Grabados inéditos de José Guadalupe Posada, a la espera de ser explorados

En una casona de más 117 años, en cajas de cartón, existe un compendio de material inédito del ilustrador, que aguarda para ser explorado
Dora Luz Haw
Autor: Dora Luz Haw | Otra fuente: CNNMéxico
(CNNMéxico) -

A 100 años del fallecimiento del grabador José Guadalupe Posada (Aguascalientes 1852 – Ciudad de México 1913), miles de imágenes de su autoría son aún inéditas al formar parte de un archivo que no ha sido explorado en su totalidad: el Acervo Antonio Vanegas Arroyo (1850-1917).

A unas cuadras del Antiguo Palacio de Lecumberri, en el cuarto trasero de una casona de más de 117 años, en el centro de la Ciudad de México, se encuentran la prensa y el linotipo que Vanegas Arroyo utilizó hace un siglo, además de decenas de cajas de cartón viejo que inmóviles albergan parte del compendio documental del destacado editor e impresor de la Revolución Mexicana así como del ilustrador José Guadalupe Posada.

Hasta hace cuatro años era prácticamente un fondo desconocido que solo era visitado por coleccionistas en busca de joyas y consultado esporádicamente por algunos investigadores cuyas pesquisas los conducían a este domicilio particular ubicado en la Colonia Morelos, donde los nietos de Vanegas Arroyo conservaron cajas de documentos y placas de impresión que guardaron por respeto a su abuelo, pero que no difundieron abiertamente.

Fue hasta 2009 que la historiadora del arte y coordinadora del Fondo Documental Mario Payeras, México-Guatemala, Maritere Espinosa, ahora directora-curadora de este acervo, descubrió por casualidad el valioso legado del impresor popular.

En realidad Espinosa llegó a esta casa en busca del archivo de Arsacio Kid Vanegas, de quien venía haciendo una investigación hacía tiempo, pues el nieto del editor fue un luchador profesional que en esta misma casa acogió y entrenó a personajes como Fidel y Raúl Castro, a Ernesto Che Guevara y otros rebeldes cubanos.

Pero al llegar, Joaquina e Irma, hermanas de Arsacio, quien falleciera en 2001, le dejaron ver dos hojas volantes del archivo de su abuelo. Espinosa no lo podía creer: estaba frente a un tesoro integrado por cuadernillos y diversas muestras del acervo editorial que Vanegas Arroyo publicó y distribuyó en todo el país, al ser uno de los impresores más populares de la época.

Rendida ante la importancia histórica del acervo, Espinosa dejó de lado su investigación sobre los revolucionarios cubanos en México para voluntariamente hacer lo posible por conservar y difundir el ahora archivo que ha sido origen de diversas exposiciones en el país, puesto que entre sus valías se encuentra el hecho de que dos grandes ilustradores trabajaron para Vanegas Arroyo: Manuel Manilla y Posada.

Este último caricaturista, de quien este 20 de enero se conmemora el centenario de su fallecimiento, no trabajaba exclusivamente para Vanegas Arroyo; de hecho, primero lo hizo con editores como Irineo Paz, sin embargo, en los últimos años de su vida no necesitaba ofertar su trabajo con otros impresores, puesto que Vanegas Arroyo le ofrecía sueldo fijo y mucho qué hacer.

Fue con él que realizó parte importante de su obra, entre ella la muy difundida calavera Catrina (La calavera Garbancera) ya que cada año, en noviembre, el editor publicaba sus exitosas calaveras satíricas, uno de los medios más comunes para burlarse de los políticos.

A la mancuerna le tocó el último periodo porfirista, el centenario de la Independencia y el estallido de la Revolución Mexicana. En sus publicaciones dieron cuenta de las acciones de Francisco Villa, Emiliano Zapata y Francisco I. Madero.

El editor conservó las placas tanto de metal como de madera que dieron origen a miles de imágenes, debido a que constantemente reimprimía. De hecho, Espinosa cuenta que en un acto de utilitarismo, hubo ocasiones en que varias se cortaron con sierra para utilizar algún fragmento e ilustrar una nueva edición. Actualmente la prensa, inerte, tiene puesta una de las placas de Posada.

A la muerte del impresor ocurrida en 1917, su hermano Blas y su viuda Carmen Rubí, y posteriormente su hijo Blas Vanegas, siguieron con la editorial hasta 1926. Después se convirtió en una imprenta comercial que manejó Arsacio y otros bisnietos. Hace apenas unos años dejó de funcionar.

Cuando vivía Arsacio, visionario y consciente de la valía de la herencia, no solo promovió varias exposiciones sobre Posada, sino que obtuvo en 1983 la declaración como monumento histórico tanto de la casa como de los documentos y placas que se encuentran dentro de ella. Esto implica que dicho compendio no puede ser vendido.

Tras la muerte de Joaquina, el año pasado, son Irma, de 81 años y su hijo Raúl, sus custodios fieles. Orgullosos hablan de él, celosos lo vigilan y están muy al pendiente de lo que hace su directora.

Espinosa, miembro del Grupo de Historia y Teoría del Arte Contemporáneo del Centro Nacional de Investigación e Información de las Artes Plásticas-INBA, calcula que si se hiciera un inventario de las ilustraciones contenidas en los cuadernillos de la colección, sería posible encontrar más de 20,000 láminas realizadas por Posada; sin embargo, este dato es impreciso, ya que no se sabe con exactitud cuántos documentos conforman el archivo.

La directora, también filósofa, no ha querido moverlo del cuarto que comparte con el archivo de Arsacio, y ni siquiera sacarlo de las cajas viejas para no desestabilizar los materiales. Pretende hacerse de recursos económicos para catalogar y poner a salvo los documentos, en guardas especiales.

De ahí que esta colección que da cuenta del periodismo que se hacía en el siglo 19, al documentar acontecimientos destacados de la época, corridos, historietas, nota roja, discursos patrióticos y hasta adivinanzas, no esté abierta al público y solo pueda ser consultada bajo vigilancia, por expertos investigadores.

El material sigue siendo en su mayoría inédito. Nadie ha revisado, por ejemplo, los cuadernos contables y la correspondencia de Vanegas Arroyo.

La intervención más grande que se ha hecho al acervo es la digitalización de cuadernillos y hojas sueltas que están llevando a cabo actualmente becarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, y la labor que realizaron hace dos años investigadores de la Basílica de Guadalupe para registrar temas religiosos.

Con esas dos iniciativas han logrado identificar unos 3,000 documentos. Este es apenas el inicio de una labor que, al ver las cajas apiladas, se antoja tardada y costosa.

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