Izquierda en AL aprovecha crisis de EU

Críticos reivindican su ideología tras la confusa respuesta de Washington a la debacle financiera; reclaman que los estadounidenses han exigido a la región soluciones que ahora se niegan a aplicar.
Barack Obama  (Foto: Archivo)
Hernán Iglesias Illa
NUEVA YORK -

En septiembre de 2008, el gobierno de EU dejó caer a Lehman Brothers pero rescató a las dos mayores prestadoras de hipotecas del país (Freddie Mac y Fannie Mae) y a la mayor compañía de seguros (AIG). Les dio dinero y compró buena parte de sus acciones, transformándose en su accionista mayoritario.

En los meses siguientes, la administración Bush siguió entregando efectivo: hubo estímulos para las automotrices de Detroit y para una docena de grandes bancos. Lo mismo ha hecho el gobierno de Barack Obama en su primer mes de gestión: más dinero para rescatar bancos en problemas y más fondos frescos para los dueños de casas castigadas por la explosión de la burbuja inmobiliaria. Soluciones de mercado, pocas. Intervención del Estado, mucha.Desde hace casi medio año, los gobiernos de Bush y Obama han hecho muchas cosas de forma distinta, pero han compartido un mismo axioma: la peor solución es que el gobierno no haga nada. El mismo país que en las últimas décadas había confiado en los mercados para solucionar muchos de sus asuntos públicos, y se sentía orgulloso de ello, estaba de golpe rogándole al Estado para que lo sacara del pantano donde había caído. La tendencia podría ir más allá en las próximas semanas: Obama no ha descartado nacionalizar los bancos en problemas y se ha mostrado ambiguo con los impulsos proteccionistas del Congreso.

En esta gran confusión ideológica, la izquierda latinoamericana ha intentado usar la crisis como una manera de reivindicar sus reclamos y su visión del mundo. “Un fantasma recorre América Latina, el fantasma del socialismo que ha vuelto”, dijo el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

“Parecía que ellos eran infalibles y nosotros incompetentes. Espero que el Fondo Monetario Internacional (FMI) le diga a Barack Obama qué tiene que hacer para arreglar la economía de EU”, comentó el presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva. También participó del coro la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner: “Hay que reivindicar el rol indelegable del Estado. Cuando decíamos esto, nos decían que estábamos equivocados. Los tiempos que corren nos hicieron ver que el Estado tiene un rol indelegable”.

En México, Andrés Manuel López Obrador encontró en la crisis financiera una manera de recuperar el protagonismo perdido después de dos años de desgaste: su discurso ha recuperado su vigor ‘antineoliberal’ y su plan de reactivación contra la crisis, como el de Obama, se basa en un estímulo de 200,000 millones de pesos para los ‘sectores productivos’.

La crítica más habitual de los progresistas o izquierdistas latinoamericanos es que, desde fines de los años 80, Estados Unidos ha exigido a América Latina soluciones que ahora se niega a aplicar.

Las desventajas de la austeridad

Dicen que cuando México tuvo su crisis en 1994-1995, EU y sus aliados en el FMI exigieron un plan de austeridad que elevó el desempleo y la desigualdad. Lo mismo ocurrió con Brasil en 1998-1999 y con Argentina en 2001-2002: EU, señalan sus críticos, pedía control del gasto cuando no era lo más apropiado y ahora, en lugar de seguir su propio consejo, hace todo lo contrario: en vez de ser austeros y dejar que el mercado premie a los fuertes y castigue a los débiles, Bush y Obama aumentaron el gasto público en más de 1 billón (millón de millones) de dólares para rescatar bancos y empresas que quizás no se lo merecían o para estimular una economía hundida por sus errores.

El argumento de los latinoamericanistas es, a primera vista, atractivo porque tiene la ventaja del contraste y parece explicar situaciones complejas en términos simples. En los 90, EU promovía el Consenso de Washington, cuya receta incluía la privatización de empresas públicas, la desregulación financiera y la liberación del comercio internacional. Ahora, apenas se da de bruces con su primera crisis y hace todo al revés: coquetea con la estatización de empresas, despierta murmullos proteccionistas y estudia límites a la innovación financiera. ¿Tiene razón, entonces, la izquierda latinoamericana?, ¿es cierto que EU pedía a los gobiernos de AL actitudes y medidas que ahora desprecia? La respuesta, según diversos economistas, es ‘un poco sí’, pero ‘no mucho’.

Michael Shifter, vicepresidente de Diálogo Interamericano, un centro de estudios en Washington, dice que lo que está en duda no son las ideas de apertura y desregulación del Consenso de Washington, sino su cumplimiento por parte de EU. “Es cierto que Estados Unidos ha rescatado el rol del Estado en la economía, pero a un precio altísimo”, señala Shifter. “Se ha visto forzado a ello por su falta de disciplina fiscal: gastó de más, se endeudó de más, perdió todo control”. Para Shifter, EU y el FMI hacían bien en pedirles austeridad fiscal a los países de América Latina. Uno de los problemas en los que se encuentra EU se debe a que ellos mismos no han obedecido. “El Consenso de Washington ha sido aplicado en todos lados menos en Washington”, considera.

EU, por otra parte, puede permitirse ‘arrojar dinero’ ante cada problema porque puede hacerlo. El problema que tenían México en 1995, Argentina después y Brasil más tarde era que nadie, salvo el FMI, se atrevía a prestarles dinero a tasas razonables. Washington no tiene ese problema: para los inversionistas de todo el mundo, los bonos del Tesoro no sólo siguen siendo la apuesta más segura del planeta, sino que, además, se han convertido en un refugio donde protegerse hasta que pase el temporal.

