¿Por qué Banxico no quiere hablar?

Luis Miguel González compara la apertura del Banco de México con sus equivalentes en otros países; el periodista opina que su falta de transparencia y discreción representan un rezago de 10 años.
Banco de Mexico  (Foto: Especial)
Luis Miguel González

¿Puede un banco central ser demasiado comunicativo? La pregunta suena rara en esta época en la que los vecinos participan en reality shows, los políticos abren sus páginas en Facebook y las corporaciones nos mandan mensajes de 140 caracteres en Twitter. Vivimos tiempos en los que parece que nada ni nadie puede ser suficientemente comunicativo. ¿Nada… nadie? Corrección, el Banco de México (Banxico) es otra cosa. Es tan discreto que parece opaco. No se parece a los bancos centrales más modernos. Su modelo parece ser el de los cónclaves cardenalicios para elegir papa.

Seis de cada 10 bancos centrales son transparentes, entre ellos, la Reserva Federal de Estados Unidos, que divulga las minutas detalladas de sus reuniones desde 1993. Gran Bretaña, Canadá, la Unión Europea y Chile han creado legislaciones que garantizan la transparencia de sus bancos centrales. Ese atributo es la otra cara de la moneda de la independencia para los institutos que dictan la política monetaria.

La independencia protege la institucionalidad de los bancos centrales y garantiza que el trabajo de sus funcionarios se colocará a una sana distancia de los caprichos de los políticos. La transparencia implica la difusión clara y oportuna de toda la información relevante relacionada con sus estrategias y los procedimientos de toma de decisiones. Reduce la incertidumbre, acota las asimetrías de información y facilita la rendición de cuentas, dice Petra Geerats, especialista de la Universidad de Cambridge.

En este aspecto tenemos un rezago de una década, cuando menos. Parece predominar la creencia de que no tiene caso publicar discusiones complejas en un país cuyo promedio de educación no llega al bachillerato.

La transparencia se refiere a la propiedad física de un objeto para dejar pasar la luz, dicen los diccionarios. Es el tercer atributo más importante de los bancos centrales contemporáneos, según una encuesta hecha entre los banqueros centrales de 94 países, por Fry, Julius, Mahadeva, Roger y Sterne, en el año 2000. Es un elemento crucial en la rendición de cuentas y contribuye a definir la calidad de las instituciones, pero va mucho más allá. Ayuda a entender al gran público la forma en que funcionan los órganos que dictan la política monetaria y permite generar consensos sociales más duraderos sobre las principales decisiones. 

Los países que cuentan con bancos centrales transparentes registran un mayor uso de esta información por parte del sector privado, dice un paper de Christopher Crowe, del FMI.  

El Banco de México tiene una larga lista de tareas pendientes en materia de transparencia. Casi todos los bancos centrales hacen explícitos los elementos que tomaron en cuenta para elaborar sus pronósticos, en especial el de la inflación.

Nuestro banco central ha avanzado una enormidad en materia de comunicación social y cuenta con una buena página de internet. Pero eso no significa que sea transparente, ni siquiera que tenga una voluntad de ir muy lejos en materia de transparencia.

De manera extraoficial se justifica su reserva y opacidad relativa por el temor a una sobrerreacción de los mercados y por los riesgos del uso político de la información. ¿Qué pasaría si la opinión de un subgobernador es sacada de contexto y utilizada por un diputado para vulnerar a Banxico o la política económica?, preguntan, de forma retórica, para justificar el estado de cosas.

Los riesgos son reales y no se agotan en los dos puntos anteriores. El incremento de la transparencia redujo el debate en el periodo de Alan Greenspan en la Fed. “Los participantes en las reuniones del Open Market Committee estaban menos dispuestos a desafiar la posición de Alan Greenspan, cuando supieron que las discusiones serían divulgadas”, dicen Ellen Meade y David Stasavage en un trabajo publicado en Vox en 2008.

La transparencia no es la panacea, pero sus defectos no pueden ser el pretexto para mantener una institución clave en un estatus de premodernidad informativa. Hay riesgos, pero nada comparado con la falsa certidumbre que produce la opacidad.

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El autor es director editorial del diario El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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