Innovación: de la academia a la empresa

Universidades, empresas y gobierno en México viven como mundos aparte, lo que retrasa la innova el país invierte en investigación y desarrollo 0.6% del PIB, equivalente a lo que vendió CM en
Según Adrián Espinosa, de la Facultad de Ingeniería de la UN
Alejandro Ángeles y Regina Moctezuma

Un laboratorio que clona piel del prepucio de recién nacidos para tratar quemaduras; un intermediario de partes local para la industria aeronáutica global; un cepillo de dientes eléctrico mejorado aquí... tres ejemplos de que México puede ser sede de innovaciones a pesar de las decepcionantes cifras de inversión en investigación y desarrollo (I+D).

Por todo el país brotan historias similares a éstas, de las firmas nacionales IECOS y Bioskinco y la trasnacional Braun. Por el trabajo de investigadores en recintos como el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav), el Tec de Monterrey o la UNAM, muchas empresas conocen la veta innovadora de los mexicanos. 

Pero se trata de hechos aislados. Ni academia ni industria profundizan su relación. Se gustan, pero hay recelo. Por una serie de entrevistas y consulta a documentos, Expansión concluye que la mesa está puesta para impulsar un sistema de innovación real. Pero falta la casamentera que junte los esfuerzos de todos y los enfile en una dirección única.

“Es común escuchar que hay divorcio entre científicos, académicos e industriales”, dice Leonardo Ríos, director adjunto de Desarrollo Tecnológico y Negocios de Innovación del Conacyt. “No es complicado resolverlo, pero hay que establecer muchos mecanismos”.

Y no se casan por falta de... dinero. México invierte al año  0.6% del PIB en I+D: 45,000 millones de pesos (mdp), equivalente a lo que vendió Comercial Mexicana en 2006. La UNAM tiene un presupuesto general de 15,500 mdp para todas sus actividades, incluyendo las operaciones de la Biblioteca y la Hemeroteca nacionales, que deberían tener su propio ingreso. En EU, el Instituto de Tecnología de Massachusetts  (MIT) recibe poco más de la mitad sólo para I+D.

¿Y qué resulta? La UNAM registra 30 patentes cada año, en tanto que el MIT genera 450 invenciones, 100 licenciamientos de tecnología y da nacimiento a unas 25 empresas.

Lo grave sería si no se reconociera que hay potencial para más. Carlos Bazdresch Parada, maestro en economía del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), dice que el aparato de innovación del país no avanza al parejo del sistema científico. Ex director general del Conacyt, Bazdresch lanzó un diplomado que estudia por qué las empresas no innovan. Según él, el gasto en ciencia y tecnología no ha crecido los últimos 15 años, lo que ha impedido la creación de un sistema nacional de innovación sólido. Es decir, hay investigadores y científicos, pero las empresas y el gobierno no se unen al concierto.

Lo peor es que la planta investigadora del país envejece. Un estudio del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) revela que por cada 10 investigadores del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) sólo se produce uno nuevo al año. “Los científicos se hacen viejos, a pesar de tener nivel, no inventan, no generan patentes productivas y no llevan innovaciones al mercado”, advierte Bazdresch.

La ‘innovación productiva’ (procesos nuevos registrados por empresas) no iguala el ritmo de la producción científica de más de 13,500 miembros del SNI. “La interacción entre empresas y universidades y centros de investigación es limitada”, dice Bazdresch.

Y no es que las empresas mexicanas sean pobres. Hay muchas con gran poder, de mercado y financiero. “Pero el poder que tienen no se refleja en conocimiento que permita mejorar en la competencia internacional”, dice el ex director del Conacyt.

Cuesta caro, cuesta arriba

No es un problema de falta de talento. Salvador Malo, director de Investigación del IMCO, comenta que si bien hay pocos investigadores para una economía tan grande, los que existen tienen una preparación con estándares internacionales. “Pero los desafíos que encuentran provienen del exterior”, dice, señalando que la falta de una política bien articulada de I+D deja a los investigadores lejos de la frontera del conocimiento.

“Se trata de aliviar eso fomentando el acercamiento con empresas”, dice Malo. “Esos nexos han sido exitosos a veces”. Este ex director del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior vivió su propia tormenta cuando expuso el auténtico nivel de innovación en las instituciones del país. Malo apunta que las empresas no tienen tiempo o dinero para dedicarle espacio a la función universitaria.

