Elogio y refutación del optimismo

Luis Miguel González percibe que en el aire se siente el perfume del pesimismo excesivo; el director editorial de Público Milenio Guadalajara lo ve tan dañino como la confianza desubicada.
Tarjeta de crédito  (Foto: Archivo)
Luis Miguel González

El mundo está al filo, titula The Economist. Es la mayor crisis desde 1929, dice George Soros. Estamos ante algo parecido a la caída del Muro de Berlín, opina Joseph Stiglitz. ¿Qué cara ponemos ante los tiempos que vienen? Los estudios médicos indican que los optimistas tienen más posibilidades de sobrevivir a un tratamiento contra el cáncer y se recuperan más rápido de intervenciones en las vías coronarias.

La economía es otra cosa. En ese reino podemos decir que "demasiado de lo bueno puede ser malo", parafraseando a la actriz Mae West. A los excesivamente optimistas les va mal. Minimizan los riesgos y cometen errores de cálculo. "Toman decisiones que no son óptimas y producen rendimientos bajos", dice un estudio de David Robinson y Manju Puri, hecho en la Universidad de Duke hace un par de años.

Robinson y Puri son algo así como optimistólogos profesionales. Un optimista es alguien que sobreestima su salud, sus expectativas de vida o sus probabilidades. Han llegado a la conclusión de que los mejores resultados corresponden a los optimistas moderados, pero no es fácil la moderación. Hacienda puede creer que está siendo prudente al estimar un crecimiento de 2% para 2009. Más de un dueño de empresa podrá pensar que está siendo moderado al presupuestar un aumento en sus ventas de 10% para el año próximo.

El exceso de fe en el futuro agrava las crisis, escribió Walter Bagehot en la segunda mitad del siglo XIX. Conduce a aceptar créditos que no se podrán pagar y a adquirir bienes que no se alcanzarán a saldar.

Un optimismo excesivo condujo a millones de mexicanos a endeudarse en 1993 e indujo al gobierno a creer que podría resolver las turbulencias de 1994 con la emisión de deuda a corto plazo en forma de Tesobonos. A la distancia ya casi no usamos la palabra optimismo para referirnos a esa época. Nuestra rabia retrospectiva nos dicta otros vocablos: miopía, soberbia y corrupción.

Otro brote que se salió de control llevó a millones de personas a endeudarse para comprar casas en EU. Suponían que el precio de los inmuebles subiría cada año hasta el final de los tiempos. Para su desgracia se encontraron con banqueros cegados por una mezcla fatal de optimismo, avaricia y estulticia. Prestaron a manos llenas a deudores que eran NINJA (non income non assets). No tenían ingresos ni activos.

Bagehot fue el editor de The Economist de 1860 a 1877. Era un desconfiado irredimible frente a la sabiduría de las masas. Le tocó vivir la gran depresión económica que estalló en 1873. Acuñó el término stupid money para definir esa enorme cantidad de dinero puesto en manos de gente que no tiene idea de qué hacer con él. "Ese dinero está buscando quien se lo trague".

En el aire se siente el perfume del pesimismo excesivo, tan dañino como la confianza desubicada en el futuro. Es paralizante y mortal. Una sociedad impregnada de pesimismo reduce al mínimo sus compras de bienes de consumo duradero y congela cualquier proyecto de inversión que tenga una dosis de riesgo o fantasía.

No estamos en la víspera de otro 1995 y debemos actuar con serenidad relativa. No importa cómo sea eso que viene, no nos agarrará desprevenidos. Las finanzas públicas están ordenadas y el sistema bancario ha estado mejor manejado. Aquí no hubo un boom de hipotecarios chatarra.

Descartar los tremendismos no implica tomar en serio los pronósticos que dicen que nuestra economía crecerá arriba de 2%. Eso no es optimismo sino miopía o amnesia. Nuestra tasa neta fue cero durante el bienio que siguió al 11-S y el estallido de las puntocom.

Lo contrario del optimismo en exceso no es el pesimismo desmelenado. El opuesto de ambos es el realismo. En las circunstancias actuales, el realismo implica escepticismo y una dosis homeopática de pesimismo. Debe ser pequeña para no paralizar. Suficiente para cultivar la prudencia y detonar el sentido de urgencia de los cambios que necesitamos.

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El autor es director editorial de Público Milenio / Guadalajara.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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