El peor año de los viñedos

Los viticultores del Valle de Guadalupe buscan nuevas estrategias para levantar sus ventas; la crisis económica y la falta de agua obligan a los viñedos mexicanos a unirse y salvar el mercado.
Viñedps  (Foto: Alejandro Espinosa)
Erick Falcón / Baja California
ENSENADA (Baja California) -

Según una vieja creencia enológica, se tiene que hacer sufrir un poco a las uvas para obtener mejores vinos. Por eso, a veces resulta benéfico limitar su riego. Pero en el Valle de Guadalupe, en Baja California, origen de 80% del vino mexicano, la escasez de agua ha llevado el dicho al extremo, dice el vinicultor David Bibayoff  Dalgoff.

El propietario de la vinícola Bibayoff, una de las bodegas más tradicionales del Valle, ha visto caer la producción de sus 14 hectáreas de viñedos debido a la sequía. Cinco de sus seis pozos de agua están secos. De las 25 toneladas de uva que esperaba en 2008, sólo cosechó seis. Este año sólo logró 40% de la producción, ya que el resto se quemó por la falta de agua. Desde hace siete años el acuífero del Valle de Guadalupe está sobreexplotado, así que incrementar la producción de uva se ve difícil.

Pero no sólo los pozos están secos. El agua sólo es la punta de un iceberg con el cual chocó este año la industria del vino en Baja California. Entre impuestos y costos de distribución se va casi la mitad de la ganancia de los vitivinicultores. Por si fuera poco, la crisis económica ha golpeado las ventas hasta 20% y ha alejado a los turistas extranjeros que visitaban el Valle de Guadalupe. Tanto productores grandes como pequeños atraviesan por uno de los escenarios más complicados en los últimos años.

Un valle seco
“El problema del agua afecta nuestra producción. Se lo dijimos a los presidentes de México Carlos Salinas, a Ernesto Zedillo, a Vicente Fox y ahora, a Felipe Calderón. Si no logramos duplicar la producción para 2013, corremos el riesgo de perder varios puntos de nuestra participación en el mercado nacional”, asegura Fernando Martain Amozurrutia, propietario y enólogo de Cavas Valmar, la pionera de todas las bodegas boutique de Baja California.

Las 3,000 hectáreas de vid del Valle de Guadalupe donde se concentra 80% de la producción no se acercan ni de lejos al millón 50,000 hectáreas de España, o al Valle de Napa, en California, Estados Unidos.

La reserva actual del acuífero es de 218 millones de metros cúbicos (MMC), según la Comisión Nacional del Agua (Conagua). Cada año, el acuífero recibe recargas por lluvias, escurrimientos y otras fuentes por un promedio de 24 MMC, pero se extraen 30 MMC, lo que significa que se sobreexplotan anualmente 6 MMC. Un reporte de Conagua advierte que la recarga media anual es de 23.9 metros cúbicos mientras que el volumen concesionado es de 43.4 metros cúbicos. Estima que en los próximos 10 años el volumen de agua concesionado y extraído será de 37.7 metros cúbicos; de no tomar acciones para limitar el volumen concesionado, la reserva se podría reducir 85% al paso de una década, advierte la Conagua.

¿Y cómo enfrentar la sequía? Sobre la mesa del gobierno estatal hay varios proyectos, pero ninguno se ha concretado. La Conagua ha diseñado el Plan Hídrico Integral para el Valle de Guadalupe con la colaboración de expertos del Colegio de Posgrado de la Universidad de Chapingo. Otra opción sería la construcción de un acueducto para canalizar aguas tratadas desde Tijuana hasta el Valle de Guadalupe, pero de este proyecto aún no se conocen detalles técnicos ni inversiones.

Una desaladora en Ensenada significaría otra opción. La Comisión Estatal de Servicios Públicos de Ensenada, dependencia que administra el agua potable del municipio, extrae 16% de la explotación de agua anual del acuífero de Guadalupe para destinarlo al uso urbano en la ciudad, que se encuentra a escasos 20 minutos del Valle.

El plan es detener esa extracción al construir una desaladora que tendría una capacidad de 250 litros por segundo y requerirá una inversión de 352 millones de pesos. El Fondo Nacional de Infraestructura (Fonadin) aportaría 40% del monto total y el resto de la inversión, empresas privadas que participarán a través de una licitación que convocará en las próximas semanas la Comisión Estatal de Servicios Públicos de Ensenada.

