Arte en lienzos de piedra, una joya arqueológica del norte de México

Desde Baja California a Tamaulipas, las pinturas rupestres y petroglifos en remotas cuevas desvelan el mundo sagrado de hombres milenarios
Autor: Arturo Mendoza Mociño | Otra fuente: QUO

Las pinturas rupestres y los petroglifos que se hallan desde Baja California hasta Tamaulipas son un libro abierto sobre el mundo sagrado de aquellos humanos que, en otro tiempo, recorrieron, habitaron y se inspiraron en esta región de sierras y desiertos.

Baja California: La más antiguas

En los senderos rocosos de la sierra de San Francisco hay milenarias pinturas donde se miran ballenas, mantarrayas y hombres de grandes dimensiones, figuras en las que predominan el rojo y el negro. 

El jesuita Miguel del Barco registró estas enigmáticas imágenes a finales del siglo XVIII en su Historia natural y crónica de la antigua California. Año con año, nuevos investigadores se unen a la constelación de exploradores, arqueólogos y científicos que se esfuerzan por desentrañar los significados ocultos de este arte que se despliega en un área de estudio que abarca 11,600 kilómetro cuadrados, por las cavidades y oquedades de cuatro grandes serranías: San Borja, San Juan, San Francisco y Guadalupe, estas dos últimas con un inventario de 1,150 sitios, según apuntó a la revista Quo la doctora María de la Luz Gutiérrez Martínez, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Estas pinturas son la obra de arte más antigua de todo México ya que fueron realizadas entre el año 5400 a.C. y 1054 d.C. Su antigüedad se fijó en Cueva San Borjitas, donde se encontró una pintura que fue realizada hace unos 7,500 años, aunque esta imagen está puesta encima de otra que se supone aún más antigua, según comenta la arqueóloga María de la Luz Gutiérrez Martínez, directora del Centro INAH en Baja California Sur.

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Usando sus propios dedos o valiéndose de brochas hechas con fibras o cabellos, montados en grandes andamios, los creadores de estas pinturas obtenían los colores amarillo y rojo mezclando pequeñas cantidades de óxido de hierro, mientras la pintura negra está formada de óxido de manganeso y la pintura blanca por yeso. Según la doctora Gutiérrez, es probable que esa materia prima provenga de las laderas del volcán Tres Vírgenes.

Dominio, estilo, habilidad, sentido, sensibilidad, se aprecian en todas estas manifestaciones humanas en medio de un paisaje violento y generoso; la difícil supervivencia de aquellos primeros hombres, mujeres y niños quedó plasmada en estos “refugios” que se convirtieron en islas de vida en medio de la serranía.

“La Cueva de la Serpiente me encanta porque los hombres que aparecen ahí son tan parecidos entre sí (...) una her­mandad en un culto en torno a una ¡serpiente venado!”, exclama Teresa Uriarte, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM sobre las 106 figuras que alaban a ese ser mítico que alza sus cuernos y se arrastra por todo el desierto más allá de California hacia el este. 

Sonora: Tierra de gigantes

En Sonora no hay una serpiente venado, o todavía no se ha descubierto, como en la vecina Baja California, pero sí hay aves muy parecidas, con alas abiertas y plumas detalladas, según afirma la arqueóloga María de la Luz Gutiérrez Martínez, aunque esto no quiere decir que haya existido un contacto con hombres de California.

Más que pintura, lo que sobresale en esta zona son los geoglifos realizados en la superficie del terreno desértico a la manera de las famosas figuras de Nazca, Perú, que solo pueden apreciarse en su grandiosidad desde el aire.

El investigador del INAH César Armando Quijada López explica que hay dos tipos de geoglifos: los realizados en positivo, dibujos en el suelo, alineando piedras con el fin de realizar un diseño determinado, y en negativo, donde se retiran piedras y la tierra del suelo desértico para delimitar grandes áreas del terreno y conformar la figura deseada.

Los sitios que tuvieron los primeros pobladores de la región fueron San Dieguito (17000-10000 a.C.) y Amargosa (5000-2000 a.C.).

Las dimensiones de los geoglifos estudiados por Quijada López son monumentales. Por ejemplo, en la Tinaja Suvuc fue localizada una figura humana que, al parecer, está relacionada directamente con las imágenes de gigantes encontrados en las terrazas del río Colorado, Estados Unidos. La figura humana Tinaja Suvuc tiene 98 metros de largo. Cerca del río Concepción, Sonora, está también el geoglifo de Nochebuena, con 34 metros de longitud. Y en la isla Tiburón hay también 20 geoglifos. Todas estas imágenes son gigantes del arte rupestre del norte mexicano.

Chihuahua: Donde el cielo es desierto y el desierto cielo

Tras recorrer miles de kilómetros, Mendiola Galván, uno de los mayores expertos en arte rupestre del país, realizó un registro fotográfico del arte rupestre de Chihuahua, junto al geólogo explorador, espeleólogo, historiador y fotógrafo Carlos Lazcano Sahagún.

