una mano, sosteniendo mi cámara y me sostuvieron al trepar sobre las barricadas de tráfico. Uno colocó una botella de agua y un parche de enfriamiento en mis manos. “Tome, hace demasiado calor aquí”, dijo. “Yo tengo más”.
Había letreros en todas partes: primero en chino, luego en inglés: “Amo mi hogar, protejo mi ciudad”, “La próxima generación te da las gracias” y “Mantenga la calma y abra su paraguas”. A medida que pasaban los días, perdí la cuenta de los idiomas: coreano, holandés, griego, incluso latín: “Hong Kong firmamentum in democratia”.
Los manifestantes coreaban consignas: “Hong Kong, agreguen aceite!” y “¡689, dimitan!”
(La primera es una traducción literal del chino, y es un estímulo para seguir adelante; como añadir aceite a una llama. El segundo es el número de votos emitidos a favor del presidente ejecutivo C.Y. Leung en 2012 de entre un comité electoral de 1200).
Mientras vagaba por entre la multitud, un par de hermanos, de tres y cuatro años de edad, me preguntaron por qué la policía hacía daño a las personas. No supe bien qué decir, así que en vez de ello, les tomé una foto. Ellos trataron de colocarme una cinta amarilla, incapaces de entender por qué, como periodista, tenía que permanecer imparcial y rechazar su regalo.
Otros me contaron sus sueños de sufragio universal, una red de seguridad social más fuerte, la oportunidad de poseer una casa, conseguir un empleo en el extranjero o iniciar un negocio propio.
“Este es un momento oscuro para Hong Kong”, me dijo un estudiante de preparatoria con tristeza. ¿Qué es lo que quieres hacer algún día, le pregunté? Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa: “¡Abrir una cafetería”.
Los manifestantes pidieron que contara sus historias. Hablé con el mayor número posible, desde niños de tres años de edad hasta personas de 63, garabateando sus palabras en un cuaderno.
Pero mientras escribía una historia tras otra, no pude evitar preguntarme: ¿Como será Hong Kong en algunas cuantas décadas? ¿Cuál será la vida de estos manifestantes?
Los símbolos del poder en China ocupan un lugar preponderante. El edificio del Ejército Popular de Liberación se eleva sobre el sitio principal de protesta. Noche tras noche, la brillante estrella roja del edificio proyecta un resplandor inquietante sobre el puerto de la ciudad.
Las protestas han dividido a amigos y familias. Incluso mi propio perfil Facebook se ha convertido en un campo de batalla de discusión política.
Un joven, de 18 años, me dijo que sus padres no están de acuerdo con los manifestantes y piensan que Hong Kong debe aceptar el plan de Pekín para investigar a los candidatos para la alta oficina de la ciudad. (Su padre lo dejó salir de la casa bajo la promesa de que respetaría su toque de queda).
A medida que los enfrentamientos estallaban y la presión sobre los manifestantes aumentaba, mis pensamientos volvieron hacia sus sueños. ¿Tendrán éxito o Hong Kong se inclinará ante el poderío de China?

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