Lo que proponen los expertos es dar rienda suelta a esfuerzos como el de Cemex y FEMSA. A mediados de febrero, las empresas inauguraron sendas iniciativas con el Tecnológico de Monterrey.

La cementera participó en la construcción de la EGAP/Cemex (Escuela de Graduados en Administración Pública y Política Pública). Con un costo de 244 mdp, la EGAP estudia modelos y sistemas innovadores para el desarrollo. FEMSA participó en la construcción de la nueva sede del Centro de Biotecnología, con una inversión inicial de 440 mdp.

Expansión pudo documentar decenas de casos en los que la articulación entre empresas y las universidades ha dejado de ser meramente una relación de mecenazgo. Es el caso de Bioskinco, una firma de biotecnología que se fundó con base al trabajo del Cinvestav. La firma  atiende pacientes que requieren tratamientos de piel nueva. Según Sergio Villa, su director general, la compañía marcó un hito en 1999 con la compra de transferencias de tecnología del Cinvestav.

Bioskinco se comprometió a un proceso de mejora continua. “(Las alianzas entre empresas y universidades) tienen que ser matrimonios a prueba de fuego”, dice Marco Antonio Meraz, secretario de Planeación del Cinvestav. “Afortunadamente, el grupo que compró la transferencia tecnológica ha trabajado muy fuerte”.

Otros casos, recientes y no, incluyen las actividades del Centro de Diseño de Manufactura de la Facultad de Ingeniería (CDMIT) de la UNAM. Según Jesús Manuel Dorador González, jefe del departamento de Ingeniería Mecatrónica, el centro ayudó a Mosaicos Venecianos de México a diseñar y construir maquinaria especializada. La empresa es líder mundial en material de decoración para albercas, saunas y baños con su marca Kolorines.

En el CDMIT, fundado hace 32 años, la vinculación es un mantra. “Nos buscan por nuestros proyectos de investigación a la medida”, dice Adrián Espinosa, jefe del Departamento de Ingeniería de Diseño de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Sin revelar cifras, Dorador dice que la división de Ingeniería Mecánica e Industrial basa gran parte de su sustentabilidad en los proyectos del CDMIT. Otro ejemplo: el diseño de componentes del cepillo de dientes eléctrico de marca Oral-B, realizado en el CDMIT, le ganó a  Braun México fabricar el producto aquí.  “Lo conseguimos aplicando técnicas avanzadas de diseño para ensamble y manufactura”, dice Leopoldo Adrián González, jefe de la división de Ingeniería Mecánica e Industrial.

De este tipo de iniciativas deriva la proyección de Enrique del Val Blanco, ex secretario general de la UNAM, de que esa universidad genera ventas de servicios y productos propios por casi 2,500 millones de pesos al año. Si fuera empresa, figuraría a media tabla de las 500 de Expansión.

Y sin embargo...

Falta que esos ejemplos se multipliquen. Unas cuantas golondrinas no harán primavera. Según Malo, del IMCO, el detonador para cambiar y empujar la articulación está en manos de las empresas y las universidades fuertes. “Una agrupación que despierte la innovación”, dice, añadiendo que la educación superior en el país ya dio lo que tenía que dar. “Hay que acercarnos a un modelo con gente mejor educada, no con más años de educación”, apunta, en referencia a los pesados planes de estudio de cuatro o cinco años.

El tercero en discordia, el gobierno, parece despertar del marasmo. Propios y extraños reconocen una intención en diferentes niveles (federal, estatal y municipal) de integrar los esfuerzos de empresas, academia y dependencias.

“Sí hay una política de investigación y desarrollo pero no se ha consolidado hacia la innovación”, asegura Leopoldo Rodríguez, presidente de la Asociación Mexicana de Directivos de la Investigación Aplicada y el Desarrollo Tecnológico (ADIAT), una organización de más de 2,500 ejecutivos. Rodríguez dice que, desde hace dos años, el Conacyt encabeza el esfuerzo de generar políticas de fomento de empresas de base tecnológica. “Faltan recursos, y no sólo económicos, sino humanos y educación de calidad”.

Lo que Rodríguez y sus colegas proponen es tomar la buena ciencia que se hace en México y transferir ese conocimiento a la industria. “Si no se consolidan –dice– siempre vamos a tener esos mundos separados”.

