La resucitación del FMI

La reunión del G20 sirvió para que el Fondo Monetario Internacional cumpliera con su misión; el resultado: 500,000 nuevos millones de dólares y créditos flexibles para las casi potencias.
FMI-edificio-AP  (Foto: AP)
Hernán Iglesias Illa / Nueva York

Las reuniones del G-20 en Londres, a principios de abril, dieron a presidentes y jefes de gobierno de medio mundo la oportunidad de sonreír mientras les tomaban fotos y de sentir que, al menos en lo posible, estaban haciendo algo para salvar al mundo de su peor crisis económica en 70 años. Lo que también hicieron, aunque quizás fuera otra su intención inicial, fue aplicarle respiración boca a boca y resucitar a un pilar del sistema.

Ese pilar es el Fondo Monetario Internacional (FMI), que llegó a Londres sin dinero para prestar, desprestigiado por sus fracasos de la última década en Asia y América Latina y sin un rol definido para la nueva era de capitalismo global. La reunión del G-20 quería presentarse como la entrada oficial de México, China, Brasil y otros países emergentes a la habitación donde se toman las decisiones, antes ocupada sólo por los países del viejo G-7. El FMI entonces, una institución donde Estados Unidos y Europa han hecho y deshecho casi sin consultar con nadie –el presidente ha sido siempre europeo; el poder de veto lo ha tenido siempre EU–, no parecía la institución ideal para canalizar los deseos de estímulo y recuperación de las 20 economías más importantes del mundo.

Pero así ha sido: el FMI salió de Londres fortalecido, con la promesa de 500,000 nuevos millones de dólares (mdd) para prestar, el permiso para emitir otros 250,000 mdd en degs (la cuasimoneda con la que comercia con los bancos centrales) y la misión de mantener en pie a países que hicieron bien las cosas en la última década y, aun así, podrían necesitar ayuda en caso de que la crisis se profundice o se extienda en el tiempo. El FMI deberá revisar sus reglas y democratizar lo más posible su estructura, un precio que, dentro de la institución, la mayoría de sus funcionarios estará encantada de pagar si a cambio reciben la relevancia y el respeto perdidos.

El cambio más importante tomado por el FMI antes de la reunión del G-20 es la creación de la FCL (siglas en inglés de ‘línea de crédito flexible’), un sistema que es más un seguro contra crisis que un préstamo en sí mismo. Ésta es la línea de crédito que acordó México en abril. Es por eso que el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, dijo en Londres que México no tiene planeado usar el dinero y que el acuerdo es ‘precautorio’. El objetivo, según Carstens, era ‘blindarnos de posibles escenarios más negativos’.

La FCL, por la que México fue el primer país en mostrar interés (una semana después, Polonia también dijo que participaría), representa un cambio importante en la manera en la que el FMI se relaciona con los países en problemas. Antes era un bombero que llegaba a las crisis cuando las monedas ya se habían devaluado y las deudas ya se habían dejado de pagar. El organismo entonces prestaba dinero (apagaba el incendio) pero, para garantizarse el pago, exigía medidas de austeridad y control que a menudo eran impopulares en las naciones afectadas y ponían en serios aprietos políticos a los gobiernos que lo hacían. Ahora, el fondo quiere ser una especie de seguro contra incendios, mostrando apoyo a países con macroeconomía sana pero vulnerables a sacudidas externas, como México.

Zedillo, un adelantado a su tiempo
Hacía 10 años que México no pedía ayuda al FMI. Pero la situación no había sido siempre así. El país ‘tuvo programa’, (como les gusta llamar a los técnicos del fondo a la entrega de préstamos y la supervisión de políticas) entre 1982 y 1991, desde la crisis de la deuda de Miguel de la Madrid hasta el ingreso de México al Plan Brady, en el sexenio de Salinas de Gortari. Aquellos nueve años de negociaciones constantes entre Hacienda y el FMI tuvieron, en general, en México y en América Latina, resultados desastrosos. En 1994, tras el lanzamiento del tlcan, México recibió la confianza de los inversionistas internacionales, quienes ya no le pedían el sello del FMI para prestarle dinero. Cuando esa confianza se terminó y ocurrió la crisis del tequilazo, ni México ni EU querían al principio llamar al FMI, porque creían que podían solucionar la crisis sin su ayuda. Cuando Bill Clinton supo que no podría juntar el dinero del rescate por sí mismo, el FMI ofreció aportar la mitad.

“El ‘paquete de Clinton’ debería llamarse ‘el paquete de Clinton y Camdessus’, que fue quien convenció a los europeos”, dice Claudio Loser, ex director del Fondo para AL, en referencia a Michel Camdessus, director gerente del FMI entre 1987 y 2000. México comenzó a repagar el rescate un año después, lo que puso al país en una situación “muy positiva”.

