De México a la UNESCO, reforma bioética

Dafna Feinholz es la primera latinoamericana en ocupar la dirección del área bioética de la UNESCO; promete impulsar temas polémicos y coyunturales como la ética en la industria farmacéutica.
feinholz  (Foto: Carlos Aranda / Monda Photo)
Marina Delaunay

Desde octubre, Dafna Feinholz, una psicoanalista mexicana que dejó el diván para dedicarse a la bioética a mediados de los años 90, trabaja en París en la jefatura de Bioética en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, en inglés). Ella se encarga de empujar la discusión pública de graves dilemas sin resolver, como la ética en la industria farmacéutica. Feinholz es la primera latinoamericana en ocupar este cargo.

Feinholz cree que todavía suceden injusticias en buena parte de Latinoamérica, África e India. “Hay leyes laxas y mucha pobreza, aspectos vulnerables al interés exclusivamente económico de algunos laboratorios”, afirma esta ex directora ejecutiva de la Comisión Nacional de Bioética (CNB) en México.

Todavía hoy siguen abiertos casos de negligencia que terminaron con la vida de consumidores como sucedió con el antiinflamatorio Vioxx, de Merck Sharp & Dohme (MSD) en EU, y Trovan, el fármaco contra la meningitis que Pfizer usó en Nigeria.

“¿Qué pasa con los participantes de un ensayo para una nueva droga cuando terminó una investigación?, ¿cómo poner alarma de una posible discriminación en empresas de seguros cuando exista información genética de personas (proclives a una enfermedad)?”, se pregunta Dafna Feinholz para reafirmar que la ética en la investigación será una de las prioridades en su nuevo empleo.

Frente a esto, los bioeticistas no pueden actuar como jueces, pero sí abrir la discusión para que se persiga el bienestar de la mayoría de la población, no sólo con fines médicos y comerciales, y promover que los beneficios de una investigación farmacéutica lleguen a la mayor cantidad de personas posible. Los bioeticistas laicos como Feinholz son los que han intentando poner todas las cartas sobre la mesa en polémicas como el aborto, el uso de células madre a partir de embriones o la necesidad de incluir la pobreza y el acceso gratuito a la salud como un problema de bioética en países en desarrollo. “Es un trabajo de hormiga, y hay que promover la multidisciplina y la pluralidad de opiniones en diferentes cuestiones cruciales que afectan a África, Asia y Latinoamérica, y que obviamente también pasan por este país”, dice esta doctorada en investigación.

Por ahora, Feinholz se llevará a la tribuna de la UNESCO pendientes que también tiene México, como mayor gasto en salud en naciones en desarrollo (con 6.6% del PIB, México tiene el lugar 71 de 152 países medidos por el Banco Mundial, por debajo de Brasil y Alemania), la vigilancia de la ética en investigaciones científicas sobre nuevos medicamentos en poblaciones pobres y una mayor participación de la ciudadanía en temas que aún se legislan a puertas cerradas.

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Al final, la bioética también pasa por el desarrollo tecnológico de un país y que los resultados de esas investigaciones favorezcan a la mayor cantidad de personas posible. “El financiamiento para investigación en salud, su difusión para evitar fuga de cerebros y las alianzas entre academia, industria y sociedad son prioritarias para que realmente la mayoría tenga acceso a desarrollos”, puntualiza.

En estos días, Feinholz está de visita en la Ciudad de México donde presidirá, del 23 al 25 de noviembre, la XVI Sesión del Comité Internacional de Bioética cuyo centro del debate será la responsabilidad social y la salud, temas en los que México aún tiene mucha piedra que picar.

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