Ropa de presos, moda en libertad

Un hombre logró que la vestimenta de y hecha por prisioneros, se posicionara entre la gente lib Haeftling, que nació en Berlín, da contratos a los presidiarios para apoyar su rehabilitación.
Los diseños y prendas de Haeftling comenzaron a venderse en
Yaotzin Botello
BERLÍN -

Un buen día, Stephan Bohle llegó a la cárcel de Tegel, al noroeste de Berlín, atraído por la ropa que ahí se hacía. No, no era explotación de ninguna marca conocida, sino que eran las prendas que los propios prisioneros confeccionaban para sí. Esas camisas y overoles de algodón anaranjados con los números de serie que identifican a cada prisionero, tenían que ser liberadas de la prisión, pensó Bohle.

Y así fue como creó la marca Haeftling y comenzó el mercadeo de ropa hecha en la cárcel europea. Su primera tienda la instaló en el barrio de Kreuzberg, un área de Berlín donde, por el vacío legal, hay edificios tomados por punks. En este lugar, cada 1 de mayo, se abate a la policía y se marcha contra el establishment. No pudo elegir mejor lugar. “Traer puesta esa ropa te da un aire de ilegal, pero sin ser criminal”, comenta Katja Hofmann, profesora de la escuela de moda Esmod, en Berlín.

Bohle no era el primero en explotar esta idea. Ya en 1996, Ilán Fernández, un colombiano preso en Barcelona, creó la marca De puta madre 69, que, en algún momento, le trajo ganancias de hasta 2 millones de euros en dos meses. Fernández diseñaba playeras en la cárcel y las contrabandeaba hacia el mundo exterior. El negocio continúa, con él en libertad. Los diseños contienen leyendas como ‘cocaína’, ‘Pablo Escobar’ y ‘manicomio criminal’.

Haeftling nació en 2003 y pronto tuvo mucho éxito; tanto, que tuvieron que cerrar su sitio web por un tiempo. Bohle quería permanecer con una producción mínima y original, pero la demanda lo obligó a pensar en otro esquema que lanzó en 2007. “Las cárceles no tenían la capacidad técnica para responder a tantos pedidos de todo el mundo, así que la producción se tuvo que ir fuera de las prisiones”, comenta Karola Schoewe, vocera de Haeftling. Aunque en la prisión llegaron a producir ropa de cárcel con otros colores –que sólo eran para uso externo–, no se podían elaborar colecciones ni pedidos grandes. Los prisioneros hacen este trabajo para cubrir las necesidades básicas de la institución, y el salario con el que son remunerados está controlado por ley. La producción en serie que ahora tiene Haeftling es de ropa con el diseño original, más toques de diseñadores profesionales daneses. Hay hasta una colección para mujeres y accesorios para el hogar, como las charolas de metal que utilizan para comer –y que cuestan el equivalente a 800 pesos mexicanos–, sábanas e, incluso, café orgánico cosechado y empacado dentro de la prisión (www.haeftling-shop.com).

La empresa no abandonó a los prisioneros. “Estamos trabajando con otras cárceles de Europa, les damos contratos de trabajo para apoyar el proceso de rehabilitación. De vez en cuando lanzaremos colecciones limitadas, hechas por los presos. También colaboramos con iniciativas no gubernamentales e internacionales para mejorar sus condiciones de vida”, dice Schoewe. La firma aporta entre 3 y 5% de sus ganancias a Amnistía Internacional, Iniciativa contra la Pena de Muerte, y a las fundaciones Leuchtfeuer y Gangway, que asisten a jóvenes para prevenir que vayan a la cárcel. También apoya a un grupo de artistas presos (Temporary Services). “La empresa cree en lo bueno de las personas y en que, básicamente, tienen una segunda oportunidad en la vida”, concluye Schoewe. “Sé bueno, haz el bien”, reza el nuevo eslogan de Haeftling.

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