Los que han estudiado a estos artistas nómadas han recorrido el inmenso territorio que es Chihuahua en pos de oquedades naturales, cuevas y abrigos rocosos, que Mendiola llama “huecos-burbuja”, donde quedan morteros fijos —hoyos en el piso rocoso producidos por el roce de la mano de piedra sobre la superficie en la que se muele el grano—, lascas —el desecho de la talla de instrumentos de piedra— y alineamientos de piedra a manera de pequeños muros protectores.

Para Mendiola, estas pinturas rupestres nos enseñan que “las sociedades nómadas que menos han tenido son las que más se han integrado al mundo, ese que reconocieron a través de su trashumancia constante (...) con ofrendas gráficas que tatuaron la roca agradecieron a la Madre Tierra lo que les dio, permitiéndoles vivir en armonía”.

A estos hombres les bastaba entonces con lo indispensable y liviano: arco y flecha, pequeña bolsa con peyote, datura, cordelería, pigmentos en polvo o en trozos de distintos colores, frutillas y semillas recolectadas, pequeños instrumentos de piedra, como puntas, raspadores y cuchillos —la que conformaba una parte importante de la industria lítica de los nómadas.

Nuevo León y Coahuila: Marcadores lunares

Los alazapas eran nómadas y hablaban coahuilteco. En medio del desierto, entre los municipios de Mina, Villa Aldama, Lampazos y Bustamante, Nuevo León, y en las serranías de la actual Coahuila, realizaron pinturas rupestres y petroglifos en las que grabaron su cosmovisión.

Leer: Vestigios de 6,000 años son hallados en Coahuila

A las pinturas alazapas, con colores rojo, blanco, negro, naranja y amarillo, se les agrupa dentro del estilo Pecos, ya que tienen varias similitudes con otras pinturas halladas en la desembocadura del río Pecos, uno de los afluentes del río Bravo. Estas pinturas tienen un fechamiento de 4,000 años de antigüedad.

Otro estilo repartido en ambas entidades es el que fue hallado en Chiquihuitillos, al sur de Nuevo León, pinturas que se caracterizan por la práctica del chamanismo asociado con el uso del peyote.

El investigador estadounidense William B. Murray, siguiendo sugerencias del astrónomo Anthony Aveni, encontró un marcador lunar en la Presa de La Mula, entre la zona desértica de la frontera de Nuevo León y Coahuila. Ahí hay de 500 a 1,000 petroglifos, y en una cresta hay una figura con rayas dentro de una matriz de seis líneas horizontales y cuatro secciones verticales. En ella hay 260 rayas dentro de una matriz de 24 celdas.

Las simetrías del patrón numérico llevaron al investigador a la conclusión de que la propiedad numérica era intencional. Se notaban sumas idénticas en dos pares de las líneas horizontales, por lo cual pensó que la cuenta llevaba ese sentido. Además, varias de las celdas registraban la misma suma, a veces en sentido horizontal y otras en vertical.

Hileras o columnas de rayas son muy conocidas en el arte rupestre de Norteamérica, y no pocos investigadores han sospechado que se trata de cuentas numéricas. Esas correlaciones demuestran que aquellos que grabaron estas piedras estaban observando la Luna y contando los días de una fase a otra.

Tamaulipas: Un arte sobreviviente

En 2010 el arqueólogo Gustavo Ramírez volvió a Burgos, Tamaulipas, y tras recorrer 11 abrigos rocosos comenzó a maravillarse ante los diferentes estilos de pintura, y los investigadores del INAH saben que hay más pinturas.

A 120 kilómetros de Ciudad Victoria, Burgos en una región esté bastante despoblada desde el siglo XVIII lo que ha permitido que los vestigios se conserven.

“En el estilo Burgos hay una combinación de tonos amarillos, negros y blancos. Esas combinaciones son raras entre las pinturas rupestres y no son frecuentes en el arte rupestre mexicano. Otro rasgo es que el peso de los chamanes dentro de las comunidades sobresale en varios sitios”, explicó el arqueólogo.

Un muro sigue el meandro de un río a lo largo de 100 metros. La pared es lisa, perfecta para pintar. A lo largo del panel hay cuadrúpedos y aves, peces y escorpiones que desfilan hasta llegar ante los chamanes. En otros sitios se ve una procesión de líneas que representan cerros que coinciden con el paisaje. También hay imágenes de movimientos celestes donde destaca una línea larga que evoca un cometa. A las pinturas con vocación “realista” hay que sumar las “abstractas” donde hay rombos que pueden llevar una cuenta numérica o hacer referencia a elementos mágicos y religiosos.

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No se sabe quiénes hicieron estas pinturas. Si se asentaron aquí por generaciones o provenían de Coahuila o Texas. Tampoco hay investigaciones consecutivas porque las condiciones para investigar o para visitar la zona no son idóneas debido a la violencia que se vive en la entidad fronteriza.

Este es un artículo publicado en la edición de enero de 2015 de la revista Quo, que es parte de Grupo Expansión. La firma edita en México 17 revistas y 11 sitios de internet, entre ellos CNNMéxico.

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