2013, el año de la pantalla total

El uso del iPad se ha convertido en el eje de mis placeres y mis días, escribe Nicolás Alvarado; el escritor dice prescindir de la 'presencia física' para apostar a un aparato que lo contiene todo.
ipad  (Foto: Getty)
Nicolás Alvarado*

Mi padre, fallecido hace dos años, me dejó una plétora de legados intangibles y unos cuantos tangibles, importantes en sí mismos pero más aun en tanto vehículos para su evocación, acaso para su invocación.

Con cada uno de esos objetos cultivo una relación romántica, en el sentido más literal del término: su presencia en mi vida me conduce a dejarme embargar por una emoción derivada de la imposibilidad de mi deseo (a saber que siguiera vivo, que pudiera seguir usándolos),  y sin embargo habré de decir que ninguno de ellos constituye la más importante de sus herencias materiales, y es que la que más ha modificado mi existencia es, me temo, la menos romantizable de todas.

No el abrigo de Savile Row, no la chamarra tamaulipeca (no vaquera sino de motociclista, aclaro), no el suéter de cashmere y no la bata estampada de paisleys; no la botella de Châteauneuf-du-Pape 1962 ni el Chablis Louis Latour 1975 y ni siquiera el ejemplar de la primera edición de su primer poemario.

El objeto con el que mi padre toca mi existencia todos los días, aun si desde su inexistencia, es uno que en vida suya solía yo cuestionar y hasta despreciar, que había yo jurado jamás poseer, que a priori rechacé cuando, a su muerte, mi madre ofreció entregármelo, y que terminé por aceptar sólo porque era suyo. Su iPad.

"¿Para qué quieres esa cosa?", solía yo decirle. "¿Quieres escribir? Tienes una computadora, con un teclado más manejable. ¿Quieres ver películas? Tienes un televisor, con una pantalla más grande. ¿Quieres leer? Tienes un Kindle cuya textura semeja la del papel, por no hablar de miles de libros. ¿Quieres oír música? Tienes un iPod, mucho más portátil. ¡Dime para qué te sirve el mentado iPad!"

Él callaba, esbozaba una sonrisa y seguía jugando sus Angry Birds (práctica, ésa sí, que sigo sin comprender). Pues bien, como nos sucede siempre con los padres, ahora que estoy más viejo (me despeño rumbo a los 40) lo entiendo.

Desde su muerte me he empeñado en adelgazar no sólo el cuerpo (peso unos 15 kilos menos que entonces) sino la vida. Menos amigos. Menos compromisos. Y, cosa curiosa, menos objetos.

No que haya yo perdido el talante acumulativo, claro, lo temo requisito indispensable para escribir una columna como ésta, sino que sencillamente (simplemente, de hecho) quiero cargar con menos en el más literal de los sentidos posibles (también en el metafórico pero eso ha de ser materia, si no de diván, siquiera de unos whiskys).

Ergo el iPad o, puesto de otro modo, la pantalla total, la tan pequeña que todo lo contiene.

Concedido: no lo empleo para oír música, de hecho, ya no oigo música en tránsito, salvo para abstraerme de las prédicas comerciales en el metro: otro adelgazamiento, y no me acostumbro a escribir en su teclado fofo.

Pero con el uso he descubierto que un adminículo que sirve para leer libros electrónicos y blogs sartoriales y revistas literarias, y para ver películas o videos en aviones y en hoteles, no podía sino estar llamado a convertirse en eje de mis placeres y mis días.

Incluso me permite compartir con los pocos con que quiero compartir: llevo conmigo a todas partes la novela de ciencia ficción que me regaló mi madre, el documental sobre sastrería que me reenvió mi sobrina, el artículo sobre la NSA que me compartió mi amigo (paranoide), la carta que me escribió mi mujer desde Londres.

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Diríase que 2013 fue el año en que aprendí a prescindir de la presencia física. A ver.

*Nicolás Alvarado es escritor y comunicador. Conduce los programas 'Final de Partida' en ForoTV y 'La Dichosa Palabra' en Canal 22. También es colaborador de la revista Life&Style, que al igual que CNNExpansión, forma parte de Grupo Expansión.

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