El ‘mobbing’, una forma de acoso laboral

Entre 10 y 15% de los empleados sufre un tipo de hostigamiento en el trabajo, según la OIT; ¿qué se está haciendo para que esto no suceda más?, se pregunta el columnista Luis Miguel González.
violencia laboral  (Foto: Photos to go)
Luis Miguel González*

Hay algo mágico en encontrar el nombre preciso a las cosas, dice el filósofo Bertrand Russell. Nos permite gozarlas más, cuando son buenas, y nos ayuda a cuidarnos de ellas, minimizar el daño, cuando son malas. El acoso psicológico brutal en el trabajo se llama mobbing. En esa categoría caben infinidad de actos: gritos, insultos, humillaciones públicas, agresión física, ocultamiento de información, exigencias laborales poco realistas, magnificación de los errores y remoción arbitraria de tareas, entre otras. Para que un comportamiento se defina como mobbing, éste debe ser sistemático y sostenido en el tiempo.

Los franceses le llaman poison lent o veneno lento. Se trata de un estresor que es más agresivo que todos los generadores de estrés, según el doctor Kenneth Westhaus, de la Universidad de Waterloo. Su víctima típica es un trabajador con desempeño bueno o excelente que representa una amenaza para sus compañeros o jefes, porque tiene la capacidad de avergonzarlos por un desempeño menos que óptimo.

La palabra mobbing se ha impuesto a bulling, cuando se refiere a una situación laboral y en los casos en los que el acoso proviene de un grupo, no sólo de un individuo. Fue acuñada por el psicólogo alemán Heinz Leymann en 1982.

Antes de tener palabras tan específicas se usaban expresiones como acoso laboral o terror psicológico en el trabajo. Algo peculiar o paradójico del mobbing es que empezó siendo estudiado por los etólogos, en especial por Konrad Lorenz.

En el reino animal es una estrategia de supervivencia que tienen las especies acosadas por un depredador: se reúnen varios individuos para hacerle frente. Con frecuencia lo hacen huir. Es difícil entender el giro que dio el concepto cuando pasó de la etología a la psicología y la sociología laboral. Aquí el grupo no se une para sobrevivir contra un depredador, sino para hacer daño a alguien que no tiene capacidad de respuesta agresiva.

Estamos ante una forma de manifestación de la violencia en los espacios laborales, dice Florencia Peña, antropóloga de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

El doctor Gary Namie es una de las mayores autoridades sobre el tema. Publicó un libro, llamado The Bully at Work, en el que presenta investigaciones propias, además de hacer referencia a un estudio que el gobierno de Estados Unidos hizo en la década pasada: Hostile Workplace Survey.

Las cifras que entrega Namie son impresionantes: las compañías sólo reconocen que tienen un problema en 10% de los casos; 96% de los compañeros de trabajo de la víctima se han dado cuenta de que el mobbing está ocurriendo, pero lo denuncian en menos de 10% de los casos; la violencia psicológica dura un promedio de 16 meses; 75% de las víctimas son mujeres, pero 84% de las veces, son mujeres las que molestan a otras mujeres.

La detección del mobbing tiene escasas consecuencias profesionales: se protege al mal jefe y se despide a la víctima en 42% de las veces.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) cifra entre 10 y 15% la proporción de los trabajadores que sufren alguna forma de acoso laboral. En México, esto significaría entre tres y seis millones de personas, si sumamos todo el universo laboral.

Los costos son imposibles de cuantificar, en buena medida porque las respuestas al mobbing son variadas y, en ocasiones, se diluyen en la esfera del comportamiento privado. Van desde el ausentismo laboral, horas perdidas de productividad y abandono del trabajo, hasta incremento en el consumo de antidepresivos, consultas con psicoterapautas e intentos de suicidio.

En México se acaba de presentar una iniciativa para prevenir y sancionar el mobbing. "El linchamiento emocional en el trabajo está creciendo de manera desmedida", dice la diputada Caritina Sáenz Vargas, autora de la propuesta.

De prosperar, se podría sancionar a los trabajadores y a las empresas. Es muy posible que ocurra, en buena medida, porque implica modificar la Ley Laboral en algo que no afecta la agenda de los sindicatos.

Pronto tendremos una herramienta para sancionar el mobbing. Hay algo mágico en el hecho de tener una ley. Provoca la sensación de que el principio de solución ha entrado en escena y que el problema huirá despavorido porque ha llegado la ley. Por desgracia, la realidad es muy terca y casi impermeable a los remedios legislativos.

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Tener una ley, sin contar con los elementos necesarios para hacer que se cumpla, es un acto de fe en la magia. Por si las dudas, ustedes que me leen: manténganse lejos de los acosadores y tengan mucho cuidado con los instigadores. Son personas introvertidas que operan tras bambalinas.

*El autor es director editorial del periódico El Economista.Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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