Los investigadores de Chapingo que realizan el Plan Hídrico del Valle han propuesto también el uso de tecnología satelital con la cual el riego de viñedos se haría con sensores especiales de acuerdo con las necesidades de cultivo, además de fomentar el reuso del agua en Ensenada para disminuir la extracción del acuífero de Guadalupe.

Mientras las autoridades debaten cuál sería la mejor opción, algunas vinícolas han encontrado salidas. Tal es el caso de Cetto y Monte Xanic, firmas que optaron por instalar viñedos en otros valles como San Vicente (a 90 km al sur de Ensenada) para incrementar su producción. Las empresas declinaron informar el número de hectáreas plantadas en este lugar.

Vides en crisis
Aunque un dólar más fuerte significa un mejor precio en los mercados de exportación, los números engañan y más, en la industria vinícola. Sólo las firmas más grandes, como Santo Tomás, L.A. Cetto, Domecq y Monte Xanic, que concentran 90% de la producción de vino de Baja California, así como un puñado de bodegas boutique, como Casa de Piedra o Cavas Valmar, tienen la capacidad de exportar, pero exportan muy poco. Lo cierto es que los movimientos de la paridad peso-dólar es el dolor de cabeza de los jugadores pequeños de la industria. Así lo viven microempresas como Quintas Monasterio, de Reynaldo Rodríguez Jr, cuyas ganancias bajaron en el último año 20% a consecuencia de la devaluación del peso frente al dólar.

Rodríguez forma parte de la tercera generación de una familia que lleva más de 50 años en la producción de uva en el Valle de Guadalupe. Los Rodríguez lanzaron al mercado sus primeras tres etiquetas Premium en 2006. La devaluación de la moneda provocó que las barricas de roble francés que utilizan ya no costarán 10,000 pesos, sino 13,300. En cada una se pueden añejar más de 200 litros de vino, o alrededor de 25 cajas.

“Todos los insumos que compramos para el proceso de vinificación vienen de Francia o de Estados Unidos, ya sea barricas, levaduras, sulfitos y otros aditivos enológicos, se nos han encarecido entre 30 y 40%, pero a la vez nuestros precios del vino no los hemos subido”, subraya Rodríguez Jr.

Otros pequeños golpeados por la crisis son Alberta Ceja y su esposo, José Luis Hernández. Estos profesionistas no tenían experiencia empresarial, pero habían trabajado en la industria vinícola como química e ingeniero agrónomo. Ellos fundaron vinos Xecúe en 2005 tras comprar un pequeño rancho con viñedos gracias a sus ahorros y la liquidación de sus respectivas compañías. Sus vinos se distribuyen en cantidades limitadas de 20 o 30 cajas a Los Cabos, Cancún, Monterrey, el Bajío, Veracruz y México.

La primera cosecha en comercializarse fue 2007, cuando lograron producir 500 cajas. Un año después, la cifra se había elevado a más de 1,000. Sin embargo, la alerta sanitaria de mayo pasado por el virus de la influenza ahuyentó a los turistas en todo el país, y las boutiques vinícolas lo resintieron; por ejemplo, Xecúe perdió las entregas previstas para los hoteles en Los Cabos.

Este año de crisis, Monte Xanic, que produce más de 35,000 cajas al año, sufrió una caída de 10% en sus ventas. Pero eso no fue lo peor. Lo que más lamenta Hans Backoff, fundador de la empresa, es que la recesión echó por tierra su proyecto de inversión con Banyan Tree Resorts, una empresa tailandesa administradora y desarrolladora de hoteles. El plan era que la firma construyera 40 cabañas de lujo en los viñedos de Monte Xanic, pero la recesión detuvo el proyecto por los próximos dos años. También se canceló la alianza con el sitio amazon.com para distribuir sus vinos en el extranjero.

Si antes de la crisis la participación de los vinos mexicanos en el mercado nacional crecía a paso lento pero constante, la recesión vino a detener este avance.

Según estadísticas de la Asociación Nacional de Vinicultores, desde 2002 México produce un promedio de 1.5 millones de cajas al año, de las cuales Baja California aporta alrededor de 80% de la producción. En 2008, la producción apenas rebasó el millón de cajas mientras que la importación alcanzó 2.7 millones de cajas.

