Un desastre silencioso

Luis Miguel González señala que las secuelas de la influenza para México son incuantificables; el periodista dice que no hay forma de estimar cuánto brillo perdió el país con la epidemia.
Influenza  (Foto: CNN)
Luis Miguel González

No pasan dos años sin que ocurra un desastre natural. Por razones curiosas nos empeñamos en pensar que son algo excepcional: hubo sequías en el norte de México en 2005, inundaciones en Tabasco en 2007, epidemia de influenza en 2009. Las catástrofes son parte de nuestra existencia, como esos parientes que nos visitan de vez en cuando. Nunca estamos listos para recibirlos. Tampoco hacemos previsiones. Las familias dudan cuando se trata de comprar un seguro. Los gobiernos escatiman el gasto en prevención. Ofrece poca rentabilidad política, comparada con la inversión en reparación de daños o el apoyo a las víctimas.

Los desastres naturales son cada vez más frecuentes, pero no hemos ajustado nuestro mapa mental. Siempre nos sorprenden, aunque sean parte de la normalidad a principios del siglo XXI. Tienen causas múltiples: cambio climático; incremento de la población mundial; ocupación de zonas poco propicias para los asentamientos humanos; nuevas tecnologías o cambios en los hábitos de movilidad.

Les llamamos desastres naturales pero no son obra exclusiva de la naturaleza. Son una combinación de acciones humanas y trabajo de la naturaleza. El gran terremoto de 1985 en la Ciudad de México develó problemas con las normas de edificación. Eran obsoletas y no se cumplían. Las inundaciones en Tabasco pusieron en evidencia la negligencia en la ejecución de obras hidráulicas. La epidemia de influenza mostró fallas en el sistema de captación de información de salud.

México es uno de los 12 países más vulnerables a los desastres naturales, según el Centro Nacional de Prevención de Desastres: 30% del país está en el mapa de riesgos por sismos, inundaciones o sequías. Los desastres rompen el equilibrio e introducen un factor de incertidumbre que distorsiona las relaciones económicas. Se cancelan decisiones tomadas y se revisan planes.

Los desastres interrumpen la normalidad y ése es uno de los efectos más terribles. Nos sumergen en el pasmo metafísico. No hay nada más vacío que una alberca vacía, dice uno de los personajes del cineasta Billy Wilder. Podríamos ampliar la imagen: no hay nada más vacío que un estadio de futbol vacío. No hay nada más vacío que una tienda vacía.

La incertidumbre y el vacío se compensan con cifras. No pasa una semana sin que aparezca una nueva proyección de las pérdidas que producirá la influenza. Tenemos algunos referentes del SARS en 2003. En Hong Kong costó 4% del PIB, 2.3% a Filipinas, 1.9% a Taiwán y medio punto a China. Tomamos en serio estas cuentas porque nos fascina la precisión aparente de los números, pero olvidamos que son ejercicios de gimnasia econométrica.

Un evento epidemiológico tiene como peculiaridad que no destruye la infraestructura, como sí lo hace un sismo o una inundación. De cualquier modo, es imposible calcular el precio de una vida humana y tampoco sabemos cuánto tiempo tardará en volver la normalidad o qué forma traerá cuando esté de regreso. Sabemos que viene un auge de la higiene y poco más.

El gobierno invertirá 18,000 MDP en incentivos para los sectores más golpeados por la influenza, pero no podemos saber qué tan eficientes serán los apoyos. Nadie tiene la regla de cálculo para saber cuánto nos costará recuperar la confianza de los turistas. No hay forma de estimar cuánto brillo perdió México a ojos de la comunidad de inversionistas ni cuánto costará reponer ese bello reflejo.

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Catastrophe economics, le llaman los especialistas al arte de calcular los costos de la prevención y reparación de las catástrofes. Estamos ante una disciplina en ascenso porque su materia de estudio no deja de crecer, no para de mutar. Los desastres son casi inaudibles mientras acechan, pero producen un gran ruido cuando ocurren. La riqueza cruje mientras se destruye, las pérdidas de vidas humanas pueden ser estridentes o silenciosas, pero nunca insignificantes. Un muerto es una tragedia, pero un millón de muertos son una estadística, afirmaba Stalin. Se nota que era dictador. Un millón de muertos es un millón de tragedias. Un millar de quiebras es un millar de tragedias.

*El autor es periodista.

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