Pese a todos sus problemas y a que las tasas desde diciembre rondan el 0%, Washington aún puede conseguir dinero con facilidad. “Lo que la izquierda latinoamericana omite, porque sabe dónde apuntar sus cañones, es que las crisis latinoamericanas eran esencialmente crisis de crédito”, dice un economista de un organismo multilateral de Washington que pidió no ser identificado. “Esta crisis de EU es de crédito pero también de muchas otras cosas. Distintos problemas requieren soluciones diferentes”.

En EU, la gran noticia del debate económico en los últimos meses ha sido el regreso del keynesianismo. John Maynard Keynes, el economista británico que fundó las bases de la macroeconomía moderna hace 75 años, postuló en su momento que el incremento del gasto del gobierno es la mejor solución para salir de las recesiones.

Las ideas de Keynes dominaron en el mundo occidental hasta los 70, cuando la inflación y el estancamiento provocaron su descrédito y fueron remplazadas por el modelo ‘más mercado, menos Estado’ cuyos críticos han llamado neoliberalismo. Después de un cuarto de siglo de popularidad, las políticas de desregulación y privatización del neoliberalismo parecen estar dando paso a un regreso del Estado como árbitro y motor de la economía. Cuando los intelectuales latinoamericanos ven este proceso, aprovechan para decir, muy seguros de sí mismos, “nosotros ya lo habíamos advertido”.

Pero no todo es lo mismo. “Son cosas diferentes”, dice el economista en jefe de un banco de inversión británico que escribe sobre América Latina y que por eso pidió discreción. “Las intervenciones del gobierno estadounidense son fuertes y profundas, sí, pero también temporales y específicas. Si finalmente decidieran nacionalizar los bancos, lo harían para ponerlos en orden y después volver a venderlos. En AL, cuando (Hugo) Chávez o algún otro nacionalizan empresas, son para quedárselas por tiempo indeterminado y muchas veces sin que esté muy claro el plan de por qué lo han hecho”. En América Latina, la discusión sobre si es mejor una mayor o menor participación del Estado en la economía ha estado casi siempre contaminada por la mala calidad de los gobiernos: grandes o pequeños, los Estados de la región rara vez han sido eficaces o imaginativos.

“En México y Brasil esa percepción está cambiando”, dice el economista de Wall Street. “Se está poniendo énfasis en que un Estado, enorme o ínfimo, antes que nada tiene que cumplir con lo que se propone”.

El debate sobre el cambio de paradigma ideológico (adiós al neoliberalismo, ¿hola al neokeynesianismo?) podría recalentarse aún más si Obama confirma sus insinuaciones proteccionistas y sus intenciones de reformar el TLCAN con México y Canadá. Hasta ahora, el presidente estadounidense ha preferido la ambigüedad: en la campaña electoral prometió a los estados industriales una reforma del tratado; ahora dice que quiere “actualizar sus estándares laborales y ambientales”.

Para los críticos de la globalización, el libre comercio siempre había sido uno de sus villanos favoritos. “Un cambio de dirección (subir aranceles, multiplicar la burocracia) tendría enormes consecuencias, porque otros países podrían imitar a EU y crear un efecto cascada que terminaría con 50 años de apertura progresiva”, dice el economista de Washington citado antes.

Muchas personas ven su propia ideología como la fuerza que les permite mantener el rumbo y ser fieles a sus principios. Otras personas ven la ideología como un obstáculo que les impide analizar los problemas con detenimiento. Los protagonistas de procesos complejos, como la actual crisis económica, todo el tiempo se ven jaloneados entre sus ideas, por un lado, y el pragmatismo, por el otro. Y las viejas categorías ideológicas a veces se hacen difíciles de aplicar.

A Henry Paulson, último secretario del Tesoro de George W. Bush, le preguntaron hace unos meses si, al rescatar a AIG y Fannie-Freddie, no había violado sus principios, según los cuales es el mercado el que debe decidir quiénes sobreviven y quiénes no.

Paulson, un ex ejecutivo de Wall Street, respondió citando a Keynes: “Cuando los hechos cambian, mis opiniones cambian”. Keynes, conocido por su fastidio y sus arranques de mal humor, había coronado la cita original, en respuesta a un crítico suyo durante la Gran Depresión, con una pregunta: “Cuando los hechos cambian, mis opiniones cambian. ¿Usted qué hace, señor?” No sabemos qué respondió aquel señor, pero sus descendientes parecen estar de acuerdo con Keynes: la ideología es interesante en tiempos de calma, pero sirve de poco para achicar agua durante las tormentas.

LOS ´POPULISTAS´ CONTRAATACAN

Personajes calificados como ‘populistas’ volvieron a la palestra pública a raíz de la crisis económica y se prevé que tomen un segundo aire, entre ellos están:

Andrés Manuel López Obrador: el ex candidato presidencial recuperó el protagonismo después de dos años de un ‘desgastado’ discurso.

Hugo Chávez: el presidente venezolano utilizó el discurso de la crisis para mantenerse en el poder y garantizar su reelección. Ahora emprende una cruzada para llevar el socialismo a América Latina.

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Luiz Inácio Lula da Silva: su gobierno se desgastó en medio de escándalos de corrupción, pero la debacle económica puso nuevamente al mandatario brasileño y a su política en el ojo público.

Cristina Fernández: medidas impopulares, como la nacionalización de los fondos de retiro, bajaron sus bonos, pero al igual que los tres personajes anteriores, la presidenta de Argentina vive su segundo aire.

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