Durante los primeros nueve meses de este año, el volumen de consumo de vino en el país cayó 3%, lo que afectó las ventas tanto de grandes como de pequeñas firmas. Las grandes, como L.A. Cetto, Santo Tomás y Domecq, registraron una caída de 15% mientras que los vinicultores pequeños afiliados a la Asociación de Vinicultores de Baja California y al Sistema Producto Vid del estado, estiman un descenso de 20% en las ventas para todo el año.

A salvar el valle
Tanto la crisis económica como la falta de agua se han sumado a los altos impuestos, que han sido por años inhibidores de la industria del vino.

En México, de cada peso que se paga por una botella de vino, 42 centavos son del Impuesto Especial a la Producción y Servicios (IEPS) y de IVA, que también se paga por los vinos importados.

Pero los impuestos están fuera de su control. La estrategia de la industria vinícola de Baja California se ha centrado este año en la falta de agua y en la obtención de financiamientos

“La crisis y la falta de agua nos ha pegado a todos. Pero los productores mexicanos tenemos que estar más movidos, tenemos que hacer más cosas para quitarle cuando menos una parte a los vinos importados que han entrado. Sólo una de cada cuatro cajas de vino que se venden en el país es de vino mexicano”, afirma Luis Agustín Cetto, fundador de L.A. Cetto, el mayor productor de vino mexicano en México.

Las grandes empresas vitivinícolas han mantenido sus precios estables gracias a sus conexiones comerciales y acceso a financiamientos, pero en un mundo globalizado “es imposible que los pequeños compitamos teniendo un solo mercado o sin asociarnos para alcanzar metas mayores”, sostiene Martain, de Cavas Valmar.

De ese diagnóstico surgió la respuesta de las bodegas boutique a la crisis: las vinícolas integradas.

Cavas Valmar se ha sumado a 13 productores de uva, comercializadores y vinícolas para crear una especie de cooperativa que los asocia formalmente para elevar su competitividad a través de la prestación de servicios especializados a sus integrantes, como gestionar financiamientos, comprar en conjunto materias primas y vender en forma consolidada la producción.

Este modelo de negocios puede representar ahorros de hasta 20% por la compra consolidada de corchos, botellas y otros materiales que necesita la industria, así como descuentos por fletes consolidados, dice Martain.

Al mes de octubre, la empresa Vinícola Integrada había conseguido financiamientos por 1 millón de pesos para la adquisición de un sistema de filtración y embotellado para sus socios por parte del gobierno federal, y tiene como meta asegurar tres millones más para tecnología de riego de viñedos.

“Es la única forma en la que vamos a poder hacer que el gobierno escuche nuestra voz, y sólo así vamos a poder obtener mejores precios, ahora vamos a comprar en volumen insumos como corchos, botellas, etiquetas y tecnología de prensado”, deja en claro el enólogo, originario de Ensenada.

En el caso de las grandes casas productoras, como L.A. Cetto, el reto en 2010 para ser competitivos y quitarle mercado a los vinos chilenos, españoles u otros será mejorar los precios del vino mexicano. Ésa es la gran apuesta.

“El gran mercado está en los vinos de precios accesibles. La calidad tiene que estar lo más perfecta que pueda. No tengo nada en contra de los vinos que cuestan más de 400 pesos, pero no creo que sea el futuro del sector. El consumidor mexicano está buscando más el vino mexicano, y nosotros tenemos que proveerle calidad y buen costo”, expone Cetto.

Su hijo, Luis Alberto Cetto Salazar, director general de Grupo Cetto, ha visto que la crisis empezó a cambiar los hábitos de consumo. “Hemos visto una migración de los centros de consumo a las tiendas especializadas y de autoservicio. Las tendencias han marcado un alejamiento de los restaurantes y un acercamiento a reuniones en casa por parte del consumidor”. Adaptarse a esos cambios es la tarea en la que se enfocará la familia Cetto.

Los productores del Valle de Guadalupe coinciden que 2009 fue uno de los peores años. Y aunque la situación es crítica no vaticinan la muerte de esta región.

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Saben que la paciencia es un elemento básico en este negocio para obtener las mejores cosechas. Incluso Martain Amozurrutia es optimista de que la industria vinícola seguirá uniendo esfuerzos para aumentar la producción de viñedos a lo largo de todo el estado a 6,000 hectáreas para 2014.

 

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