Innovar es el nombre del juego

Según Lucrecia Santibáñez, profesora del CIDE y consultora de Rand Corporation, el gobierno tiene que reforzar su fomento a inversiones de largo plazo. “Y a las universidades les sirve tener convenio con las empresas porque pueden conseguir financiamiento, lugares para los alumnos y acceso a tecnologías”. Propone que las escuelas aprendan la parte pragmática de las empresas, que exigen resultados. “El gobierno admite 10 años de inversión y cero productividad; la empresa es un cliente más demandante”, asegura.

Un lastre terrible, dicen los expertos, es que el modelo educativo del país está retrasado. “Es un modelo de hace dos siglos, en el que profesor dicta y los estudiantes toman nota y se castiga a quien cuestiona”, dice Malo, del IMCO.

Con todo, el aparato de investigación mexicano no es despreciable, existe a pesar de las malas gestiones de gobierno y de mil y un obstáculos que enfrentan las instituciones públicas y privadas.

Cuestionado por muchos, el SNI cumple la función de completar el ingreso de más de 13,500 científicos. Si bien tienen que justificar su inclusión (con ensayos en journals, registro de patentes o invenciones), la realidad sería devastadora para ellos sin ese aparato.

Según Espinosa, de la Facultad de Ingeniería, no tendría que ser todo tan difícil. “La infraestructura tecnológica del país funciona”, dice. “La universidad apoya la investigación; hay centros públicos y privados que generan patentes; hay premios otorgados por laboratorios y hay estímulos para científicos”.

Pero algo falta. La tarea está incompleta. Desde la efervescente Facultad de Ingeniería, al eficiente sistema Tec, los que conocen el medio mexicano de I+D lo saben: cohesión.

“Falta que el investigador se sienta parte de la cadena productiva”, dice Arturo Molina, vicerrector de Investigación y Desarrollo Tecnológico del Tec.

Ante esa circunstancia, en el Tec de Monterrey se diseñó un modelo único en México: cada patente que un investigador registre por su trabajo en la institución recibirá 30% del licenciamiento. “Eso motiva –comenta Molina– a que haya patentes con potencial de comercialización”. La idea es que el Tec se convierta en líder de las instituciones mexicanas con mayor número de solicitud de patentes. “Buscamos al one-million-dollar professor y queremos traer talento mexicano del extranjero”, dice Molina. En 2008, el programa registrará las primeras entregas. “Ya tenemos tres o cuatro patentes licenciadas; los montos son pequeños pero ahí vamos en eso”, expresa.

¿Tiene futuro un México como el actual?

El problema no es que el país se haya echado a dormir, sino que siga soñando. Hay que sacudirse la plaga de las instituciones anquilosadas; la concentración de la investigación y el raquitismo en la innovación productiva.

“Hay que reconocerlo: al país le han faltado agallas e ideas para diseñar su futuro”, opina Malo, el experto en competitividad y educación superior. A muchos como a él le desesperan  los discursos, las propuestas, los diagnósticos... el que se organicen foros con los mismos sabios que hacen los mismos reclamos y apunten hacia lo mismo. “Es simple”, explica. “Al país le falta competitividad porque no hay inversión para mejorar la educación”.

Por ende, no hay innovación.

“Es un círculo vicioso”, afirma Dorador: las empresas no invierten porque no encuentran a la gente adecuada en quien apostar su dinero”. Y las universidades no generan recursos humanos porque no reciben el fondeo suficiente y porque a las empresas tampoco les ha atraído invertir en sus programas.

Fraguando el destino

Quizá la respuesta está en las manos de las empresas. Algunas no se sientan a esperar. Como Grupo Cementos Chihuahua (GCC), que con ventas en 2007 por más de 8,500 mdp, es una de las firmas que más invierte en I+D. Según Humberto Uranga, gerente de Comunicación Corporativa, GCC mantiene un centro de investigación de materiales avanzados con apoyo del gobierno del estado y el Centro de Investigación Tecnológica, en alianza con el Tec de Monterrey campus Chihuahua.

La empresa mantiene también el CC Technology and Processes, un laboratorio de investigaciones en Yverdon-Les-Bain (Suiza). Ahí, 12 investigadores de 10 nacionalidades son dirigidos por un egresado del Tec.

En un proyecto, recibirá 4 mdo anuales para investigar cementos de fraguado rápido.

“Sin acceso a mano de obra, tenemos que buscar nuevos productos, nuevas avenidas en investigación para crecer”, dice Uranga. Según el directivo, GCC ha comprobado que las universidades “han perdido su visión educadora y son usadas para fines políticos (...) no dudo que hay talento, pero hoy no hay ni inversión ni cultura de premiar la investigación”.

Con información de Bárbara Anderson

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