Una cerveza enviada desde el 'cielo'

Los monjes de Westvleteren, en Bélgica, producen 60,000 cajas de 24 botellas de cerveza al año; el fermentado trapense está catalogado como el 'número uno' por millones de fanáticos en el mun
En total silencio y sólo durante 72 días al año, 26 monjes p
Marco Appel
BRUSELAS -

Cuando el hermano Joris dejó su puesto de capitán de policía, hace 14 años, para convertirse en monje, nunca había dado una entrevista a un medio de comunicación. Ahora, no sabe cómo gestionar tantas solicitudes de medios de todo el mundo, intrigados por el éxito de la cerveza que se produce en su monasterio, instalado en Westvleteren, en el noroeste de Bélgica. “La vida monacal es rezar y trabajar”, explica con modestia, “si vendemos cerveza es para vivir y no al revés”.

Sin embargo, ninguna cerveza, sólo la Westvleteren 12 (con 10.2 grados de alcohol), puede presumir de estar catalogada como ‘la número uno’ por las comunidades de apasionados de la cerveza en internet BeerAdvocate y RateBeer. Otra cerveza, la Westvleteren 8 (6 grados), también producida en el monasterio San-Sixtus del hermano Joris, ubicado cerca de la frontera con Francia, aparece en octavo lugar.

“Es sólo la opinión de algunos sitios en internet”, minimiza, “hay concursos más serios”, aunque San-Sixtus, que produce cerveza desde 1836, se niega a participar en cualquiera de ellos.

Muy a su pesar

El religioso, que dirige la cervecería, peca de modestia. Beer-Advocate.com está en Boston, pero recibe siete millones de visitas por mes no sólo de EU, mientras que los californianos de RateBeer.com cuentan con 26,500 afiliados en 60 naciones.

“Abrí la botella y sentí un dulce olorcillo de caramelo. Con el primer sorbo, sentí cómo duraba un oscuro sabor tostado, que pude detectar cuando la cerveza estaba aún en mi boca”, escribió en BeerAdvocate una joven estadounidense cuando, por fin, pudo probar una Westvleteren 12 en Ámsterdam.

San-Sixtus produce sólo 60,000 cajas de 24 botellas de 330 mililitros cada una. No están etiquetadas; toda la información está en la corcholata. Los 26 monjes del monasterio se dedican a hacer la cerveza, en total silencio, únicamente 72 días al año, y la venden exclusivamente a las puertas del monasterio y en el bar de enfrente, que es de su propiedad.

Producir más para comercializarla o hacer publicidad está fuera de discusión para los monjes: su prioridad es la vida monástica y sus seis horas de rezo diario.

La demanda creció tanto los últimos años que el monasterio recibía filas de automóviles que iban al pueblito de Westvleteren para abastecerse de tan famosa cerveza.

Antes se podían adquirir varias cajas por vehículo, pero, a raíz de la creciente demanda, la venta fue racionada a dos cajas por vehículo, previa reservación a través de un teléfono especial en que el comprador da la placa del automóvil para evitar trampas. El precio sigue siendo de 2 dólares por botella, el mismo que otras cervezas trapistas, aunque el triple que una comercial.

Onda expansiva

Algunas de las 100 cervecerías que hay en Bélgica fabrican ‘cerveza de abadía’, otro tipo de cerveza que, sin embargo, en pocos casos es hecha por religiosos. En cambio, todas las ‘cervezas trapistas’ son elaboradas por monjes de la Orden de los Cistercianos de la Estricta Observancia, en seis distintos monasterios de Bélgica, bajo las marcas Westvleteren, Westmalle, Achel, Chimay, Rochefort y Orval.

Las ‘trapistas’ o ‘trapenses’ están de moda, y el negocio prospera para otras órdenes religiosas que han decidido aprovechar ese auge. La Chimay, por ejemplo, genera a los hermanos de la abadía de Nuestra Señora de Scourmont, localizada en el sur del país, ingresos anuales por 50 millones de dólares. El monasterio del hermano Joris vende cerca de 2.2 millones de dólares.

De vez en cuando, el hermano Joris deja los hábitos blancos para ir a Bruselas, donde comparte con otros hermanos información de ventas y estrategias de negocio.

Ni hablarle de planes para exportar la cerveza. Si algo le recuerda su antiguo trabajo de policía es que ahora persigue desde su computadora a aquellos que subastan su cerveza por internet o la ofrecen en bares hasta en 20 dólares cada botella, sobre todo en Estados Unidos.

Por correo electrónico les advierte a los vivales que eso es ilegal, ya que el monasterio hace firmar a los compradores un documento que les prohíbe la reventa.

Y no lo hace por razones puramente comerciales. Además los cambios de temperatura o luz y el trajín de los trayectos largos dañan las propiedades de la cerveza.

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