Historias de avaricia

Luis Miguel González cree que el auge de la avaricia es prueba de que vivimos un medievo posmoderno; el director editorial de Público Milenio Guadalajara dice que la frase “Greed is good” ya se...
Avaricia  (Foto: Especial)
Luis Miguel González

Avaricia es una de las palabras del año. El rector de la UNAM, el Papa, George Soros, el parlamento francés, el Dalai Lama y un trío de premios Nobel la usan para explicar la hecatombe financiera. “Es una crisis provocada por la avaricia y la falta de prudencia”, dice José Narro. “Está detrás de la caída de los grandes bancos. Es una idolatría que oscurece el verdadero Dios”, afirma Benedicto xvi.

Más allá del Dalai Lama son pocos los que critican sinceramente a aquellos que tienen el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas. El aprendiz, de Donald Trump, es un éxito de audiencia en tv. La vida de Gandhi es una joya del cine, pero se consigue a precio de remate en un tianguis cultural.

Vivimos en un medievo posmoderno y el auge de la avaricia es una prueba de ello. Greed is good (La avaricia es buena), dice Gordon Gecko (Michael Douglas) en la película Wall Street, de Oliver Stone. Greed is good es una frase tan eficaz que se impuso más allá de sus méritos morales.

Greedisgood.org es el nombre de un sitio de internet, creado con el fin de difundir los fundamentos filosóficos del capitalismo en su forma más liberal. “La riqueza es el producto de la capacidad para pensar del hombre”, dice la cabecera de ese sitio. Es una frase de Ayn Rand, la influyente autora de la Rebelión del Atlas, novela que fue libro de cabecera de Alan Greenspan y algunos libertarios.

La ambición es buena, es el principal incentivo para trabajar duro, empezar una empresa, invertir en una compañía o crear un patrimonio. La avaricia es la versión desmesurada. Es ambición en su forma más agresiva, propulsada con anabólicos, podríamos decir, para estar a tono con el escándalo de Alex Rodríguez, el tercera base de los Yankees de Nueva York, y las Grandes Ligas por consumo de esteroides.

Avarientos, se les llamaba en la Edad Media y hasta el siglo xv, según el diccionario de Corominas y Pascual. Ha corrido mucha agua bajo el puente desde entonces. Los avaros del siglo xxi no se parecen a esos seres que se retuercen en las imágenes que describen el cuarto círculo del infierno en la Divina Comedia. Aparecen en las portadas de GQ, en las listas de Forbes y en las primeras filas de los espectáculos. Sonríen, aun cuando sufran arresto domiciliario, su sonrisa es perfecta, su traje bien cortado y el cabello permanece en su lugar, sin importar el viento ni los periodicazos.

La posesión de bienes abundantes es una cualidad que distingue a los tipos alfa en cualquier grupo de primates, afirma Richard Conniff, un escritor que usa la sociobiología para explicar las características de ese grupo: los súper ricos, en un delicioso ensayo, La historia natural de los ricos.

La elite de cada especie tiene más de lo que necesita y se queda con más de lo que requiere. También copula más y tiene más posibilidades de multiplicar su progenie. Vale para los babuinos, las ratas y las personas, dice Conniff.

Si somos naturalmente avaros, ¿dónde queda el altruismo y la generosidad? El problema con utilizar analogías del reino animal es que la Madre naturaleza nos ofrece de todo: la agresividad de las ratas, la territorialidad de los ruiseñores, la generosidad de los pingüinos, la memoria de los elefantes, el olvido nocturno de los doberman, etcétera.

If greed was good, ¿cómo es que ha causado tanto daño? Las auditorías de Enron, Worldcom, Tyco, Madoff, Stanford dejan claro que las tijeras que destruyeron billones de dólares cortaban con las dos hojas: la mala regulación y los abusos de personas que bien caben en la categoría de sociópatas. Estaban dispuestas a hacer todo por dinero y no encontraron límites, ni sociales ni morales. Rompieron la ley y, además, abusaron de lo permitido.

Cuando Adam Smith y Ayn Rand escribieron a favor de la búsqueda del beneficio personal no tenían en mente a personajes como Bernard Madoff o Joaquín Guzmán, el más reciente miembro de nuestro Forbes team.

La libertad es una condición básica para el desarrollo social, pero no se puede construir una sociedad próspera sin acotar el campo de acción de los depredadores. Ésa es la paradoja. Ahí está el reto.

El autor es director editorial de Público Milenio / Guadalajara.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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