Cerca del final de su sexenio, Ernesto Zedillo negoció un programa ‘cautelar’ con el FMI, para protegerse de la crisis de Rusia (1998) y la megadevaluación de Brasil (1999). El acuerdo era más una garantía de crédito que un préstamo en efectivo y exigía pocas condiciones a México. “Similar a los programas que el Fondo está impulsando ahora”, explica Loser. “En ese sentido, México fue un adelantado a su época”.

Una de las razones por las cuales en los últimos años casi nadie quería pedirle dinero al FMI era que sólo el hecho de pedir ayuda ya enviaba la señal de que el país estaba al borde de una crisis. Además, las propias recetas del FMI para salir de los problemas habían comenzado a ser cuestionadas.

Esto demoraba las cosas hasta que la situación se hacía insostenible y entonces el FMI ponía manos a la obra.

Hasta hace unos meses, los altos precios del petróleo y los commodities agrícolas habían permitido a naciones emergentes construir enormes reservas en dólares, que las ponían a salvo de casi cualquier tipo de crisis y les permitían no tener que ir a tocarle la puerta al FMI. No sólo eso: países como Brasil, Argentina y Rusia habían decidido pagar en efectivo su deuda con el FMI y quitarse de encima su ojo controlador.

El Fondo se quedó sin su negocio principal (el cobro de intereses) y debió reducir su presupuesto y su plantilla de personal. Sus críticos festejaban su descenso y pronosticaban un nuevo mundo donde las naciones ricas ya no estarían a cargo de dictar la macroeconomía de los países pobres o emergentes. Para ellos, los cambios provistos en los documentos del G-20 tendrán sabor a poco: la reunión de Londres ha devuelto al FMI al centro de la escena mundial y le ha dado una responsabilidad que hasta hace poco era considerada casi imposible.

“La reunión del G-20 ha vuelto a poner al FMI en el centro del sistema”, dice Loser, para quien este cambio no es novedoso. “El FMI ha sido visto como irrelevante cuando las cosas iban bien, y en cada crisis los gobiernos han descubierto que tenía sentido. Es una institución contracíclica”.

La Reacción interna
Otra de las incógnitas detrás de los cambios es ver cómo se adaptarán los casi 1,500 economistas que trabajan en el FMI y que en el pasado se han caracterizado por defender un enfoque técnico de los problemas y por desconfiar de los intentos de los políticos por indicarles el camino. Algo que probablemente harán, según admiten en voz baja, es quejarse por el exceso de trabajo. “En el Fondo uno siempre debe quejarse. Si las cosas están bien o si las cosas están más o menos”, dice en privado uno de sus economistas. El exceso de trabajo, en este caso, estará provocado por la renovada actividad del organismo y porque habrá que hacerlo con menos gente, después de los recortes del último año. Aun así, hasta los técnicos más técnicos del FMI estarán satisfechos en estos días con la inyección de 750,000 mdd recibida de parte del G-20 y de su recuperado rol como institución central de la economía, un papel que creían perdido.

El FMI se había adelantado a algunos de los requerimientos del G-20. Por ejemplo, con la creación de la FCL, un programa que intentará, más que apagar incendios, prevenirlos. Con la FCL, el Fondo abandona una de sus costumbres más odiadas por los receptores de ayuda: las condicionalidades.

Hay una lista de condiciones que un país debe cumplir para recibir la nueva línea de crédito. Si un país, como México, llena todos los casilleros de salud y transparencia macroeconómica, tendrá acceso a la FCL. “México, Brasil, Chile, Colombia y Perú podrán, si quieren, acceder a la FCL sin problema. Argentina, Ecuador y Venezuela, probablemente no”, opina Loser.

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El otro cambio importante, según el texto de Londres, es la adaptación del sistema de gobierno del FMI a los parámetros de la nueva economía global. El Fondo se financia con los aportes de 185 países miembros, proporcionales al tamaño de su economía y a sus votos en el consejo directivo. Aun así, el reparto de los votos ha favorecido a EU (que tiene 17% de los votos y poder de veto sobre casi todos los cambios) y a los países de Europa occidental. La burocracia interna parece haberse dado cuenta de que los cambios pueden ser positivos. “No hay resistencia dentro del FMI a esto”, dice Loser. “Ellos saben que si no hay una renovación, los nuevos países grandes, como China, India o México, van a decir ‘el fondo no me representa’. Y el Fondo necesita a estos países”.

Para quienes soñaban con un mundo sin el Fondo, Loser tiene malas noticias. “El fondo va a ser necesario... Las fuentes de financiamiento van a ser el FMI y el Banco Mundial”.

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