Modelos económicos, lindos pero irreales

Los modelos macroeconómicos actuales sólo sirven a la sofisticación, dice el economista Tim Harford; afirma que están desconectados de la realidad y las necesidades, y no se salvan de una crisis.
Abstract1138  (Foto: Especial)
Hernán Iglesias Illa

¿Por qué han crecido tan poco las economías ricas en estos años? ¿Se equivocaron los gobiernos que recomendaron austeridad? Éstas son algunas de las preguntas que Tim Harford responde en su libro El economista camuflado contraataca. En él, el autor da ejemplos de cómo manejar o arruinar una economía.

Anteriormente, en 2006, Harford escribió el libro El economista camuflado, un texto en el que resaltaba el espíritu optimista que tenía sobre el futuro de la economía. En ese año, Harford y otro grupo de economistas, consideraban que las grandes preguntas de la economía estaban resultas y había que enfocarse en el ámbito de la microeconomía.

Varios años después, en su más reciente publicación, Harford resucita a su personaje con una nueva personalidad. Ahora cuestiona los modelos económicos y los tacha de irreales y desconectados de las necesidades.

En su contraataque, Harford hurga en la economía para ver qué no funciona y cómo mejorarla. A diferencia de los economistas clásicos, él busca intervenir en la macroeconomía para hacerla funcionar mejor.

Para ello, ha estructurado un libro en forma de preguntas y respuestas, en las que un supuesto lector hace las preguntas y Harford las contesta, un recurso que, por momentos, parece forzado, pero le permite al autor mantener un tono natural y platicador. Ideal si se busca refrescar los conocimientos de macroeconomía.

Para informar al lector, el autor hace una corta reseña de la historia de la macroeconomía, en donde destaca la Gran Depresión de los años 30 como un momento clave.

Hasta entonces, las economías habían sido vistas como sistemas capaces de equilibrar sus propios problemas. Tras la Gran Depresión y la influencia de Keynes, que recomendó imprimir billetes para sacar a los países del estancamiento, la macroeconomía entró en su primera edad de oro.

En un capítulo Harford le explica a su lector-interlocutor que “imprimir dinero es a veces una buena idea”. Y en el siguiente le explica que “imprimir demasiado dinero nunca es buena idea”.

El siguiente cambio de paradigma que aborda ocurrió a fines de 1970, cuando la inflación en los países ricos, combinada con una inédita parálisis   —lo que se llamó ‘estanflación’—, dejó perplejos a los economistas.

En las recesiones anteriores, bastaba con generar un poco de inflación para despertar las economías dormidas. Pero ese truco, vieron estos economistas, y los políticos que los contrataban, había perdido potencia, porque la inflación ya era alta. Esta situación permitió el resurgimiento de los economistas clásicos, enemigos acérrimos de la inflación.

Entonces, ¿cuánta inflación es entonces la ideal? Los banqueros centrales de las últimas décadas, en las que reinó el miedo a la inflación, colocan la inflación ideal en 2%.

Harford, como otros colegas suyos, cree que los bancos centrales deberían apuntar a una inflación algo más alta, de 3 o 4% anual. Éstas son cifras para países ricos.

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En los emergentes, el autor dice que es saludable tener hasta 7% de inflación. El autor también es partidario de una nueva moda en el mundo de los bancos centrales, que consiste no en fijarse metas de inflación —como la que usa desde años el Banco de México—, sino en planificar según el crecimiento nominal del producto interno bruto.

Harford admite que los modelos macroeconómicos en boga en las últimas décadas son elegantes y sofisticados, pero desconectados de la realidad. Y hay buenas razones para creer, dice el autor, que el modelo de expectativas racionales, dominante desde los 80, fracasó al tratar de incorporar otras perspectivas. A pesar de todo, tiene esperanzas de que los nuevos modelos económicos incorporen ideas más realistas.

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